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Emilio Campmany

La fábula de la bella marioneta

Si Sánchez no despega en las encuestas en los próximos meses, lo sustituirán, quién sabe si por el mismo Zapatero.

Blanco, Ábalos y Cerdán, en la toma de posesión de Óscar Puente como ministro de Transportes | Europa Press

Érase una vez, un tal José Blanco, que consiguió que un señor desconocido llamado Zapatero fuera elegido secretario general del PSOE. Antes, tuvo que dimitir Almunia y ser defenestrado Borrell. Finalmente, con el voto de algunos guerristas, Zapatero derrotó al popularísimo José Bono por 9 votos. Tras abandonar la presidencia del Gobierno, él y Blanco se dedicaron a los negocios. Pero, para que éstos fueran más boyantes, Blanco consiguió que un protegido suyo, llamado Pedro Sánchez y salido como Zapatero de la nada, ganara la secretaría general a Eduardo Madina. No obstante, el enchufado resultó ser un engreído y un soberbio y fue apeado del cargo. Como la prosperidad de sus negocios era incompatible con un secretario general independiente, Zapatero y Blanco lograron que volviera a ganar, esta vez a Susana Díaz. Sánchez, por su parte, para gozar de un cierto margen de maniobra, se rodeó de un pequeño equipo de leales: Ábalos, Cerdán y Salazar. Ya afianzado al frente del PSOE, Sánchez se hizo con la Presidencia del Gobierno.

A partir de ahí, Zapatero multiplicó sus negocios en Venezuela y Blanco se enriqueció con su consultora Acento. Sin embargo, quisieron atar corto al pupilo y le exigieron que destituyera a Ábalos y a Iván Redondo. Sánchez obedeció. Como también lo hizo cuando dispuso los rescates de Duro Felguera y de Plus Ultra.

Llegaron las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2023 y el PSOE cosechó una histórica derrota, perdiendo gran parte de su poder territorial. Zapatero y Blanco sopesaron entonces la idea de forzar la dimisión de Sánchez y colocar a otro en su lugar antes de que se echaran encima las elecciones generales que tenían que celebrarse a final de año. Sánchez se lo olió. Y, al día siguiente de la derrota, disolvió las cámaras, sin dar tiempo a que le movieran la silla. Consiguió ganar por los pelos. Zapatero no tuvo más remedio que ayudar a Sánchez a conservar la poltrona de La Moncloa y prometió a Junts todo lo que pidió hasta que los golpistas aceptaron investir al ahijado de Pepiño.

Zapatero y Blanco pudieron así proseguir con sus pingües negocios. Pero, la legislatura avanzó y el PSOE entró en caída libre en las encuestas, especialmente a partir de los escándalos de corrupción. Los dos sintieron la necesidad de hacerse con el poder del partido para, en caso de ser necesario, obligar a Sánchez, esta vez sí, a dimitir. A tal efecto, Blanco fue colocando a su gente, en especial a Óscar López y a Antonio Hernando. Primero, en Moncloa y luego, en el PSOE, aprovechando el vacío dejado por Cerdán. Sánchez nuevamente obedeció y aceptó recuperar a López y luego a Hernando. Pero, llegado el momento de designar al sucesor de Cerdán, el presidente insistió en que fuera Francisco Salazar. Blanco aceptó con la boca pequeña para luego aflorar las acusaciones de acoso sexual sin tiempo ya de buscar a otro. Salazar no tomó posesión. Y quien quedó al mando del partido fue Hernando.

La fábula no termina aquí. Si Sánchez no despega en las encuestas en los próximos meses, lo sustituirán, quién sabe si por el mismo Zapatero, que tiene la ventaja de ser muy conocido entre el electorado de izquierdas. Y a seguir con el lucrativo negocio de destruir a España.

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