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La información no es poder

La única defensa cierta contra la información adulterada es una ciudadanía alerta y exigente.

La única defensa cierta contra la información adulterada es una ciudadanía alerta y exigente.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Algo me dice (no sólo a mí) que el plan del gobierno para combatir bulos, fake news y otras molestias va a quedar en nada por falta de apoyos para hacerlo viable. Quien dice en nada, dice en un susto. Sin duda ha causado impacto la amenaza de dar publicidad a quién paga qué en este negocio que cada vez es menos negocio, como sabe bien todo el mundo que intente vivir de dar noticias.

Por experiencia les digo que dar bombo y platillo a quién se lleva qué tajada de publicidad institucional no quita ni pone. En Cataluña se viene haciendo en los últimos años. Se viene haciendo de aquella manera: tarde y mal, en forma de notificación de hechos consumados, que nunca se justifican y menos aún se debaten previamente. Aun así, se supone que ver los números puestos en fila debería bastar para sacar interesantes conclusiones. ¿Y en la práctica qué ocurre? Pues que el día que "salen" las cifras, los agraciados callan, los no agraciados ponen el grito en el cielo, el público piensa o siente que es más de lo mismo, y todo sigue igual.

Siempre hay buenas razones y excusas para subvencionar más y mejor a quién a ti te da la gana. Si tiene mucha audiencia, pues por eso. Si no, pues por eso mismo. En Cataluña prevalece además el argumento fantástico de proteger las ediciones en catalán, algo impecable sobre el papel, pero que a veces deviene o puede devenir un coladero de intencionalidades políticas.

En cuanto a divulgar accionariados y financiadores, pues tres cuartos de lo mismo: ya les digo yo que eso, al público, le deja bastante frío. Le da bastante igual. ¿A quién no le da igual entonces, y qué sentido tiene hacerlo o por lo menos proponerlo? Bueno, como les decía, hablamos de un negocio que hace mucho tiempo que no es negocio. Que no da dinero, vamos. Hay medios de comunicación que han pasado de ser hijos rebeldes a hijos tontos del sistema. No todos, claro. Pero algunos sí. Y el tamaño importa. Aunque suele importar en sentido contrario a lo que pretende el presidente del Gobierno.

Se queja Pedro Sánchez de una supuesta "máquina del fango" que según él prospera al calor de los medios más pequeños, más digitales, menos canónicos. Pero quien conozca el oficio no me dejará mentir: a día de hoy dependen más de las subvenciones públicas los medios grandes, las cabeceras mastodónticas, con plantillas faraónicas y masas salariales de otras épocas, que medios más frugales y modestos.

Quien esto firma siempre ha sido una defensora de los medios de comunicación públicos. Sin ignorar que históricamente han sido (y siguen siendo) un campo de batalla del control político, por su propia naturaleza están mejor protegidos de él. Las radios y televisiones públicas ofrecen para empezar a sus trabajadores una seguridad laboral que no se da en los medios privados. A un periodista díscolo se le puede degradar y hasta poner de cara a la pared, pero no es tan fácil echarle a la calle. Aunque las presiones políticas puedan llegar a ser muchas, no vienen siempre del mismo lado. Se van alternando, y eso también da treguas y respiros. Finalmente, los medios públicos pasan controles deontológicos y parlamentarios que los medios privados no.

La paradoja, de un tiempo a esta parte, es que hay grandes, incluso grandiosos, medios privados, que por la crisis del sector y del modelo de negocio han elevado su dependencia de la subvención pública hasta extremos que nada tienen que envidiar a la de los medios enteramente financiados por la Administración. Ya me perdonarán, pero a veces da hasta risa ver a algunos de estos medios privados pedir que los medios públicos no tengan publicidad, cuando ellos están colonizados hasta la ingle por las arcas públicas. Son verdaderos yonquis de los impuestos de todos. Y eso obviamente se refleja en la calidad de la información que dan en materias que afecten a quien decide cómo se reparten esos fondos.

A mí personalmente me llama mucho la atención hasta qué punto el Gobierno Sánchez la ha "tomado" con medios de formato medio o pequeño, como si en ellos se concentrara toda la maldad y la mentira del mundo. Seguro que habrá casos. En todas las latitudes ideológicas, por cierto. Pero déjenme hacer una reflexión: un digital mediano o pequeño, con una redacción austera, un director que no tenga chófer ni coche de empresa ni se vaya a comer cada día a un restaurante de moda, es más capaz de sobrevivir con menos subvención. Hay quien se las apaña con dos de pipas. ¿Y si es eso lo que de verdad da miedo y genera inquietud a algunos?

Los más viejos del lugar igual se acuerdan de lo que pasó en la primera rueda de prensa de Barack Obama en la Casa Blanca, ya como presidente. Esas ruedas de prensa son muy jerárquicas. Clasistas incluso. Se sobreentiende que los medios "importantes" tienen prioridad. Levantó una oleada de corporativa indignación que el nuevo y flamante presidente, que en gran medida había logrado serlo gracias a novedosas estrategias de campaña online, se estrenara dando la palabra a un bloguero que informaba a través de Youtube. Pocas veces ha sido tan verdad que el medio era el mensaje, como decía McLuhan.

A dónde quiero ir a parar: que, aunque nadie está libre de pecado ni de bulo y conviene pensárselo dos veces antes de tirar la primera piedra, en ninguna dirección, la experiencia más elemental dice que la vulnerabilidad al control político vía subvención ahora mismo está más concentrada en los medios privados más grandes, más costosos de mantener en marcha. Cuya fama o incluso leyenda de probidad a veces consiste en un vivir de rentas del pasado que no resiste la comparación con la calidad de algunas informaciones del presente.

Como Obama en la Casa Blanca desató involuntariamente un ánimo de "cacería" de los medios grandes y antiguos frente a los más nuevos y pequeños, es posible que Sánchez sí cuente con atizar deliberadamente cierto canibalismo. Que algún que otro potente pero no muy solvente grupo de comunicación de aquí se convierta en su aliado a la hora de intentar machacar a cabeceras más humildes y menos controlables.

Si hablamos de accionariados y fuentes de financiación, estamos en las mismas: en los grandes medios encontramos a veces grupos empresariales, fondos de inversión, etc, cuya envergadura les acoraza frente a muchas cosas. En los medios más artesanales, en cambio, el dinero lo pone, cuando lo pone, gente que a lo mejor le tendrá que dar una pensada a si se quiere exponer o no a según qué represalias. Es que ya digo que aquí tenemos la bonita paradoja de que al público en general le deja bastante frío quién paga las noticias, mientras sean gratis. A quien eso no le da igual es a quien pretende controlarlas con todos los medios a su alcance. La información no es siempre poder, pero el poder es siempre información. O lo intenta.

En conclusión: no seamos sectarios y, sobre todo, no seamos ingenuos. La única defensa cierta contra la información adulterada es una ciudadanía alerta y exigente, que distinga el bulo de la realidad y la honestidad de la mala fe. Venga de donde venga. Y la pague quien la pague.

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