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Itxu Díaz

El problema de los Magos

La esperanza de los que añoramos las luces de los tiempos pretéritos es que los Reyes Magos aún son magos.

Pixabay/CC/geralt

No querría ser Rey Mago en 2026. La IA ha hecho que todos los trabajos sean más fáciles, menos el de Melchor, Gaspar y Baltasar. Les salva el hecho de que sean magos; a propósito, cuídense del ministro Óscar Puente (AKA Tecla Caliente), que ahora sabemos que les tiene inquina a los magos. Hasta hace unos años, hacer un regalo era algo sencillo y emocionante a la vez, pero hoy se ha convertido en una tortura. La ilusión y la emoción, en el tiempo de la recompensa inmediata, duran los mismos segundos en que una influencer enseña media teta en un reel de TikTok. Nada parece tener valor profundo ya, y es horrible, porque es solo una percepción de nuestros sentidos cansados de estímulos. Lo cierto es que las cosas en sí mismas tienen el mismo valor que tenían, y el amor que expresa un regalo sigue siendo un tesoro que nos excede, que no puede medirse.

Mi mejor amanecer de Reyes fue el de la mesa de ping-pong. Primero, porque era tan grande que apenas cabía en el salón, y después, porque no estaba en la carta. Fue una feliz sorpresa, una bola extra. Con emoción recuerdo también el año de la equipación completa del Real Madrid, el del telescopio astronómico y sus cartas y cuadernos de astronomía, el de aquel Cheminova con el que me quedé ciego unos segundos eternos por intentar emular al inventor de los tebeos, Eugenio Tarconi, y por supuesto, aquellos renovados Juegos Reunidos que nos tuvieron noches y noches sin dormir en maratones familiares inolvidables.

Pero sería injusto despreciar la intensidad emotiva de cualquier regalo de Reyes en los días de niñez. Desde el pijama hasta las botas de fútbol, desde aquel disco de Mikel Erentxun hasta las colonias, los libros de ornitología, el PC-Fútbol en cualquiera de sus versiones, y el reloj Casio que todos llevábamos en la muñeca entonces. Era la mágica espera hasta abrir un paquete más, y la contemplación de lo cosechado durante horas, escudriñando cada pequeño detalle, dejando en el tintero horas y horas en los días siguientes, tan solo destinadas al descubrimiento profundo de nuestras nuevas y pequeñas posesiones, que acumulábamos en la mesilla provisionalmente, porque nos gustaba verlas una y otra vez.

Me dirás que nada de eso ha cambiado hoy. Y es cierto en espíritu, pero no en la práctica. No creo que el problema sea, por mucho que se diga, que ahora los niños tengan de todo. A fin de cuentas, "tener de todo" es imposible para la ambición y los sueños de cualquier niño no contaminado por el desprecio al valor de las cosas. El enemigo de los Reyes Magos es la capacidad de asombro, de contemplación, la manera en que los niños fracasan una y otra vez al tratar de mantener su atención en algo durante más de unos segundos. Y lo justo es decir es que, si fracasan los niños, es porque antes hemos fracasado los mayores.

Me asombra la cantidad de adultos, que de niños fueron buenos lectores, que hoy confiesan sin rubor que a día de hoy no tienen paciencia para leer un libro entero, o para ver una película completa, o incluso para ver un partido de fútbol en su totalidad. Supongo que tampoco tienen paciencia para sentarse a celebrar una comida familiar, o para asistir a un coloquio, para escuchar el drama de un amigo, o para ver un concierto íntegramente. Sé que la psicología tiene cosas que decir al respecto, pero tengo para mí desde hace ya tiempo, que cuando un asunto psicológico excede la individualidad y se convierte en una plaga que afecta a la mayoría de la población, deja de ser materia para psicología y se sitúa en un asunto para la sociología, mi terreno, o incluso para la atención veterinaria que, por periodista, también es mi terreno.

Nos quedan años, más bien siglos, para conocer en profundidad el modo en que la histeria tiktokera y sus iguales han modificado nuestro modo de afrontar la vida, de interactuar con el mundo y con los demás y, sobre todo, para descubrir si eso ha cambiado la disposición de nuestro cerebro. Mientras no pasa ese tiempo, una simple observación a nuestra propia vida y a la de los que tenemos cerca nos sirve para sacar conclusiones, tan precipitadas como inexcusables: hemos cambiado la belleza por la histeria, el placer de una emoción sostenida por el subidón de una recompensa inmediata, la amistad verdadera por un cruce compulsivo de emoticonos, y la capacidad de asombrarnos ante la gran institución afectiva del regalo por una pasada de dedo displicente sobre el reel de la vida misma.

La esperanza de los que añoramos las luces de los tiempos pretéritos es que los Reyes Magos aún son magos. De modo que estoy seguro de que ellos, con mayor o menor dificultad, sí sabrán superar estos escollos que todos nos encontramos al hacer cualquier regalo hoy a un niño. Sabrán encontrar la vena de la ilusión, atraer la magia hacia el paquete forrado de estrellas y lunas, y lograr que el mundo alrededor del crío de ojos brillantes se detenga, para que puedan disfrutar de esa minúscula e inolvidable belleza familiar que otros, en otro pliegue del almanaque, tuvimos ocasión de vivir en las Noches de Reyes que todavía hoy ennoblecen nuestra memoria de niñez.

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