
Tras leer un artículo en el Washington Post sobre George Borjas, un profesor de Harvard cubano-americano y gran experto en inmigración, y su influencia en las políticas migratorias del presidente estadounidense, me he puesto a investigar sobre otras fuentes intelectuales del líder político, que no destaca precisamente por su dimensión filosófica, en las cuestiones claves del siglo XXI: inmigración, comercio y guerra.
Más bien del estilo de Nixon que de Marco Aurelio, Trump, sin embargo, tiene un equipo de asesores intelectuales a años luz de cualquier otro mandatario, con la peculiaridad, eso sí, de que aunque son considerados los mejores en su campo, sin embargo, están más bien en el terreno de la disidencia respecto al consenso académico. Que es como tener de consejero a Hayek en tiempos dominados por Keynes.
En este segundo mandato de Donald Trump, el presidente ha demostrado una capacidad notable para traducir sus instintos populistas en políticas concretas, especialmente en inmigración, comercio y el desmantelamiento del "estado administrativo". Aunque Trump no es un lector voraz de tratados filosóficos, su administración ha sido moldeada por un ecosistema de pensadores, académicos y estrategas que le proporcionan la munición ideológica. Estos "susurradores" intelectuales —desde economistas empíricos hasta filósofos posliberales— han encontrado en Trump el vehículo para ideas que, durante décadas, permanecieron en los márgenes del conservadurismo estadounidense.
En el corazón de las políticas migratorias más duras del mandato destaca George Borjas, el economista cubano-estadounidense de Harvard que pionero en el estudio de los impactos negativos de la inmigración en los salarios de los trabajadores nativos de baja cualificación. Borjas ha proporcionado el respaldo académico para reformas como el aumento drástico de tarifas en visas H-1B (hasta 100.000 dólares) y el endurecimiento general de la inmigración. Su investigación, citada por Trump, argumenta que la llegada masiva de inmigrantes de bajo nivel educativo perjudica especialmente a los afroamericanos y a la clase trabajadora pobre. Aunque controvertida y disputada por otros expertos, esta línea de pensamiento tiene un gran prestigio académico y ha sido clave en la campaña de deportaciones masivas y restricciones laborales del segundo mandato.
Más allá de la economía, el trumpismo actual bebe de corrientes paleoconservadoras y nacionalistas. Patrick Buchanan, el precursor del "America First" en los años 90, sigue siendo una figura tutelar. Sus críticas al multiculturalismo, al libre comercio y a la inmigración masiva anticiparon el proteccionismo y el aislacionismo que definen la política comercial y exterior de Trump. Buchanan ve en el presidente la realización de su visión nacionalista.
En el plano filosófico, el Claremont Institute emerge como el principal motor intelectual. Este think tank californiano, influido por los discípulos del filósofo alemán conservador Leo Strauss (como Harry Jaffa), defiende un excepcionalismo americano basado en derechos naturales y rechaza el relativismo moral del progresismo. Figuras como Charles Kesler (editor del Claremont Review of Books) y Michael Anton han justificado el poder ejecutivo fuerte y la lucha contra el "deep state" (los funcionarios que controlarían bajo cuerda el Estado de Derecho desde la burocracia). El instituto, que en 2016 publicó el famoso ensayo The Flight 93 Election, ha pasado de ser un centro académico conservador a un pilar político del trumpismo, con conexiones directas en la administración.
Otros pensadores posliberales refuerzan esta visión autoritaria. Yoram Hazony, filósofo israelí-estadounidense y promotor del nacionalismo conservador, defiende naciones soberanas contra el globalismo y ha organizado conferencias que reúnen a intelectuales alineados con Trump. Su libro The Virtue of Nationalism influye en el rechazo al multilateralismo y en la priorización de la identidad nacional. Patrick Deneen (autor de Why Liberalism Failed) y Adrian Vermeule (jurista de Harvard y defensor del integrismo católico) critican el liberalismo individualista desde una perspectiva posliberal, abogando por un estado fuerte que priorice el "bien común", la familia y la tradición. Sus ideas se traducen en políticas anti-"woke" y en la batalla cultural (abrazándose en una lucha ideológica con la izquierda gramsciana).
No se puede olvidar a Carl Schmitt, el teórico alemán del siglo XX conocido por su distinción amigo-enemigo y su concepto de soberanía, que inspira visiones de poder ejecutivo polarizado y sin trabas parlamentarias. Aunque no directamente citado, su influencia permea a través de los straussianos de Claremont. En el ámbito práctico, asesores como Stephen Miller (arquitecto de las políticas migratorias más radicales) y Steve Bannon (aunque postergado actualmente, como Elon Musk) actúan como puentes entre estas ideas y la ejecución diaria. Miller, en particular, ha sido descrito como el "ideólogo en jefe" del ala más dura, coordinando desde deportaciones hasta estrategias en Venezuela.
Este conjunto de influencias —económicas restrictivas, nacionalistas y posliberales— ha permitido a Trump pasar de un primer mandato caótico a uno más estructurado y efectivo. El Instituto Claremont y Project 2025 (con figuras como Russell Vought) han proporcionado el sello de eficiencia para consolidar el poder ejecutivo y desmantelar burocracias no solo ineficientes sinos sesgadas (aunque Elon Musk tuvo que rendirse en su propósito de adelgazar al gargantuesco Leviatán contemporáneo).
Este ecosistema intelectual supone un pendulazo respecto a las políticas multiculturalistas y "woke" de la izquierda obamita financiada por George Soros y sus think tank, así como el entramado económico-ideológico con centro en Bilderberg, todos ellos iliberales, sea por la derecha o la izquierda. En cualquier caso, y como sucedió con Obama –ese oso Lotso de la izquierda capaz de recibir el Premio Nobel de la Paz con una mano mientras asesinaba a sangre fría a Bin Laden con la otra– un giro hacia el autoritarismo, con ecos de Schmitt y un rechazo al liberalismo que sin duda erosionará las normas democráticas y el marco liberal de la economía y la política. En 2026, con elecciones en el horizonte, queda por ver si estas ideas "susurradas" se consolidan como legado duradero o si el pragmatismo instintivo de Trump las modera. Lo cierto es que, detrás del ruido de las redes y los mítines, un grupo de pensadores ha encontrado en Trump el instrumento para reescribir el conservadurismo estadounidense.
