En memoria de Alfonso Ussia
Hoy todos somos un poco más viejos y nuestra existencia es un poco más triste.
Cuando era niño debajo de la tele había un cesto con una pila de Abecés. Desde que tuve uso de razón el ABC entraba en mi casa todas las mañanas, generalmente de la mano de mi padre, aunque cuando él no estaba mi madre no permitía que la tradición se rompiera. Como en aquella época en la que había dos Alemanias yo era un crío, sólo leía la programación de TVE en la última página del periódico, y luego me iba derecho a la sección de sucesos; los adictos al True Crime no han inventado nada. Con el tiempo fui ampliando mis horizontes y acostumbrándome a leer cada día la sección de opinión, empezando por la viñeta de Mingote, y siguiendo con las columnas de lo que mi padre llamaba con sorna no exenta de admiración los cuatro jinetes del apocalipsis. Burgos, Losantos, Campmany y Ussía. Era la primera mitad de los noventa, los estertores del felipismo que, como hoy los del sanchismo y ayer los del zetaperismo, se alargaron mucho más de lo debido.
En mi casa sólo se escuchaba la COPE, así que me perdí las aventuras de Floro Recatado y el Doctor Gorroño en el Protagonistas de Luis del Olmo, pero por suerte a mediados de los noventa esa sección del programa dio el salto a la tele durante un par de temporadas, con el nombre de "Este país necesita un repaso". Después de más de un lustro leyéndoles en el ABC o el Blanco y Negro el elenco de aquella tertulia gamberra tenía el mismo efecto en mi cabeza que el Dream Team que había conquistado el oro en Barcelona 92. Chumy Chúmez, Antonio Ozores, Mingote, Luis Sánchez Pollack, José Luis Coll, Antonio Burgos y, de nuevo, Alfonso Ussía.
Una vez le pregunté a mi madre si alguien que se considerara un rebelde podía ser de derechas. Después de hacerla sufrir durante años con una sucesión inagotable de problemas y enganchadas con profesores y sacerdotes en el colegio de los Legionarios de Cristo al que acudía, mi madre entendió el fondo de la pregunta, mucho más que yo, de hecho. Le estaba preguntando si se podía ser irreverente sin necesidad de ser gilipollas. "Claro, hijo. Mira Alfonso Ussía". Para entonces ya me había leído el Tratado de las Buenas Maneras ("para que no sea usted ni un cursi ni un hortera"), en el que descubrí que las mujeres no llevan bragas, y mucho menos color carne, y que es mejor amputarse el dedo meñique que extenderlo al agarrar una taza de café.
Tenía veinte años cuando dejé de mentir a mis amigos sobre la profesión de mi padre, oficial del Ejército de Tierra, y quizá veinticinco cuando mi madre dejó de obligarme a permanecer a no menos de veinte metros del coche cada vez que ella lo arrancaba. En una época en la que gañanes iletrados ponían bombas para matar a niños, Ussía se jugaba la vida escribiendo según qué cosas.
En el portal del Belén
nadie toca la zambomba
porque un hijo de Setién
ha colocado una bomba.
De todos sus epigramas satíricos, este fue el más brutal, porque lo leyó precisamente en los micrófonos de la COPE. Ussía nunca se calló pese a que sabía perfectamente en qué listas se metía por insultar al nacionalismo vasco, el que sacudía el árbol y el que recogía las nueces. A Arzallus le llamó nazi y a Otegi hijo de puta porque hay cosas que hay que decirlas con todas sus letras. A Luis del Olmo y a Antonio Burgos les intentaron matar por mucho menos.
De la tertulia de Luis del Olmo salió también el personaje más famoso parido por la imaginación de Alfonso Ussía. Cristián Ildefonso Laus Deo María Ximénez de Andrada y Belvis de los Gazules, conocido como el Marqués de Sotoancho. Un personaje autoparódico, como el narrador del Tratado de las Buenas Maneras, escrito por alguien que se tomaba las cosas muy en serio, pero no necesariamente a sí mismo. Por citar al padre de la criatura: "Sotoancho sí tiene rasgos de su autor. Quizá la melancolía, y un poco de perplejidad ante su propia e inmerecida existencia". Para escribir estas líneas he tenido que tirar de Google; hace tanto tiempo de todo que mi cerebro ya desordena las fechas. Creo firmemente que nadie por debajo de los setenta años tiene derecho a la nostalgia, pero hoy todos somos un poco más viejos, y nuestra existencia es un poco más triste. Descanse en paz, Alfonso Ussia.
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