La extraña y perversa idea de que jamás está justificado el recurso a la violencia –especialmente cuando se trata de defenderse de una agresión injustificada, ya sea a título individual o colectivo–, ampliamente difundida y justificada por los medios de la izquierda cuando “convenía” el desarme frente a la ex Unión Soviética, ha calado hondo en el subconsciente de dos generaciones de españoles –también de europeos continentales–, entre las que se encuentra, indudablemente, nuestra clase política.
Ya han pasado más de cinco días desde la ocupación de la Isla del Perejil por parte de un destacamento de gendarmes marroquíes, que el martes, ante la pasividad de las autoridades españolas, fueron sustituidos por infantes de marina como gesto de reafirmación en la intención hostil. Las fuerzas del país vecino han consolidado su posición en ese islote de soberanía española sin que haya señales de que vayan a retirarse “gratis”, aun a pesar del respaldo de la UE a España y de la desaprobación de la OTAN respecto de su actitud.
Mohamed V le ha perdido el respeto a España, no tanto, quizá, por convicción propia –que también– sino por la presión de los fundamentalistas islámicos quienes, repitiendo el patrón empleado en Argelia, en Afganistán y en Israel, han creado una red de asistencia –probablemente con el dinero de las petromonarquías– a las necesidades materiales de las capas más desfavorecidas de la sociedad marroquí, sobre las que ejercen su influencia y a las que transmiten su integrismo, particularmente la idea de que es preciso expulsar al “infiel” de los dominios del sultán.
Ya es de por sí muy grave, y una muestra palmaria del fracaso de nuestra diplomacia, que Mohamed V se haya atrevido siquiera a invadir parte de nuestro territorio. Que el embajador español haya sido llamado el martes a consultas con siete meses de retraso después del primer desplante del autócrata magrebí no hace sino poner de manifiesto que la política de apaciguamiento y de mano tendida para con el vecino del sur ha sido contraproducente, y nuestros ex amigos –que nunca lo fueron realmente– probablemente la hayan interpretado, bien como una muestra de debilidad o como una expresión de, a sus ojos, irritante paternalismo condescendiente para con el hermano menor que aún no sabe comportarse en sociedad. Ni el CNI (antiguo CESID, en el que no ha cambiado más que el director y las siglas), cuya única labor en la práctica es controlar los movimientos de nuestro vecino, ni nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores –en plural porque sólo quedan dos importantes: Europa y Marruecos– supieron prever la agresión marroquí, que, además de a la Isla del Perejil, iba dirigida –conviene no olvidarlo cuando se aducen dudas “razonables” acerca nuestra soberanía sobre el peñasco– contra dos de las Islas Chafarinas y los peñones, cuya soberanía española es absolutamente indiscutible.
Pero los graves errores cometidos –por los que alguien tendría que dimitir en el CNI, sobre todo si se tiene en cuenta la pifia de encuentro fantasma de González con Yusufi– aún podían haberse enmendado con ventaja para España si en el transcurso de las primeras horas o, a lo máximo, de los dos primeros días, la Guardia Civil o efectivos del ejército hubieran desalojado del islote a los militares marroquíes. Por desgracia, la nueva ministra de Exteriores, acostumbrada al mundo amable y cordial de Bruselas, donde todo se negocia civilizadamente, ha confundido a Marruecos con un país de la UE, y al islote ocupado con una materia de negociación comunitaria. La palabra “negociación” es todo lo que Mohamed V deseaba escuchar de parte de España, después de haber insistido en que no desalojará a sus soldados.
A cada momento, la posición marroquí se fortalece y la española se debilita; y, probablemente, la baza del desalojo por la fuerza ya no esté a nuestro alcance, pues lo que pudiera haber quedado en una simple operación policial a cargo de la Guardia Civil, hoy tendría que abordarse como una acción de guerra. Es probable que el islote se recupere... aunque no de balde. Pero lo que no recuperaremos por la vía negociadora es nuestro prestigio. Veremos qué condiciones está dispuesto nuestro Gobierno a aceptar, pero, sean cuales sean, el daño ya está hecho y la puerta queda abierta a nuevos desplantes e insolencias del autócrata magrebí, que no nos respetará hasta que no nos mostremos firmes en la defensa de nuestros intereses.

Hechos que empiezan a consumarse

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