La final femenina del Abierto de Australia de tenis, con la presencia de las dos mejores raquetas sobre la pista del Rod Laver Arena de Melbourne, no ha deparado sorpresa alguna. La estadounidense Serena Williams, primera en la clasificación mundial, ha terminado imponiéndose a su hermana Venus, segunda, en tres mangas y después de dos horas y veinte minutos de juego. Pese a la presión externa por su condición de clara favorita, a Serena, que hace honor al nombre, no le tembló el pulso a la hora de realizar un paralelo, un passing-shot o de colocar varios puntos directos, que también hubo muchos de esos. La pequeña de las Williams puede terminar pagando la fatiga después de 120 minutos en la final de un Grand Slam y sus debilidades, que también las tiene, pueden ser aparentes, pero las de su hermana son reales. Además, Serena resta mejor y tiene más mentalidad de campeona. Tras haber conquistado los cuatro grandes -Abiertos de Australia y Estados Unidos, Roland Garros y Wimbledon-, su nombre queda inscrito junto al de legendarias tenistas como Maureen Connolly, Chris Evert, Steffi Graff o Martina Navratilova.
Pese a ser su hermana mayor, a Venus le ha sentado como un tiro que Serena engorde su leyenda mientras ella se queda “estancada con los cuatro Grand Slam que he ganado -dos Wimbledon y dos Abiertos de EEUU- mientras mi hermana gana quince”. Eso declaraba la segunda mejor tenista del mundo tras perder la final. Está claro que le corroe la envidia. Eso sí, el ojito derecho de mamá Oracene también tiene su sentido del humor, aunque en televisión pueda aparentar otra cosa. “Lo primero que haré”, dijo Venus, “será ir a un McDonald´s y tomarme una hamburguesa doble con queso y patatas fritas y soda para beber. Tal vez me tome algún postre”. A comer, que bien merecido lo tiene.
Tal vez en ese restaurante se encuentre a su padre, Richard Williams, a quien no se le ha visto demasiado estos días en Melbourne. Sí estuvo, cómo no, su mujer Oracene para animar a las niñas. Personalmente, me alegro de su ausencia. Siempre que este estrafalario personaje aparece por una pista de tenis, ya puede echarse medio mundo a temblar. El señor Williams, algo así como el Don King del deporte de la raqueta, enseguida se encarga de poner en marcha la “táctica del ventilador” y esparcir toda la mierda. Como lo que hizo hace dos años, precisamente en Australia, cuando acusó a las autoridades de ese país de tratar a los aborígenes como a “perros”. También tuvo sus más y sus menos, y también en el país oceánico, con Jennifer Capriati, Martina Hingis, Monica Seles o Irina Spirlea, todas ellas de raza blanca. Tras denunciar que éstas y otras tenistas calificaron a Venus como “nigger” -en inglés, negro en todo despectivo-, se refirió a Spirlea como “pavo blanco grande y alto”. Pero a quien más criticó fue a Capriati al acusarla de ser muy maleducada dentro y fuera de la cancha.
Como no podía ser de otra manera, Serena y Venus siempre han salido en defensa de su padre, que a su vez es el entrenador y representante de las jugadoras. Richard Williams, obstinado en erigirse protagonista de este deporte, ya no sabe ni qué hacer para suscitar la polémica. Harto de ello, quizá haya decidido no hacer acto de presencia en Australia por una temporada para no empeorar las cosas. ¿Dónde estaría? Probablemente en un McDonald´s comiéndose una hamburguesa con su hija.

No vi mucho a "don" Richard
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