Resulta difícil de entender por qué el Reino Unido aceptó en julio del año pasado reanudar las negociaciones sobre Gibraltar con vistas a compartir la soberanía de la colonia con España. A la vista de las muy recientes declaraciones del ministro de Exteriores, Straw y del de asuntos europeos, Hain, estas negociaciones estaban abocadas al fracaso antes de comenzar. Pero ambos prefirieron seguir mareando la perdiz en un comportamiento tan poco amistoso como inocente. Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, dice el refrán.
Ahora nos desayunamos con que el gobierno de Londres no estaba dispuesto a firmar desde el principio acuerdo alguno que acabase con el vínculo que une desde hace varios siglos al Peñón con su metrópoli. Una vez más y no es la primera los españoles tienen la extraña sospecha de que los británicos han intentado tomarles el pelo, porque obviamente, lo único que al gobierno del reino de España le interesa de este contencioso es hacerse con la soberanía del territorio que por historia, cultura y sentido común nos pertenece.
Si, como acaba de declarar en su visita al Peñón Jack Straw, Londres no firmará jamás un acuerdo con Madrid que ponga punto final a la relación entre la colonia y la metrópoli ¿de qué diablos han estado hablando y negociando españoles y británicos en los últimos nueve meses? Convendría que unos y otros lo explicaran.
Porque obviamente el contencioso gibraltareño habrá concluído cuando la soberanía del territorio vuelva a España, y precisamente por eso, pretender que España pueda algún día renunciar a esa soberanía tercamente reclamada es una broma de mal gusto. Como lo es, desde luego, la pretensión añadida por Hain de que la base militar existente en el Peñón (suprima la base y suprimirá el problema de Gibraltar decía Salvador de Madariaga) será por los siglos de los siglos, inglesa.
José María Aznar ha recordado hace unas horas que si no hubiese acuerdo entre España y el Reino Unido y en las actuales circunstancias parece casi imposible los perjudicados serían obviamente los gibraltareños, porque se autoexcluirían de todos los acuerdos y ventajas comunitarios. Seguirían “orgullosamente sólos” y aislados, algo que, al parecer, no sólo les gusta , es que también parece resultarles muy rentable.
La utilización por un político de raza como es el Canciller inglés Straw el mismo que trajo loco a Pinochet cuando estuvo detenido en Londres de palabras tan poco usuales en la vida política como “nunca” y “jamás” pone de relieve que, por esta vez y una vez más, la negociación sobre Gibraltar ha fracasado. Es lamentable, declaró Aznar. Sobre todo para los gibraltareños, que serán finalmente quienes paguen el pato. Si no, al tiempo.

Nunca digas nunca jamás
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