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Antonio Robles

Hoy hace un año

Es nuestra obligación pasar cuentas en las próximas elecciones a todo quien nos mienta, quiebre nuestra confianza o nos tome por rebaño.

Es nuestra obligación pasar cuentas en las próximas elecciones a todo quien nos mienta, quiebre nuestra confianza o nos tome por rebaño.
Vista general de un pleno celebrado en el Congreso de los Diputados.. EFE/ J.J. Guillén | EFE

Decía Epicuro a propósito del temor a morir: para qué vas a preocuparte de la muerte si cuando tú eres, la muerte todavía no es; y cuando la muerte sea, tú ya no serás.

Quien haya pasado por el trance sin traspasarlo, es posible que haya reparado que el mayor mal no es la muerte, sino el temor a ella. El temor nos atenaza. No hay mal comparable con el miedo a sufrirlo, o a no saberlo enfrentar. Un miedo metafísico sin mucho sentido lógico si nos atenemos al consejo del sabio. En realidad, el mal, en sentido genérico, es el miedo a nuestros propios miedos. Y ya que el temor a la propia muerte no tiene sentido, sí lo tiene al sufrimiento físico durante el trance. Imposible calibrar otros temores o terrores de quien es consciente del final y le falta valor para enfrentarla con dignidad.

Dicen las últimas encuestas que andamos más estresados que nunca. Por la inflación que merma nuestros sueldos, por el acecho del paro o por la imposibilidad de lograr un trabajo digno, por la subida de las hipotecas que desbordan el sueldo mes tras mes sin saber cómo afrontarlas, por la incertidumbre de un techo o un alquiler que es imposible asumir, por la cesta menguante de la compra, por el miedo, por el temor, por la ansiedad, por la falta de confianza en nuestros políticos, por nuestras dudas y recelos de una sociedad cada vez más desquiciada y decadente. Otros miedos, quizás menos transcendentes que el temor a la muerte, pero reales y preñados de mil miedos que no nos matan pero tampoco nos dejan vivir. O no, porque de un 20 a un 48% de españoles tiene trastornos del sueño.

Con la muerte no podemos hacer nada. Con los miedo reales sí. En buena medida, toda la ansiedad que nos provocan esos miedos surgidos de la acción política, deberíamos revertirla a sus fuentes. Es nuestra obligación saber por qué tenemos una deuda soberana descomunal que condiciona nuestras vidas y cuál es el coste de cerrar los ojos y poner la mano a subvenciones que compran nuestro voto, y arruinan la productividad de todos. No hay nada gratis. Nada bueno se logra sin esfuerzo. Es nuestra obligación pasar cuentas en las próximas elecciones a todo quien nos mienta, quiebre nuestra confianza o nos tome por rebaño; sea de los nuestros, de los suyos o del viento.

Le dijo la sartén al cazo: "Hay pocas cosas más crueles que utilizar políticamente el dolor de las víctimas". Irene Montero, ayer en los pasillos del Congreso. ¿Podemos permitirnos como sociedad que quien ha hecho del dolor de las víctimas su modus vivendi nos dé lecciones morales? Su sola imagen pontificando desde el Congreso basta para contestar al discurso de odio que proyecta en los demás.

Con idéntica soberbia, su patrono simulaba la misma condescendencia contra su adversario: "Dejen de repartir carnés de españolidad y cumplan con la Constitución". Pedro Sánchez, el mismo que acaba de pisotear la Constitución apoyando una ley contra la sentencia del 25% en Cataluña, tiene el rostro de exigir a los demás lo que él mismo incumple?

La impostura de este gobierno es tan descomunal que está empeñado en sustituir la realidad por un relato donde el líder de la oposición es un globo desinflado. Cree que si repite el epitafio se librará de su propia muerte. Confía en el control de la información y en la estupidez de la gente. Como si la realidad se pudiera suplantar eternamente. Haría bien en pensar en la muerte, es una forma muy sana de prepararse para el trauma sin hacer el ridículo. Y de paso hacernos pensar a los demás cómo hemos llegado a esto.

P.D. ¿Por qué la ciudadanía perdona en la política lo que no estaría dispuesta a perdonar en su vida privada? La democracia es un gran equívoco, un elixir mágico, un laberinto donde nos hemos perdido.

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