
Las matemáticas pueden ser crueles. Por lo que tienen de ciencia exacta. Hace unas semanas, la progresía catalana se estremeció porque el alcalde de Badalona, el popular Xavier Garcia Albiol, cumplió su promesa de desalojar un antiguo instituto municipal degradado y ocupado, que llegó a albergar a 400 personas sin hogar, unas más irregulares que otras, pero todas disruptivas para la ciudad. Ninguno de los críticos del desalojo había movido un dedo durante dos años para arreglar aquello o para dignificar las condiciones de vida de esas personas, que las que de verdad querían ayuda solo la han obtenido de Cáritas, la Fundació Arrels y otras entidades privadas. Bueno, llega la ola de frío polar y aparecen cinco cadáveres en la calle. Uno en la Badalona de Albiol. Cuatro en la Barcelona gobernada por el socialista Jaume Collboni. Donde por cierto hace años que duermen al raso, todas las noches, casi 2.000 almas. Eso son cinco veces los desalojados en Badalona.
No se pierdan además el exquisito "protocolo especial contra el frío" de la capital catalana: solo se activa cuando la temperatura baja de los 0 grados, algo que en Barcelona sucede muy raramente, y que por supuesto no se sabe si va a ocurrir hasta el último momento. Es decir, que el protocolito se activa tarde, mal y para salvar la cara. Luego se escudan en que ni siquiera se ocuparon todas las plazas "especiales" puestas a disposición de los sin techo, que no suelen tener wifi ni acceso constante a las noticias. ¿Cómo se van a enterar de la "generosidad" de ese Ayuntamiento tan de izquierdas que, atención, suspendió el último recuento de gente durmiendo en las calles inmediatamente antes de las últimas elecciones municipales? ¿Por qué creen que tomarían esa transparente medida?
Con izquierdas así, admiradoras de Hamas y de Nicolás Maduro, ¿quién necesita ultraderecha? Hay que tener la cara muy dura para llamar facha a todo hijo de vecino y luego hacer estas cosas. Usar a los sin techo como arma arrojadiza política, pero en la práctica importándoles un bledo si viven o mueren de frío en pleno invierno. Como importó un bledo si el pasado verano moría de calor una barrendera en precario cuyas condiciones de trabajo a pleno sol, con un uniforme totalmente inadecuado para las altísimas temperaturas, eran un tormento. Los más progres de nuestros munícipes habían externalizado el servicio municipal de limpieza de Barcelona. Y se habían preocupado tan poco de controlar su seguridad como las autoridades suizas de inspeccionar si era o no era ignífuga la insonorización del techo del bar donde prendieron las bengalas de la muerte.
Las tragedias imprevistas suceden. Pero los servidores públicos cobran la pasta que cobran para hacer todo lo humanamente posible para prevenirlas. Y si fallan, para dar la cara y explicarlo. Para explicar cómo se puede pretender tener el monopolio de la justicia social, en teoría, cuando en la práctica los que duermen en la calle y los que en ella mueren de frío se te multiplican por cuatro o por cinco. ¿No saben contar o quieren que nosotros nos olvidemos de hacerlo?
