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Florentino Portero

Europa huérfana

Los norteamericanos se han cansado de tratar de resolver los problemas de los demás e intentan disfrutar de las ventajas de ser un país normal. Se engañan. Eso no es posible. No son un país normal.

Reza el dicho castellano que no hay mal que por bien no venga, afirmación que la realidad confirma en innumerables ocasiones. El presidente Obama, respaldado por una parte importante de la opinión pública y de los congresistas, ha decidido que Estados Unidos también tiene derecho a comportarse como un Estado europeo más y todo apunta a que ya ha dado los primeros pasos en esa dirección. A pesar de sus promesas electorales no está dispuesto a arrostrar las consecuencias de aplicar una estrategia de victoria y prefiere una rendición elegante, envuelta en frases y argumentos falaces. Como europeo no tengo nada que reprocharle. Si nosotros llevamos medio siglo disfrutando de su protección y actuando como adolescentes irresponsables ¿con qué cara les podría criticar por hacer lo mismo? Eso sí, nuestros actos tienen consecuencias y la derrota de Estados Unidos y de la Alianza Atlántica ante las guerrillas talibán y los chicos de Al Qaeda tendrá gravísimas consecuencias durante mucho tiempo.

Recuerdo haber oído a Rafael Bardají, en los días en que formaba parte del Gabinete del ministro de Defensa, en los días en que Tony Blair trataba de sacar adelante la política europea de seguridad y defensa, que mientras Europa no se llevara un susto de verdad no habría nada que hacer. Es posible que ese susto se esté produciendo en estos momentos. Ya es público que el presidente Sarkozy ha quedado impresionado por las condiciones de estadista de su homólogo norteamericano y que se ha echado sobre sus hombros la cuestión iraní. No sería de extrañar que tanto en Londres como en Berlín las elites políticas estén valorando la catástrofe que se nos avecina y la necesidad de reaccionar desde una perspectiva continental.

Decía Brzezinski que Europa vivía bajo un Protectorado americano. Conscientemente jugaba con términos históricos en sentido figurado para subrayar un hecho fundamental: que el Viejo Continente había renunciado a su propia defensa y había entregado esa responsabilidad a Estados Unidos. Ése era el acuerdo esencial sobre el que descansaba la Alianza Atlántica y eso es lo que parece tocar a su fin. Los norteamericanos se han cansado de tratar de resolver los problemas de los demás e intentan disfrutar de las ventajas de ser un país normal. Se engañan. Eso no es posible. No son un país normal. Si no resuelven problemas que finalmente afectan a sus intereses nadie lo va a hacer por ellos y al final tendrán que pagar, a muy alto precio, su insensatez. Pero esa es otra historia.

Obama nos está haciendo un gran favor al enfrentarnos con la realidad. La huida de Afganistán tendrá serias repercusiones en la estabilidad del área mediterránea y en el comportamiento de las comunidades musulmanas en Europa. Vamos a tener problemas muy graves y si no reaccionamos nos mereceremos lo que nos espera. El primer paso es redefinir la colaboración anglo-francesa, porque sólo estos dos países tienen ejércitos en el pleno sentido del término. El siguiente es más complicado: Alemania tiene que revisar su posición. Ya no es posible seguir con los mismos postulados de la postguerra mundial. Juntos, los tres grandes tienen que dar forma, a partir de las instituciones vigentes, a una estructura realmente operativa que nos permita sortear los grandes retos de seguridad que esta primera mitad del siglo XXI nos depara. Juntos, tienen que promover un debate público que nos ayude a comprender la situación en la que nos encontramos y la necesidad de cambiar de mentalidad. Atrás parece quedar la Pax Americana, ahora nos tocar caminar por nuestros propios medios.

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