
Sólo unas horas después del sorprendente e inédito ataque que los terroristas de Hamás han lanzado sobre Israel otra banda terrorista antiisraelí, Hezbolá, nos ha confirmado lo que desde el primer minuto se podía sospechar que era una de las claves de esta nueva guerra que ya se puede considerar declarada.
Hezbolá –que opera en el Líbano, sobre todo en el sur cercano a Israel y ha tenido un papel muy importante en la guerra en Siria– es, como Hamás, una extensión terrorista de Irán: ambas están financiadas, protegidas, entrenadas y mantenidas con vida por los ayatolás y todo lo que hacen y buena parte de lo que dicen está supervisado u ordenado desde Teherán.
En ese contexto es en el que hay que entender el revelador –quizá demasiado revelador, de hecho– mensaje que han publicado los terroristas de Hezbolá ante el brutal ataque de Hamás:
"Constituye un mensaje al mundo árabe y musulmán, así como a la comunidad internacional, especialmente a aquellos que buscan normalizar sus relaciones con el enemigo, de que la causa palestina no está muriendo".
¿Y quiénes son aquellos que "buscan normalizar sus relaciones" con Israel? No puede haber ninguna duda: Arabia Saudí. Desde hace meses los rumores de que los saudíes y el Estado hebreo iban a establecer relaciones diplomáticas plenas eran cada vez más insistentes.
Es el paso lógico y lo que todo el mundo espera después de que los llamados Acuerdos de Abraham hayan servido para que Israel se relacione con normalidad con los Emiratos Árabes Unidos y Baréin en un principio y Sudán y Marruecos poco más tarde, un escenario diplomático impensable hace sólo unos años.
La normalización entre israelíes y saudíes obedecerá, además, a algo que de forma soterrada lleva años ocurriendo, pues ambos países tienen unas relaciones extraoficiales que han venido creciendo y fortaleciéndose sobre todo por una razón: Irán, un enemigo común que ambos comparten, Israel por el profundo antisemitismo del régimen teocrático de los ayatolas y Arabia Saudí por su papel como líder del islam sunita, mientras que Irán lo es del chiita.
Como les digo, el anuncio de esa normalización se consideraba poco menos que inminente, cuestión de semanas o a lo sumo meses, pero será más difícil después del violentísimo enfrentamiento que va a empezar este sábado y que costará decenas o incluso cientos de vidas israelíes y cientos o incluso miles de vidas palestinas. Por supuesto, no lo impedirá: la guerra durará lo que dure –que será lo que Israel quiera porque Hamás no puede sostener un conflicto a gran escala– y tras ella y una vez se calmen las aguas pasará lo inevitable. Pero sí es posible que el conflicto retrase esa derrota diplomática de Irán un tiempo: meses, quizá, un año en el peor de los casos.
Para eso, por esa única y miserable razón están muriendo hoy inocentes civiles en Israel y morirán terroristas y también civiles –es lo que tienen las guerras y más aún cuando se lucha contra unos hijos de puta que se escudan tras su población en lugar de protegerla– en Gaza.
De hecho, con toda seguridad en la Franja morirán muchas más personas que en Israel, pero eso les da igual a los terroristas de Hamás que controlan Gaza con puño de hierro y están dispuestos a sacrificar a los suyos para seguir manteniendo el poder. Y si a los propios palestinos no les importa sacrificar a sus jóvenes en el altar del odio a Israel imagínense lo que les va a quitar el sueño a los ayatolás iraníes.
Lo que desde mi punto de vista es una vergüenza aún mayor es que desde Europa la propaganda antiisraelí use también a esos palestinos sacrificados por los suyos para azuzar el antisemitismo. Quizá no lo hagan hoy dada la magnitud del ataque, pero no les quepa ninguna duda: lo harán pronto. Es obvio que esos políticos, intelectuales o periodistas no tienen la misma culpa que Hamás o Irán, pero su responsabilidad moral es inmensa, porque sin su colaboración, sin que ellos jaleasen todo lo que huela a antijudío y favorezcan la victoria propagandística de los asesinos, estas cosas llevarían décadas sin ocurrir.

