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Eduardo Goligorsky

La hora de los cobardes

Fanfarrones de pacotilla, balbucean su asentimiento cuando los caciques de la tribu amotinada les recitan su pliego de condiciones.

En agosto de 1968 viajaba desde Buenos Aires rumbo a Nápoles en un crucero que hizo una escala de pocas horas en Barcelona. Atrapado por el infantilismo de izquierda, me negué a pisar el país gobernado por un dictador llamado Francisco Franco. Y un buen amigo, el admirado escritor y editor de ciencia ficción Domingo Santos, debió subir abordo para conversar conmigo. En 1975, cuando Franco agonizaba, vencí aquellos pueriles escrúpulos y visité Madrid y Barcelona, allanando el camino para huir del infierno argentino. Y en 1976 me radiqué definitivamente en Barcelona.

La hora de los valientes

Tuve el privilegio de asistir a la epopeya de la Transición. Aquella fue la hora de los valientes. Se llamaban Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa, Manuel Fraga Iribarne, Santiago Carrillo, Felipe González, Josep Tarradellas, Manuel Gutiérrez Mellado y una pléyade de políticos, juristas, empresarios, sindicalistas, militares e intelectuales que, anteponiendo la racionalidad a las vísceras, sentaron las bases de la convivencia en una sociedad democrática regida por una Constitución modélica e integrada en la Comunidad Europea.

Y tuvieron que ser valientes porque enfrente se alzaban fuerzas poderosas que sembraban el terror moviéndose en direcciones opuestas: asesinos de ultraderecha entreverados con militares golpistas; asesinos de ultraizquierda vinculados con tenebrosas bandas extranjeras; y asesinos ultranacionalistas conjurados nada menos que para adueñarse de fragmentos de España después de hacerla saltar en pedazos. El corolario de esta ofensiva perpetrada por fanáticos embrutecidos fue un tendal de víctimas, entre las que ocupaban un lugar sobresaliente los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, acompañados por adultos y niños civiles. Los valientes y los mártires quedaron eternizados en la memoria histórica de la Transición.

Lobotomía selectiva

Nada que ver con el engañabobos que nos endilgó con ese nombre –Ley de Memoria Histórica– en el 2007, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando todavía se estaba entrenando, a costa de los españoles, para convertirse en el alcahuete de Nicolás Maduro. Esa ley, que su discípulo Pedro Sánchez está tuneando con los guerracivilistas y los renegados de su acta de nacimiento española, es unescalpelo de lobotomía selectiva, que borra los recuerdos fácticos que contradicen el dogma ideológico y los sustituye por posverdades sectarias, para así anular los efectos terapéuticos de la Transición.

El historiador Josep M. Fradera impugnó esta manipulación del pasado practicada con alevosía (La pàtria dels catalans, La Magrana, 2009):

En realidad, los españoles adoptaron este camino de reconciliación de manera mayoritaria a partir de los años 1976-1977 y se reafirmaron en el momento del golpe de Armada, Milans del Bosch y Tejero, en una combinación, difícil de definir, de olvido, de esperanza en un futuro libre de los fantasmas del pasado y de confianza en las capacidades de la democracia que precisamente se estaba consolidando. En términos generales, respondía a una reflexión, a menudo silenciosa, sobre el desastre colectivo de periodos anteriores, y respondía, además, a la experiencia colectiva de los últimos años del franquismo. El hecho de plantear el rescate del pasado como una rectificación de esta percepción mayoritaria es una operación políticamente insensata y moralmente execrable.

Tira y afloja obsceno

La "operación políticamente insensata y moralmente execrable" ha ido in crescendo desde que se puso en marcha. Cambios arbitrarios en el nomenclátor urbano; ocultamientos y falsedades añadidos en los textos escolares; expurgación de placas conmemorativas de avances sociales y de inauguraciones de infraestructuras; símbolos e imágenes descolgados de los edificios y lugares públicos, olvido de las checas y de los "paseos" homicidas. Hasta llegar al extremo de emprender un tira y afloja obsceno con una momia que lleva cuarenta y tres años arrumbada en el pudridero. En otra época se habría interpretado esta pantomima como una blasfemia, pero hoy la vemos como una maniobra de distracción típica de los demagogos timadores que subestiman la inteligencia de los ciudadanos.

El locuaz supremacista Carles Mundó no se conforma con la espectacularidad del esperpento y exige más claudicaciones al pelele ("Enterrar a Franco", LV, 30/8):

Han tenido que pasar cuatro décadas para que un gobierno socialista se atreviera a dar ese paso, que nunca dio ni Felipe González ni José Luis Rodríguez Zapatero. El frágil apoyo parlamentario de Pedro Sánchez explica que a falta de resultados tangibles se dedique a sustentar su acción política en cuestiones de fuerte carga simbólica para acentuar perfil ideológico.

Fanfarrones de pacotilla

Ha sonado la hora de los cobardes, propulsados al puesto de mando por los traficantes de odio. Estos advenedizos han salido de sus idílicos despachos burgueses para comportarse como si hubieran ganado la guerra incivil y estuvieran castigando a los vencidos y recogiendo el botín. Fanfarrones de pacotilla, balbucean su asentimiento cuando los caciques de la tribu amotinada les recitan su pliego de condiciones. Se ensañan con los muertos, pero permiten que los vivos los atropellen, los humillen y les vacíen la bolsa.

Cobardes sin remedio, asisten acojonados a la okupación de cuatro provincias del Reino de España por los jerarcasdepredadores de una repúblika inexistente. "Sánchez avisa a Torra de que aplicará el 155 si vuelve a la vía unilateral", truena La Vanguardia (31/8). Pero el día siguiente, leemos en el mismo diario que la ministra portavoz, Isabel Colaá subrayó que la advertencia al Govern catalán de que no debe saltarse la ley "no quiere decir que el Gobierno tenga encima de la mesa la aplicación de nuevo del artículo 155, porque no se lo ha planteado". Con dos titulares intencionalmente hilvanados en la misma página. Arriba: "Torra responde al Gobierno que su misión es `obedecer al pueblo´". Y abajo: "…y Sánchez pide al president que abra un diálogo político en Catalunya".El pozo del servilismo no tiene fondo

Borregos complacientes

Solo en un país gobernado por borregos complacientes es posible que los políticos, empresarios, periodistas y aquella fracción de la sociedad que se preocupa por el futuro, hayan estado pendientes de la arenga que amenazó con pronunciar el 4 de septiembre el cabecilla vicario de la banda que ha invadido cuatro provincias del Reino de España, regurgitando las órdenes del capo emboscado en el palacio de Waterloo.

Y por fin descargó su órdago contra el Gobierno constitucional el golpista que usurpa contra natura, con el 47 % de los votos y el 36 % del censo electoral, la representación de la mayoría social del pueblo de Cataluña, mayoría social por la que este intruso siente y demuestra un desprecio mayúsculo. No solo dio por válidos los actos delictivos que culminaron en la proclamación de una falsa repúblika, sino que despotricó contra el Poder Judicial con la misma virulencia con que lo hacen los autócratas ultrarreaccionarios polacos y húngaros, y se comprometió a desobedecer las sentencias si estas castigan a los jerarcas del Estado Mayor del entramado subversivo que lo cuenta entre sus cerebritos. Eso sí, Torra reclama que las masas apoyen su política con movilizaciones semejantes a las que organizaban disciplinadamente nazis, fascistas, comunistas y peronistas, y radicalmente opuestas, por sus fines discriminatorios y segregacionistas, a las que encabezaban dos próceres de cuyos nombres los supremacistas se apropian arteramente: Nelson Mandela y Martin Luther King.

Instrumento de liberación

Recuerdo una vez más la lúcida advertencia que formuló Marius Carol, director de La Vanguardia, apartándose, en un acceso de hartazgo, de la tibieza oportunista de su diario ("Salir de la rueda del hámster", 4/12/2017):

O enterramos el procesismo o cavará nuestra tumba.

Para enterrarlo, España deberá tener un Gobierno que no descanse, como el de la minoría socialista, sobre las palas de quienes están cavando nuestra tumba. Este nuevo Gobierno de salvación nacional entenderá que aplicar el artículo 155 equivale a tratar una gangrena con ibuprofeno. Los sabios que redactaron la Constitución nos legaron el artículo 116, convencidos de que para evitar amputaciones territoriales como la que estamos padeciendo es imperioso recurrir a los estados de alarma, de excepción y de sitio. Cuando existe este instrumento de liberación, es imperdonable dejar a la mayoría social de Cataluña sometida a la estulticia de sus invasores.

PD: Desesperado por alcanzar la mayoría social que la ciudadanía le niega perseverantemente, el caradura Oriol Junqueras publicó una empalagosa "Oda a la amistad" (El Periódico, 3/9) en la que hace votos de amor fraternal, incluso con aquellos con quienes discrepa. Esto, escrito por uno de los caudillos de la horda etnocéntrica que se subleva para levantar fronteras materiales y emocionales entre los habitantes de cuatro provincias del Reino de España, por un lado, y sus hermanos del resto del país, por otro, bate records de desfachatez.

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