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Francisco Moreno

La fortaleza de la Sra. Darwin

Esa sí que era tolerancia, y de la buena, no como cierto laicismo antirreligioso hodierno, trufado de ideología sectaria.

Emma Wedgwood ocupó un lugar relevante en la culminación de la obra de Charles Darwin que, probablemente, no se hubiera producido sin su apoyo desde que se desposaron.

Al venir de familia acomodada, de soltera pudo realizar un tour de varios años por Europa junto a su hermana Fanny. Era una pianista aceptable y en París recibió clases de Chopin. Le encantaba todo tipo de deportes al aire libre, destacando verdaderamente en el tiro con arco. Su tímido primo Charles quedó pronto deslumbrado ante la cautivadora Emma.

En agosto de 1831, ella y su familia ayudaron a Charles Darwin a convencer al padre de éste –tío de Emma– para que levantara sus objeciones a que su hijo partiera en el Beagle. Darwin era una persona religiosa cuando empezó dicho viaje; se había graduado en teología, única titulación oficial que obtendría a lo largo de su vida. A bordo del bergantín, solía citar pasajes de la Biblia a los marineros para insuflarles ánimo. Sin embargo, después de aquel largo viaje de casi cinco años se convirtió en una persona menos religiosa.

En enero de 1839, una vez regresado Darwin de su periplo por el mundo y habiéndose granjeado cierta celebridad en los círculos científicos de su país, se casó con su prima carnal, un año mayor que él. Ésta había rechazado no pocas ofertas matrimoniales, incluidas varias del propio Charles. El matrimonio vivió inicialmente en Londres para trasladarse finalmente a una casa rural en el condado de Kent, en donde llevaron una vida recluida.

Emma se ocupó puntualmente de todo el personal femenino contratado en la casa y su marido, de los asuntos relacionados con el mayordomo, el jardinero, el mozo de cuadras y demás servicio masculino, así como de los pagos de sus salarios. La típica división de trabajo doméstico de una familia de próspera clase media de aquella sociedad victoriana.

Tuvieron diez hijos, de los cuales les sobrevivieron siete. Dos vástagos murieron prematuramente, pero el repentino fallecimiento por escarlatina a los diez años de su hija Anne, en 1851, fue un verdadero mazazo para el matrimonio que, además, le llevó a Darwin a perder completamente la fe en Dios. "Hemos perdido –escribió– la diversión del hogar y el consuelo de nuestra vejez. Si sólo ella supiera cuán profunda y tiernamente aún amamos y amaremos su hermoso rostro...".  Pese a todo ello, y aunque dejara de acudir a la iglesia los domingos para disgusto de su Emma, cuya fe afortunadamente la sostenía, siguió ayudando Charles a su iglesia local al reconocerle utilitariamente relevancia civil.

En una de las cartas de Darwin conservada aún en Londres se puede leer: "Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo –esté equivocado o no–, de que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente, es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos". Esa sí que era tolerancia, y de la buena, no como cierto laicismo antirreligioso hodierno, trufado de ideología sectaria.

El agnóstico observador de los seres vivos y su devota esposa, seguidora de la iglesia unitaria inglesa, discreparon en no pocas ocasiones sobre el cristianismo, pero no fue en ningún momento motivo de conflicto serio entre la pareja. Emma asistió a su esposo en la ardua redacción de sus libros y en la clasificación de sus numerosas notas, pese a no estar de acuerdo en buena parte de sus conclusiones. Valoraba la amabilidad mostrada siempre hacia ella y sus hijos por parte de su marido; la única pena que sentía era el saber que su Charles no podría acompañarle en la otra vida por culpa de su obstinado escepticismo. 

Éste, además, era un hombre quejumbroso debido a la mala salud que sufrió de adulto. A pesar de ello, recibió constante cuidado y atención por parte de su mujer. En sus notas personales, el naturalista confesaba sin ambages la superioridad de su esposa debido a sus cualidades morales y reconocía su inmensa suerte por haber compartido la vida con aquella mujer excepcional.

La Sra. Darwin sobrevivió catorce años y medio a su marido. Uno de sus bisnietos, el psicólogo Richard Darwin Keynes, miembro de la Royal Society y sobrino de un también célebre economista británico (aunque no muy jaleado por estos lares), permitió la publicación de los diarios de su enérgica bisabuela Emma. Así pudo conocerse mejor la vida doméstica de los Darwin.

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