Cómo me convertí en mi padre
Mi problema con la tecnología, y el de muchísima gente, se resume en un neologismo: Enshittification
La primera vez que utilicé un teléfono móvil tenía 17 años y fue porque se lo pedí a un atónito pasajero de un tren nocturno Algeciras-Madrid-Irún, para avisar a mis padres de que estaba de camino a casa y de que llegaría a la estación de Chamartín en algún momento entre ocho y once horas después. Era 1996, el Madrid tenía seis copas de Europa, Aznar presidía un país que aún creía en su futuro y un bocata de lomo con queso costaba doscientas pelas en la cantina del instituto. Mi padre, nacido en Melilla en los años veinte y criado en un orfanato de posguerra, se negó en redondo a poseer un teléfono móvil hasta década y pico más tarde. "No me apetece que nadie me pueda localizar cuando le dé la gana", decía. Han pasado treinta años y ahora yo soy mi padre.
El concepto de Internet de las Cosas (Internet of Things o IoT) tiene casi tantos años como la propia Internet, pero no se convirtió en ubicuo hasta principios de la pasada década, cuando empezaron a aparecer todo tipo de objetos conectados a la red permanentemente. Además de los smartphones aparecieron un montón de Smart-lo-que-sea que prometían control absoluto sobre todos los aspectos de la vida diaria desde la palma de la mano. Persianas eléctricas programables desde una app, calefacción que podías encender desde el móvil y por supuesto coches sin llave que se abren acercándole el teléfono. En esa época yo no era ludita aún, pero ya no me faltaba mucho.
Tengo una norma muy básica en mi relación con la tecnología: si a algo no le hace falta Internet para cumplir su propósito, entonces no necesita Internet. Internet no le aporta nada a la lavadora, a la nevera, a mi coche o al calentador. "Pero Diego, puedes encender la calefacción desde la oficina para que la casa esté caliente cuando llegues". Eso ya existía en los años ochenta y se llamaba programar la caldera. Mi problema con la tecnología, y el de muchísima gente, se resume en un neologismo: Enshittification. Mierdificación, o en su definición algo más técnica pero mucho menos precisa, "decadencia de las plataformas". La palabra la acuñó hace tres años Cory Doctorow, uno de los popes históricos del activismo en línea, para referirse a la catastrófica evolución de las redes sociales y de los servicios de Internet en general. Cosas que antes funcionaban razonablemente bien que acaban convirtiéndose en trampas para sus usuarios. De las redes sociales a las apps de citas, todos los servicios digitales se han convertido en empresas de minado de datos para su venta a terceros. Google enterrando los resultados decentes en una montaña de anuncios y resúmenes hechos con IA, Facebook sepultando las fotos de la boda de tu prima entre dos docenas de anuncios infames (también hechos con IA). Y así. Hasta hace quince años se pagaba por un videojuego una única vez, y el videojuego era nuestro para siempre. Hoy estamos a expensas de que los estudios acepten mantener los juegos en sus servidores. O los libros electrónicos. No somos dueños de nada digital; de la noche a la mañana podemos perder todas nuestras fotos almacenadas en la nube y nuestro robot aspirador puede dejar de funcionar porque la empresa fabricante ha quebrado.
Cualquier persona que haya trabajado en ciberseguridad sabe una cosa: la pregunta no es si algo puede ser hackeado, sino cuánto tiempo tardará en serlo. Y qué consecuencias tendrá. El voto electrónico es una idea espantosa porque el incentivo para un ataque es inmenso, especialmente para beneficiar a aquellos que lo ponen en marcha. Cualquier cacharro conectado a la red es un espía doméstico, y no porque hackers rusos lo puedan controlar, sino porque viene escrito en veinte párrafos distintos de los términos y condiciones del servicio. ¿Quieres saber por qué recibes treinta llamadas diarias de ONGs o de estafadores intentando que te cambies de compañía de gas y de luz? Sí, han vendido tus datos, y tú les has dado permiso.
Yo no quiero tener que hacerle una foto a un código QR en un restaurante para poder leer el menú en el móvil. No quiero que mi coche deje de funcionar durante 45 minutos porque necesita la cuarta actualización de software de esta semana. Desde luego no quiero que una caída de Amazon Web Services me deje sin poder encender la calefacción o que las bombillas de casa necesiten conexión a la WiFi para encenderse. Una nevera con internet es como un rodaballo con bicicleta. Pero el rodaballo no le va a vender tus datos a empresas chinas con call centers en la República Dominicana para que estafen a tu abuela.
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