Probablemente los Estados Unidos son el país del mundo que cuenta con más agencias, corporaciones, organizaciones, órganos y comités de inteligencia. Si se suman todas las instituciones, oficinas o servicios que hacen inteligencia o la coordinan, superan la docena. Es difícil entender cómo, con tanta variedad y tanto personal, tantos medios tecnológicos y humanos, tanto presupuesto y tanto apoyo social, se hubiera producido la catástrofe del 11 de septiembre.
Se trata ahora de reformar en profundidad tanto la infraestructura y los objetivos de todas estas agencias como su extensión, métodos e imagen. No será fácil porque al 11-S se llegó precisamente a causa de una desmoralización generalizada, la falta de medios y prioridades, el desinterés de la clase política y el “desarme” inducido durante la era Clinton.
En unas declaraciones del ex director de la CIA, James Woolsey, que publica este viernes la revista ÉPOCA, este gran experto en inteligencia y seguridad (fue uno de los negociadores en la conferencia sobre armas convencionales en Europa a finales de los ochenta) describe su experiencia con Clinton como claramente negativa. Al presidente no le interesaban los temas de inteligencia y sólo lo recibió dos veces en dos años: todo un record.
Aquel laxismo o irresponsabilidad lo han pagado muy caro los norteamericanos y ahora Bush intenta paliarlo dotando al FBI y a la CIA de más medios humanos, dinero y tecnología. E institucionalizando esa Oficina para la seguridad interna que ya tiene nivel de ministerio o superministerio.
La lucha contra el terrorismo no es fácil, eso lo sabe todo el mundo y lo sabemos los españoles especialmente. Máxime cuando se trata de extirparlo a nivel planetario y ese papel lo asume un solo país. Precisamente por eso, y antes siquiera de añadir nuevos organismos de inteligencia a los que hay con el consiguiente desbarajuste y complejidad para las relaciones entre ellos, tal vez fuese conveniente que, a través de los muchos y muy competentes “tanques de pensamiento” u organismos de análisis y reflexión que hay en Estados Unidos, se iniciara una revisión del camino recorrido hasta ahora, los errores cometidos, los fallos detectados y las lecciones aprendidas.
Entre las lecciones del 11-S debería estar la de evitar en la medida de lo posible anunciar promesas vanas o victorias improbables, como sucedió en los días posteriores a la matanza con la captura de Ben Laden o de los talibanes, un planchazo que Bush y sus colaboradores cometieron y seguramente todavía lamentan.
La reflexión sobre el pasado y el análisis de los errores debería conducir a una nueva etapa de las relaciones entre la clase política norteamericana y los servicios de inteligencia, interna y externa. Si ese es el nuevo camino emprendido, felicidades. En cambio, si de lo que se trata es de flagelarse con reproches mutuos, acusaciones de incompetencia o irresponsabilidad, con objetivos simplemente políticos, para erosionar el prestigio del presidente o de sus colaboradores, para tal caminata no se necesitaban alforjas.
Una agencia de inteligencia más o menos para nada garantizará la seguridad de los americanos y de los países amigos y aliados. Lo que debe cambiar es la percepción que dentro y fuera de América hay sobre esta actividad, imprescindible en un mundo cada vez más peligroso e imprevisible.

Éramos pocos...
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