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Cristina Losada

Todo por la paz

La deseada y posible paz, término que ya concede a los terroristas igualdad de rango con sus víctimas, será el altar del sacrificio. Por ella, se irán aceptando nuevas concesiones.

Por los espejos mediáticos del callejón del Gato desfila estos días una cáfila de creyentes. Tanto hablar del relativismo moral, del descreimiento, de la falta de fe, y mira tú por donde, han surgido del páramo, con la primavera de las caretas y las boinas, cantidad de florecillas voluntariosas. Todas quieren creer, o sea, dar por cierto aquello que no está comprobado o demostrado. Todas abren sus corolas a la verde esperanza de las telenovelas, que no importa cuánto te hagan llorar, acabarán bien. Y todas hacen votos por el happy end, mientras sacan la escopeta de perdigones contra los escépticos, esos pájaros de mal agüero.

Para ese espectáculo floral y rosa no ha hecho falta el genio de un Münzenberg, el hábil urdidor de la propaganda soviética en los años treinta, el que llamaba "clubes de inocentes" a la miríada de grupos y comités de intelectuales, artistas, periodistas, que su red de agentes montaba y que, sin saberlo, servían a las maquinaciones del totalitarismo comunista. Eran hombres y mujeres cultivados, humanitarios y bienintencionados, y creyeron infinitamente y con fe ciega en las mentiras del hombre que era admirado por Goebbels. Fue un triunfo de la propaganda sobre la inteligencia.

No. Aquí ha bastado con echar el abono de la expectativa y sembrar sobre él un comunicado, para que la tierra respondiera alborozada no a lo que se dice en él, sino a lo que se creía que iba a decir. Pues ETA no anuncia que deja las armas y se disuelve, y reclama la impunidad y la autodeterminación, pero... no dejes que la realidad te estropee una buena noticia. Y menos, si quieres creerla. Y es sabido lo que pasa con las creencias. Uno las tiene, por lo que sea, y luego las defiende. Está emocionalmente preso de ellas.

Así que les han contado que hay una oportunidad para que ETA acabe, y no recelan que el entramado etarra, que va más allá de sus pistoleros, ha visto una ocasión para salir del acorralamiento en que se encontraba. Cegados por la ilusión, desdeñan el contexto de voladura de la Constitución y de la Nación en que nos encontramos; dan por amortizado que el gobierno haya tratado con guante de seda a los proetarras; son sordos al mensaje que envía la alegría desbordante de los nacionalistas que compartieron siempre objetivo, que no medios, con los etarras; toman por resentimiento el escepticismo de las víctimas; y no les preocupa que se negociara previamente con la banda, cuando siendo así, tiene ZP que conocer el precio, y no lo dice.

A partir de ahora, la expectativa generada en los inocentes será una carta en las manos de los que juegan con ventaja, que son los que saben lo que hay, y esperan obtener beneficios. La deseada y posible paz, término que ya concede a los terroristas igualdad de rango con sus víctimas, será el altar del sacrificio. Por ella, se irán aceptando nuevas concesiones. El alto al fuego no se aprovechará para aislar y reducir a los totalitarios en el País Vasco, sino para darles más cancha. Camparán amparados por la sombra quieta de los pistoleros. Los nacionalistas y los socialistas vascos romperán lanzas a su favor, ya lo están haciendo, pedirán medidas de gracias, mesas, lo que haga falta, todo lo que no podrá, para mantener las formas, Zapatero. Pero estas son creencias, lo reconozco. Las someto a la prueba de los acontecimientos.

El primero acaba de ocurrir cuando termino estas líneas. Si de Conde-Pumpido depende, no irá a la cárcel Otegi. Me hubiera sorprendido lo contrario. Los creyentes se removerán un minuto en la silla y luego respirarán tranquilos. Todo sea por la paz.

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