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Gina Montaner

Doña Ingrid en la selva

En el monótono verdor de la jungla colombiana Íngrid Betancourt se las arregló para ser una suerte de Doña Bárbara, trasplantada de la imaginación del venezolano Rómulo Gallegos a la fantasía febril de unos hombres encadenados.

Cuando los liberaron, la política colombiana Íngrid Betancourt declaró que lo que había sucedido en la selva debía quedarse allí. Son difíciles de olvidar las espectaculares imágenes del rescate de un grupo de rehenes que llevaban años secuestrados por las FARC. La operación militar planificada por el Gobierno de Álvaro Uribe había sido todo un éxito tras conseguir burlar a la narcoguerrilla. Las primeras semanas después de una maniobra digna de un guión de Hollywood, todavía la gente hablaba, sobre todo, de la seductora y locuaz Betancourt, quien poco después de su liberación se embarcó en un tour europeo con más glamour que los entourage de Madonna o U2.

Lo cierto es que la luna de miel entre los rehenes liberados terminó nada más volver a casa. Basta recordar el rifirrafe entre el político Luis Eladio Pérez y Clara Rojas, así como el distanciamiento entre Rojas y su ex compañera de partido, Betancourt. Ahora los tres contratistas norteamericanos que también fueron liberados, Tom Howes, Marc Gonsalves y Keith Stansell, han publicado Out of Captivity (Harper Collins). En el libro relatan sus terribles experiencias y vuelve a surgir la polémica en torno a Íngrid Betancourt. En las entrevistas concedidas a los medios el retrato que hacen de la flamante Premio Príncipe de Asturias reaviva un culebrón en el que, una vez más, la ex candidata socialista a la presidencia de Colombia aparece como la protagonista absoluta de una trama de intrigas y de celos.

En un popular magazine informativo de la cadena ABC los tres norteamericanos hablaron largamente sobre su cautiverio, rememorando las condiciones inhumanas en las que vivían. Pero lo que más ha llamado la atención es el rechazo visceral de Stansell al hablar de su ex compañera en el campamento Caribe, donde se concentraban los secuestrados políticos. El ex marine ha clasificado a Betancourt de "arpía" y de "arrogante". Una persona, según él, capaz de pedirle a los secuestradores que expulsaran de su núcleo a los tres americanos porque les quitaban espacio. Lejos de su imagen de mujer sensible, conciliadora y devota de la Virgen, Stansell no ha dudado en contar que Betancourt procuraba quedarse con la ración de comida de los demás y se comportaba como la dueña y señora de aquel paraje inhóspito que se convirtió en improvisado hogar de los secuestrados.

Luis Eladio Pérez, quien en su libro Siete años secuestrado por las FARC no ahorró palabras duras contra Clara Rojas, ha desmentido algunas de estas aseveraciones y niega, como ha afirmado Stansell, que Íngrid los hubiese acusado de agentes de la CIA ante los guerrilleros. En cuanto a si compartía con ella hamaca en las noches, como se ha dicho en esta última entrega de la saga, el ex congresista no se ha pronunciado. Por su parte, Íngrid Betancourt, quien por el momento ha abandonado su intensa vida social para dedicarse a escribir, ha declinado hacer comentarios.

Como en Rashomon, el clásico del cineasta Akira Kurosawa, cada personaje de esta truculenta historia cuenta una versión diferente, incluso encontrada, de los mismos hechos. Por ejemplo, los otros dos autores del libro, Gonsalves y Howe, no comparten la pésima opinión que su compañero tiene de Betancourt. Es más, Gonsalves reconoce que en algún momento estableció una estrecha relación con ella en la que primó una fuerte atracción que los guerrilleros atajaron separándolos.

Lo único que queda claro en este rompecabezas es que en el monótono verdor de la jungla colombiana Íngrid Betancourt se las arregló para ser una suerte de Doña Bárbara, trasplantada de la imaginación del venezolano Rómulo Gallegos a la fantasía febril de unos hombres encadenados. En realidad nada ha quedado atrás. Íngrid lo sabe y, consumada maestra de la autopromoción, apuesta a que su libro será el definitivo. Un bestseller asegurado.

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