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Carmelo Jordá

Irán y el mundo civilizado

Hay pocas situaciones en las que es tan evidente quiénes son los buenos, quiénes los malos y que los segundos están masacrando a los primeros.

Un puesto de la policía iraní quemado en Teherán durante una de las protestad en Irán. | Cordon Press

Llevo varios días hablando con expertos sobre Irán y, por supuesto, leyendo información variada sobre lo que está ocurriendo en ese país. Hay muchas noticias, sí, pero a pesar de ello la situación es muy confusa, aunque de algunas cosas sí podemos estar seguros: cientos de miles o millones de personas están saliendo a la calle contra el régimen de los ayatolás y la respuesta de estos está siendo brutal con multitud de detenidos, una cantidad incalculable de heridos y a estas alturas miles de muertos.

Lo demás sigue en el aire: no está claro que la dictadura pueda llegar a caer, no se sabe qué régimen podría haber en Irán si pasase tal cosa ni quién estaría al cargo, es imposible estar seguros de si habrá o no una intervención internacional y todavía es más difícil conjeturar en qué podría consistir en caso de producirse.

Mientras tanto, la gente sigue muriendo allí porque están pidiendo ser libres, poder expresar sus opiniones, no ser ciudadanas de segunda en el caso de las mujeres y librarse del asqueroso pañuelo que los clérigos chiíes les obligan a vestir.

Y a miles de kilómetros de allí, confortablemente instalados en nuestra Europa y very concerned por el derecho internacional en Venezuela o con el destino de los terroristas en Gaza los europeos nos limitamos a mirar de lejos cómo se masacra a los demócratas iraníes, sin preocuparnos demasiado y, por supuesto, sin hacer nada para evitarlo.

No estoy reclamando una intervención militar en el país persa, sobre todo porque no tengo nada claro que eso fuese a servir de algo, pero hay pocas situaciones en las que es tan evidente quiénes son los buenos, quiénes los malos y que los segundos están masacrando a los primeros.

Y mientras, los que nos llamamos a nosotros mismos el mundo civilizado –en el caso de España con un optimismo muy poco justificado nuestras alianzas internacionales– no hacemos nada.

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