Menú

PSOE: no se puede hacer peor

Las encuestas, las manifestaciones, las pancartas y los eslóganes son instrumentos propios de organizaciones y grupos de presión que, al carecer de representación parlamentaria, recurren a estas tácticas para llamar la atención del Gobierno y del Parlamento sobre sus propuestas, argumentos y reivindicaciones. Es decir, son una forma de salir del anonimato e introducir en el debate político asuntos que, quizá de otro modo, jamás recibirían la atención de la clase política. Sin embargo, cuando su objetivo no es introducir debates sino constituir una especie de legitimidad alternativa a la de las urnas y a la que el Gobierno, supuestamente, tendría la obligación de someterse, la “voz de la calle” no es más que el instrumento del chantaje antidemocrático contra un gobierno legítimo.

El estilo de oposición elegido por el PSOE de Zapatero –a instancias de González– tiene mucho más que ver con la actitud de un grupo de presión sin representación parlamentaria que con el comportamiento que cabría esperar del primer partido de la Oposición, que aspira a gobernar España en un futuro próximo. Con el agravante de que emplea las encuestas, las manifestaciones y el eslógan, no como pretexto para introducir debates políticos o propuestas de gobierno –lo cual sería, hasta cierto punto, legítimo; aunque diría bastante de la incapacidad de sus parlamentarios para articular una oposición sólida y coherente– sino como una fuente de poder alternativa a las urnas, como una expresión más depurada y directa de la voluntad de los ciudadanos ante la que, supuestamente, el Gobierno tendría que plegarse sin reparar en más “argumentos” que el número de manifestantes o los porcentajes de las encuestas.

Ni qué decir tiene que este modelo, la “democracia asamblearia”, nada tiene que ver con la democracia parlamentaria; más bien es la antesala de la “democracia popular”, en la que todos los regímenes dictatoriales de izquierda se han apoyado siempre para llegar al poder sin pasar por las urnas. La democracia parlamentaria exige el debate político sobre la base de los argumentos, sobre el contraste razonado de las propuestas de gobierno y la crítica fundamentada de las acciones del Ejecutivo; de tal forma que la opinión pública pueda evaluar, con elementos de juicio sólidos, cuál es el programa de gobierno que mejor sirve a los intereses generales.

Sin embargo, el espectáculo ofrecido por el PSOE en el pleno del martes no puede estar más alejado de lo que cabe exigir a un partido que aspira a gobernar España. Partiendo de la base de que la oposición a la guerra contra Irak es, en principio, una opción política legítima, la obligación de quienes la defienden es argumentarla sobre la base de los intereses generales. La “voz de la calle” es, todo lo más, un pretexto para iniciar ese debate político, pero no constituye en sí un argumento ni exime a la Oposición de la obligación de elaborarlos y articularlos en un discurso coherente.

Todo lo que fue capaz de hacer Caldera –no se explica cómo Zapatero recurrió a él disponiendo de Manuel Marín, uno de los pocos capaces en el PSOE de ensamblar un argumentario mínimamente coherente en torno a este asunto– en el pleno del martes, además de ponerse el solo en ridículo acusando a Rajoy de mentiroso precisamente en torno al asunto del Prestige, es servir de altavoz de las manifestaciones, gritando irresponsablemente una vez más “no a la guerra” al alimón con Llamazares y Alcaraz, los portavoces de Izquierda Unida. Es sencillamente lamentable que un partido político sea incapaz de debatir y argumentar sus posiciones –pues, como bien dijo Rajoy en el Pleno, los ciudadanos tienen derecho a saber en qué principios, caso de que existan, se apoya la postura de la Oposición–; pero lo que es aún más grave es la convicción de Zapatero y del PSOE –no digamos IU– de que basta con esgrimir una encuesta o con evocar una manifestación para pasar por encima de cualquier consideración hacia los intereses generales de nuestra política exterior con tal de allegar un puñado de votos.

Si a esto se añade el fracaso de la maniobra de la votación secreta inspirada por IU –copia de lo ocurrido en el Parlamento británico, aunque no se dijo que muchos conservadores votaron con Blair– y apoyada por el PSOE, la indigencia e incapacidad política de la Oposición queda completamente rematada: no sólo no ha cundido la división interna en el PP –antes al contrario, los populares, acuciados por el fantasma de la pérdida del poder, han mostrado una cohesión desconocida desde hacía mucho tiempo– sino que incluso un diputado de la Oposición –no se sabe si por error o por convicción– votó en contra de la proposición no de ley que instaba al Gobierno a defender ante el Consejo de Seguridad una prórroga de las inspecciones en Irak. Es casi imposible hacerlo peor.

En España

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal