La norma básica de las relaciones internacionales es el principio de no injerencia en los asuntos internos de otro país. Tanto es así que regímenes atroces como los de Cuba, Zimbabwe o Corea del Norte, por poner algunos ejemplos, subsisten y se perpetúan apoyados en él, de tal forma que los países que tienen la desgracia de soportarlos vienen a ser en la práctica una suerte de gigantescas fincas particulares donde la vida y los bienes de sus habitantes están a merced del déspota que ejerce de propietario del “latifundio”.
Es muy triste que apenas una tercera parte de la población mundial, como mucho, pueda disfrutar de los beneficios de una auténtica democracia y de un verdadero estado de derecho basado en el respeto a los derechos humanos elementales. Y aunque pudiera parecer justo –e incluso un imperativo moral– intervenir militarmente en los países que sufren el yugo del despotismo para imponer formas de gobierno más civilizadas, esto sólo se ha hecho –y no siempre– cuando, como en Yugoslavia, el déspota de turno se ha entregado al genocidio o la “limpieza étnica”. Por desgracia, el mundo libre ya tiene bastante con defenderse de sus enemigos interiores y exteriores como para acometer una cruzada mundial por la libertad y la democracia.
Sin embargo, cuando uno de esos tiranos se convierte en una amenaza para la paz y la seguridad internacional, el mundo libre no puede sencillamente cruzarse de brazos y mirar hacia otro lado sin sufrir las consecuencias a corto o medio plazo. Fue el caso de la agresión de Irak contra Kuwait en 1991, cuyas secuelas llegan hasta el día de hoy. La brillante victoria de la coalición internacional en la Guerra del Golfo restauró la situación previa a la invasión de Kuwait, pero no extirpó la raíz del mal: el régimen genocida de Sadam Hussein, que además de respirar odio contra Israel, EEUU y sus aliados –favoreciendo, financiando y cobijando a los terroristas sedientos de sangre “infiel”– encarcela, tortura y asesina a los iraquíes que se le oponen.
El precio para que la coalición internacional no depusiera a Sadam por la fuerza de las armas –como en estos casos aconsejan la tradición, la lógica y el sentido común– fue que éste ofreciera garantías de que no volvería a ser una amenaza para sus vecinos ni para la seguridad internacional; garantías que habían de concretarse en la demostración de que había prescindido de sus armas de destrucción masiva, dejándole mano libre, por terrible que esto sea, para seguir masacrando a sus propios súbditos. Pero Sadam Hussein se ha negado reiteradamente a satisfacerlas, vulnerando así el único principio que justifica la no injerencia en los asuntos internos de un país.
Precisamente por esto, la oposición frontal y por principio a una intervención militar en Irak supone eliminar el único obstáculo que evita que los tiranos megalómanos extiendan su despotismo fuera de sus fronteras. La condescendencia con Sadam Hussein no puede sino exacerbar los apetitos de otros tiranos, que sólo esperan muestras de debilidad de Occidente para empezar a hacer de las suyas fuera de los límites de sus fincas, así como los de los terroristas internacionales a quienes estos cobijan, financian, arman y entrenan.
No es extraño que, en España, Izquierda Unida se oponga a la reanudación de las hostilidades contra Sadam. Después de todo, el modelo de gobierno que quiere Llamazares para nuestro país es el de Cuba, prototipo de “gobierno canalla” que reprime sistemáticamente a la oposición y que ha entrenado, armado y asesorado a las “guerrillas” que ensangrentaron África e Iberoamérica en los años setenta y ochenta. Sin embargo, la negativa de Zapatero a apoyar al Gobierno en la continuación de una guerra en la que su propio partido comprometió a España es un acto de puro cinismo, demagogia e irresponsabilidad, inspirado exclusivamente por motivos electorales. No cabe duda de que, afortunadamente, la guerra es muy impopular, y abrazar la bandera de la paz puede otorgar a corto plazo grandes beneficios políticos.
A tal efecto, Manuel Marín ha elaborado un chusco argumentario contra la guerra con razones tan “sólidas” como las alusiones al viaje de Aznar al rancho de Bush (González hubiera dado su mano derecha por una invitación similar, que permite a España volver a ocupar el alto lugar que le corresponde en el concierto internacional después de más de cien años de aislamiento); la “marginación” del Parlamento en la decisión de apoyar la presentación de una nueva resolución ante el Consejo de Seguridad junto a EEUU y Gran Bretaña (González sólo compareció ante el Parlamento después de declarar la guerra a Irak); la “destrucción” de la política exterior española en relación con Europa (quizá prefiera Marín el “seguidismo” de Francia, que casi siempre nos ha traicionado en nuestro principal “asunto exterior”, Marruecos, y que hoy mantiene una sangrienta guerra colonial en África Occidental sin permiso de la ONU, para apoyar a uno de sus dictadores favoritos) y con el mundo árabe (el embajador de Marruecos volvió a Madrid en cuanto Mohamed VI se dio cuenta de que España es un aliado de EEUU tanto o más importante que el reino alauí; y en cuanto a la OLP, un mínimo rasgo de coherencia en un gobierno que lucha contra el terrorismo es no mantener buenas relaciones con una organización que lo apoya y lo practica).
Pero Marín ha olvidado incluir en ese “argumentario” el precio del “no a la guerra”, que no es lo mismo que un “sí a la paz”: aparte de no hacer mención de la criminal naturaleza del régimen de Sadam Hussein, que tortura y asesina a sus opositores, que emplea los recursos del programa “petróleo por alimentos” para desarrollar armas de destrucción masiva, condenando al hambre a sus súbditos, y que ha practicado el genocidio contra las minorías kurda y chiíta –motivos que ya de por sí justificarían una intervención humanitaria como la de Yugoslavia–, Marín olvida señalar que las Naciones Unidas se juegan su ya escaso prestigio y poder disuasorio contra futuros aventureros megalómanos precisamente en Irak. Si el Consejo de Seguridad da por bueno el juego del gato y el ratón que Sadam ha venido practicando durante los últimos doce años con la comunidad internacional, el valor de sus resoluciones en el futuro no será mayor que el del papel mojado. Será entonces cuando, si se quiere proteger la paz y la seguridad mundial de amenazas como la que ya está planteando Corea del Norte, no habrá más remedio que recurrir a las armas.

Los “argumentos” del PSOE contra la guerra

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