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El submarino ruso

Si a Putin se le hace frente con la fuerza necesaria, recula. No podemos llamarnos a engaño sobre cuáles son las nuevas reglas del juego. Debemos armarnos. Pronto y mucho.

Si a Putin se le hace frente con la fuerza necesaria, recula. No podemos llamarnos a engaño sobre cuáles son las nuevas reglas del juego.  Debemos armarnos. Pronto y mucho.
Imagen del Mando Europeo de los Estados Unidos en el momento de la interceptación del "Marinera". | EFE

La captura del petrolero Bella 1, de bandera guyanesa, es un llamativo episodio que recuerda a los que protagonizaron las armadas estadounidense y soviética cuando jugaban al gato y al ratón en las heladas aguas del Atlántico Norte. El buque, perteneciente a la flota fantasma rusa y dedicado a llevar crudo de países productores sancionados (Rusia, Irán o Venezuela) a otros que, a cambio de no respetar las sanciones, compran barato (China), salió de Irán. Descargó su carga prohibida en Omán y puso rumbo al Caribe para tomar puerto en Venezuela y cargar sus tanques. Antes de alcanzar su destino, se vio bloqueado por la armada norteamericana, que mantiene un férreo bloqueo al tráfico de petróleo venezolano. Sin embargo, el navío, a pesar de su tamaño y lentitud, se dio la vuelta y acertó a escabullirse. Se le perdió el rastro hasta que apareció entre Islandia y las Hébridas con un nuevo nombre, muy español, el de Marinera, y una nueva bandera, la rusa, ante cuyas autoridades había sido nuevamente registrado a media singladura.

La nueva nacionalidad tenía la obvia finalidad de disuadir a la armada norteamericana de capturar el barco, que a fin de cuentas volvía de vacío, seguramente rumbo a Murmansk, el puerto ruso en el Ártico, y ya no suponía peligro alguno para la eficacia del bloqueo. Pero, por si el abanderamiento no fuera suficiente, el Kremlin envió un submarino que escoltara al petrolero. Sin embargo, ninguna de las dos cosas bastó para desanimar a Washington y, por si surgían problemas durante el abordaje, llegaron diversos aviones desde Reino Unido e Islandia. Entre ellos, un P-8, una aeronave de aspecto inofensivo, porque es básicamente un Boeing 737 como los que utilizan tantas líneas aéreas, pero que carece de ventanillas y va armado, entre otras cosas, de torpedos con los que hundir submarinos. Otros aviones que allí se presentaron fueron unos enormes A-130 que recuerdan al muy lento Hércules C-130 de transporte, del que emplean su base, pero que en este caso están equipados con armamento pesado. La presencia de ambos sugiere la intención de mantener a raya al submarino ruso en el caso de que se hubiera propuesto impedir el abordaje.

Se dice que el submarino estaba de camino y no llegó a tiempo de proteger al mercante ruso. O quizá, prefirió no intervenir por no provocar un choque entre las dos armadas, que habría podido conducir a una peligrosísima escalada. Sea como fuere, y pese a las protestas diplomáticas del Kremlin, los dos rivales jugaron fuerte, subiendo una y otra vez la apuesta, hasta que quienes se arrugaron fueron los rusos.

El incidente demuestra dos cosas. La primera es que Trump está decidido a ejecutar el embargo del petróleo venezolano hasta sus últimas consecuencias, de forma que los hermanos Rodríguez se convenzan de que no tienen otra salida que, al menos en lo que al petróleo se refiere, hacer lo que Washington diga si desean tener ingresos por esa vía. La segunda es que, si a Putin se le hace frente con la fuerza necesaria, recula. Por lo tanto, con independencia de juicios morales, no podemos llamarnos a engaño sobre cuáles son las nuevas reglas del juego. Y la lección a extraer es que debemos armarnos. Pronto y mucho.

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