Nicolás Redondo Terreros era la pieza clave para que los constitucionalistas pudieran conseguir una mayoría suficiente para gobernar el País Vasco. A punto estuvieron de lograrlo y si no lo hicieron fue por las promesas de normalización democrática y de firmeza ante el terrorismo que Ibarretxe prodigó en la campaña electoral vasca obligado por los acontecimientos y lastrada su credibilidad por el pacto de Estella. Promesas incumplidas, naturalmente; puesto que una vez pasado el peligro y revestido de “legitimación” democrática, los etarras siguieron cobrándose su sangriento tributo en las carnes de los adversarios políticos de Ibarretxe y el PNV prosiguió con su política habitual de limpieza étnica e intelectual, que practica en los ámbitos de la sociedad vasca a donde llega su influencia (es decir, casi todos).
Hubiera bastado con proseguir en esa línea para que los ciudadanos vascos acabaran convenciéndose de que el nacionalismo no es, ni mucho menos, invencible y de que existen alternativas políticas entre el centralismo uniformador y el integrismo nacionalista. Lo que los medios de comunicación afectos al PNV (los de PRISA principalmente) vendieron como un “fracaso” de la opción por la libertad y la Constitución el día después del 13 de mayo, no fue más que un progreso un poco más lento de lo que hubiera sido deseable hacia una alternativa política comprometida firmemente con la defensa de las libertades de los ciudadanos.
Tras su sorprendente llegada a la secretaría general de los socialistas, Rodríguez Zapatero dio muestras durante algún tiempo de hacer suyas y de su partido las posiciones claras de Redondo Terreros en el País Vasco. En ese sentido iba el Pacto por las libertades y contra el terrorismo, lo mejor que ha hecho el leonés desde que ocupa el cargo. Pero todo parece indicar que Zapatero ha ido poco a poco abdicando de aquellas posiciones iniciales y cediendo terreno a los poderes fácticos de su partido, que tenían otros planes.
El irrefrenable rencor de González —que aspiraba a convertir al PSOE en una especie de PRI a la española, donde Estado, partido y negocios particulares formaran un todo indistinguible en sus partes—, expulsado de La Moncloa por el hartazgo popular ante el inverosímil cúmulo de ineficacia, corrupción y crímenes de estado que el Gobierno del PSOE había acumulado en trece años, y los intereses empresariales de Polanco se oponían frontalmente a cualquier acción política que —según su visión— pudiera beneficiar al PP. Poco le ha importado a González la defensa de la vida y la libertad, siquiera de sus propios compañeros de partido, con tal de hacer daño al PP. Y en cuando a Polanco, según sus propias palabras, le da igual quien mande “siempre que no sea Aznar”... y pueda seguir extendiendo su imperio mediático a rebufo del poder.
La otra fuerza centrífuga que actúa en el seno del PSOE es la que representa el PSC de Pasqual Maragall, interesado sobre todo en conseguir mayor autonomía, si cabe, en el seno del partido mediante la venta de su modelo "asimétrico" a otras federaciones. Si lo consiguiera, y la deriva del socialismo vasco va en esa dirección, ello supondría en última instancia la desaparición del Partido Socialista como partido nacional español.
Nicolás Redondo Terreros era un obstáculo para todas estas maquinaciones y, además, Arzalluz había pedido su cabeza. Acabaron con él en cuanto se presentó la ocasión y se puso en marcha la operación de aproximar el socialismo vasco a los designios nacionalistas. Ahora ya sólo falta presentar la claudicación ante el PNV como un “gesto de valentía” en pro de la pacificación del País Vasco. En este sentido, Jesús Eguiguren, presidente de los socialistas guipuzcoanos, ya nos ha ofrecido un avance de lo que será el Congreso del PSE: federalismo asimétrico a la vasca y amenaza de aparcar el Pacto Antiterrorista si el PP no deja de denunciar el camino de la deslealtad que ha emprendido el PSOE en este terreno al anunciar inexistentes cambios en el PNV.
El PSE de Redondo recuperó el favor los votantes tras el hundimiento electoral que le supuso a los socialistas la colaboración con el PNV en el Gobierno vasco. ¿Aprobarán los votantes socialistas del País Vasco un nuevo acercamiento a un PNV que ya poco tiene que ver con el de Ajuria-Enea, diga lo que diga Ibarretxe? No parece que vaya a ser así, por lo que es de prever una sensible merma en el apoyo electoral al PSE y al PSOE. En ese sentido parece ir la confianza de Eguiguren en lograr que su "asimétricamente renovado" partido llegue a "sectores no tradicionales del socialismo", para compensar, se supone, la pérdida de apoyo de los que hasta ahora les venían votando.
Si nada lo remedia, y ningún indicio razonable de ello se divisa, el PSOE camina en el País Vasco con paso decidido hacia su suicidio político como partido español. Es una paradoja que la fuerza que lo impulsa en esa dirección sea el miedo. Las consecuencias no parece que vayan a ser buenas para los socialistas, empezando por los vascos, pero sin duda son nefastas para todos los españoles.
Todos los derechos reservados
!-->

