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Antisemitismo en el Mediterráneo

La masacre de la sinagoga de Yerba, que se produjo hace unos días, pasó casi inadvertida para la opinión pública española, pero mucho menos para las autoridades francesas y alemanas, entre otras razones porque en la famosa isla turística tunecina murieron quince personas (doce alemanes y tres franceses: hay todavía heridos con quemaduras que pueden fallecer). La explosión de un camión cisterna que “casualmente” pasaba cerca del templo israelita provocó esta tragedia.

La policía tunecina empezó diciendo que se trataba de un simple accidente de circulación, pero ha terminado reconociendo que, en efecto, se trataba de un atentado islamista. Aunque con la boca pequeña: una Comisión del Ministerio del Interior analiza los indicios...

Pero antes de reconocer que una mano criminal había desencadenado la matanza gracias a ciertas complicidades y a una buena organización, los policías tunecinos retiraron todos los restos del camión y otras pruebas, de modo que cuando llegaron allí los investigadores enviados por el Gobierno alemán no encontraron nada o casi nada, salvo muros calcinados, puertas derribadas y un rabino aterrorizado que salvó la vida de milagro. La torpeza o complicidad de las autoridades tunecinas en esta masacre, aparentemente ignorada por la opinión pública internacional, tendrá sin duda consecuencias: en primer lugar, para el flujo turístico que anualmente recibe el bello país del Magreb y especialmente la isla de Yerba.

Alemanes y franceses constituyen el grueso del turismo tunecino y es bastante probable que, tras el atentado –Al Qaeda lo reivindicó a un periódico árabe editado en Londres–, este turismo descienda espectacularmente. Y para nada servirá que el Gobierno tunecino asegure a través de sus agentes en el exterior que el islamismo no es un peligro (hay unos dos mil presos islamistas en las cárceles) y que en Túnez el terrorismo de origen islámico no existe.

Lo sucedido en Yerba coincide con una serie de actos antisemitas al otro lado del Mediterráneo: en Niza, Marsella y otras ciudades francesas del Sur. Sinagogas incendiadas, escuelas hebreas apedreadas, cementerios violados, están a la orden del día. Y esto sí preocupa lógicamente a los dos candidatos a la elección presidencial, Jacques Chirac y Lionel Jospin, que han reiterado estos días condenas y advertencias.

La sociedad francesa aborrece este tipo de actos, pero eso no impide que un notorio antisemita, Jean Maríe Le Pen, líder del Frente Nacional, pueda convertirse en el “tercer hombre” en el ranking electoral francés. Las encuestas le dan un 14 por ciento de los votos en la primera vuelta de estas elecciones –que se celebrará el próximo domingo–, un verdadero record.

Le Pen se pavonea ante un electorado atemorizado advirtiendo que será él quien designe al futuro presidente de la República francesa, simplemente sugiriendo a sus electores que voten a uno o a otro de los candidatos que disputarán la segunda vuelta (5 de mayo). El antisemitismo es un producto que se vende bien estos días a un lado y otro del Mare Nostrum. Conviene que aquí nos vayamos enterando.

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