
¿Cuántos votantes socialistas están dispuestos a seguir entregando su confianza al dirigente que les toma por imbéciles y les miente sin pudor? ¿Coherentes, cómplices o imbéciles? De momento sabemos que hoy la militancia socialista es sanchista, podemita, nacionalista o lo que sea necesario para seguir en la poltrona. Extraña mutación política y moral, que prima el engaño y al rebaño por encima de su libertad de criterio y de la propia democracia que se la garantiza.
Formulo estas preguntas porque el presidente de todos los españoles nos ha soltado compungido su mayor obscenidad hasta la fecha: "Desde el punto de vista personal, Ábalos era un gran desconocido para mí". Y su parroquia tragando y justificando. ¿Sus votantes son masoquistas, imbéciles, o cómplices?
Todo y nada a la vez. La respuesta de la ciencia los cataloga a ellos y nos califica a todos de seres con tendencia al sectarismo. Sólo nos tienen que dar la oportunidad. El votante fiel no pierde su capacidad crítica, la desactiva selectivamente como mecanismo de autoprotección identitaria, emocional y narrativa. ¿Qué dice la ciencia? O mejor dicho, la neurociencia, la psicología evolutiva, la sociología cognitiva y la teoría de sistemas. Veamos.
Anulación del pensamiento analítico (Kahneman, 2011). La mente humana opera bajo dos sistema: Sistema A: rápido, emocional y asociativo. Sistema B: lento, analítico y corregidor. En el campo de la política, el votante fiel se estanca en el sistema 1: las emociones priman sobre lo racional. La activación emocional - especialmente el miedo ("viene la ultraderecha") - inhibe la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de la evaluación crítica y el pensamiento abstracto. El resultado es una reducción funcional de la autonomía deliberativa.
- Supresión de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957). Cuando el líder lanza una afirmación incompatible con la realidad observable, el votante fiel experimenta una tensión mental incómoda. Para resolverla, recurre a dos mecanismos automatizados:
a) Reestructuración narrativa: Convierte lo incoherente en legítimo mediante racionalizaciones ad hoc ("Debe de existir un contexto que no conocemos", "de sabios es rectificar", "evoluciona", "ha cambiado de opinión para adecuarse a la realidad social"..)
b) Reinterpretación emocional: Reemplaza la veracidad por la finalidad moral
("No importa si es cierto; importa a quién beneficia"). Este proceso funciona como analgésico cognitivo, desplazando la verdad factual a un segundo plano.
¿Es ignorancia? ¿Es comodidad? ¿O es ese extraño placer humano de confirmar lo que uno ya cree, aunque sea falso? Porque aquí no hablamos solo de ingenuos o crédulos, sino de fanáticos del autoengaño, auténticos devotos de la disonancia cognitiva, capaces de justificar cualquier mentira con tal de no cuestionarse a sí mismos. Se aferran a su líder como quien se aferra a un talismán: no porque funcione, sino porque les evita pensar. La psicología cognitiva añade otra pieza: el sesgo de grupo. Cuando una persona siente que la crítica a su líder es una crítica a su grupo, reacciona a la defensiva, incluso aunque en su interior perciba claramente la manipulación. Antes que aceptar la evidencia, prefiere justificar lo injustificable. No es que no vean la mentira: es que la reinterpretan para proteger su autoestima.
La sociología contemporánea también lo explica: cuando la identidad política se convierte en identidad personal, renunciar al líder equivale a renunciar a uno mismo. Y eso duele. Mucho más que admitir que te han tomado el pelo. Por eso algunos electores prefieren tragarse la humillación antes que reconocer que han sido manipulados. Se convierten en "fieles" no por convicción, sino por inercia emocional. Son, en cierto modo, adictos a la confirmación, incapaces de tolerar la más mínima contradicción.
-Fusión identitaria con el grupo (Tajfel, Turner, 1979): La neurociencia social demuestra que la pertenencia a un grupo político activa los mismos circuitos que la pertenencia a un grupo familiar: amígdala, ínsula anterior, corteza cingulada anterior. Criticar al líder del grupo activa regiones asociadas al dolor social. No es una metáfora, es un dolor fisiológico. Por ello, el votante fiel evita cualquier información que pueda provocar esa "lesión identitaria" (de hecho, muchos cambian de canal para evitar sentirse mal, o simplemente se entierran en un medio de comunicación que les dé siempre la razón). La sumisión no se vive como renuncia, sino como protección del yo ampliado. Es ahí donde aparece el votante obediente, el que prefiere no preguntar. El que se pone voluntariamente una venda en los ojos porque sin ella tendría que admitir algo incómodo para su orgullo y autoestima: que el dirigente al que admira lo está utilizando. Algunos lo hacen por comodidad; otros por fidelidad irracional; otros por ese extraño fervor que convierte a personas razonables en devotos incapaces de sospechar, por más evidencias que acumulen delante. Otros, en fin, por el pesebre, lejos de sentirse engañados, celebran el engaño. El votante mercenario, dispuesto a aceptar cualquier mentira si a cambio obtiene una migaja simbólica: un enemigo al que culpar, una identidad que lucir, una sensación de pertenencia que llene sus vacíos. Para ellos, la mentira no es un problema: es un peaje asumible. Lo importante no es si el líder dice la verdad, sino si "es de los nuestros".
-Razonamiento motivado (Kunda, 1990). El votante fiel no procesa información para descubrir la verdad, sino para preservar una conclusión deseada. El objetivo no es analizar, sino justificar. Este fenómeno reorganiza los circuitos de recompensa: la dopamina se libera no al comprender, sino al confirmar. Es un sistema de autoengaño auto-recompensado.
-Mecanismos de dependencia del relato (Haight, Greene, Westen). El cerebro humano prioriza la coherencia emocional frente a la coherencia lógica. El votante fiel no busca hechos, busca estabilidad narrativa. Por ello, acepta frases inverosímiles si ayudan a mantener intacto su marco moral y tribal. La sumisión adquiere así forma de autoalineamiento psicológico, no de imposición externa.
Llegados aquí, ¿qué clase de votante necesita que lo engañen para poder seguir creyendo en lo que ya creía? En España existe un espécimen sociopolítico fascinante, el ciudadano que presume de espíritu crítico mientras repite consignas prefabricadas; el que asegura ser libre mientras se comporta como un devoto obediente; el que se siente adulto pero reacciona como un niño que necesita monstruos imaginarios para dormir tranquilo. ¿Quiénes son? Aquellos que han convertido la frase "si no, viene la ultraderecha" en un mantra tranquilizador, en una manta de seguridad emocional. No importa que la amenaza sea exagerada, difusa o directamente inventada: ellos la necesitan. Sin ese espantajo, tendrían que enfrentarse a la realidad de sus contradicciones internas. Y eso, para muchos, es insoportable.
La psicología social los describe con precisión quirúrgica. Gustave Le Bon ya anticipó que, en masa, incluso individuos inteligentes pueden comportarse como criaturas sugestionables, entregadas a la emoción del grupo y desprovistas de pensamiento propio. Y aquí encajan perfectamente: son votantes que, en solitario, podrían detectar una falsedad evidente, pero, en colectivo, se comportan como si vivieran en una burbuja mística donde las mentiras se transforman en verdades rituales.
Y así, como en una moderna teología política, la "ultraderecha" se ha convertido en un infierno apocalíptico que mantiene al votante fiel en estado de miedo permanente. Un miedo cómodo, eso sí: basta repetirlo para no tener que pensar. ¿Para qué enfrentarse al incómodo examen crítico si uno puede acogerse, sin esfuerzo, al refugio emocional de un enemigo absoluto?
¿Y acaso no vemos eso en parte del electorado sanchista? Se comportan como discípulos de una liturgia política donde el presidente nunca se equivoca, sino que "estratégicamente matiza"; donde nunca miente, sino que "evoluciona"; donde nunca rectifica, sino que "profundiza". Y cuando la contradicción es tan clamorosa que ni el manual de eufemismos da más de sí, ahí aparece el rezo salvador: "sí, vale, pero al menos no gobierna la ultraderecha".
La sociología del comportamiento colectivo lo explica bien: cuando un votante une su identidad personal con su identidad política, cuestionar al líder equivale a cuestionarse a sí mismo.
Me preguntaba al principio, ¿cuántos votantes socialistas están dispuestos a seguir votando a quién les toma por imbéciles y les miente a diario? La pregunta no es cuántos, sino ¿cuándo dejarán de permitirse ser tratados como súbditos? Y, sobre todo: ¿qué precio está pagando nuestra democracia cuando tantos ciudadanos prefieren la mentira confortable a la verdad incómoda?
CODA: Si la democracia no toma conciencia de qué material humano la gestiona, no sólo será una democracia defectuosa, sino que su existencia no estará garantizada. No es una cuestión de la democracia española, sino del "ser" del hombre.
