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Jorge Vilches

Legislatura de dos tiempos

Los socialistas necesitan prolongar la legislatura hasta el final, con el ánimo de que en una segunda fase de la misma se olvide la primera y recuperen su imagen

El Ejecutivo sabe que su política, o la organización del desgobierno que diría Alejandro Nieto, está desgastando su imagen y credibilidad. A pesar de lo cual, el Gobierno persevera en sus iniciativas. Esta firmeza socialista no se debe solamente a que el PP de Rajoy no despega en las encuestas. No. La razón es que el Gobierno ha ideado una legislatura larga, en dos fases.
 
La primera etapa de esta legislatura es, decía, la del desgaste. Zapatero y el PSOE están tomando decisiones y sosteniendo discursos que les granjean antipatías, abstención de su electorado y bronca entre sus filas. Han decidido que sea el tiempo de las decisiones controvertidas, duras, aquellas que generan una imagen negativa, pero que es posible disipar si las iniciativas se toman al principio de una legislatura larga. Sería un caso similar a la drástica reconversión que llevó a cabo el gobierno González en los dos primeros años de su mandato, y que no pasaron factura electoral, sino todo lo contrario. Así podía haberle ocurrido al PP si la guerra de Irak hubiera sido en el año 2001, y no al término del periodo Aznar.
 
Es una fase de desgaste, pero no completo. Las causas son varias. El PP no capitaliza la erosión del Ejecutivo, sus contradicciones, su vacuidad, su sometimiento a Carod Rovira. Las críticas se fijan precisamente en esto, en la relación con ERC, dando la apariencia de un socialismo esclavizado al capricho hilarante –o irritante, según el caso– de unos extremistas. Señalado el culpable –Carod y los suyos–, el PSOE se separará de él una vez quede pergeñado el Estatuto. Centrará así su imagen, su discurso populista y campanudo; volverá el oscuro Zapatero en tu televisión su sonrisa a colgar.
 
Y los republicanos catalanes lo saben, e intentan sacar el mayor provecho. Venden cara la renuncia a la declaración estatutaria de la nación catalana, trocándola por una mayor y más insolidaria autofinanciación. Conseguirán, también, saltarse el informe del Tribunal de Defensa de la Competencia en la operación de Endesa, so pena de retirarle a Maragall el apoyo en Cataluña. Y luego, sin bajarse del victimismo, recibirán los papeles de Salamanca con uno de esos actos de masas de afirmación nacional que tan bien escenificaba Mussolini, o Stalin en su Plaza Roja de Moscú.
 
Los socialistas necesitan prolongar la legislatura hasta el final, con el ánimo de que en una segunda fase de la misma se olvide la primera y recuperen su imagen. La ruptura con ERC será pública y sonora, en aras a lograr su libertad gubernamental y pedir el voto. Porque quieren anunciarse verdaderamente socialistas y españoles. Y Zapatero hará esa crisis de gobierno, esa remodelación que retire a esos ministros que nunca debieron serlo. Presentará un proyecto nuevo, con caras nuevas, y dirá: “Me debo a mi público”.
 
Ciudadanía, democracia deliberativa, republicanismo cívico, alianza de civilizaciones y patriotismo social sonarán de nuevo como señas de identidad de la izquierda de Zapatero. Una campaña de marketing puro, tan comercial como la de una marca de refrescos. Cobrará entonces sentido pleno, y verdadero, el aislamiento del PP. Y es que la jugada, esta legislatura de dos tiempos, agotada hasta el final, es, a poco que se administre bien, difícil de contrarrestar.

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