Colabora
Emilio Campmany

Trump, Irán y nosotros

Lo bueno que tiene la España de Sánchez para aliados y enemigos, su previsibilidad, ya que, pase lo que pase, nunca hacemos nada.

El presidente estadounidense, Donald Trump. | EFE

Aunque la mayoría de los españoles no lo sepan, Irán es uno de nuestros aliados. Es la tercera pata (la segunda es Turquía) de la Alianza de Civilizaciones, aquella ocurrencia de Zapatero. La idea se transformó en programa de la ONU y allí sobrevive gracias al dinero de nuestros impuestos. Hoy lo dirige Miguel Ángel Moratinos, a quien le pagamos con largueza su trabajo en Nueva York. ¿Ha hecho algo la Alianza de Civilizaciones por el pueblo iraní, sublevado contra su tiránico gobierno teocrático? Nada, por supuesto. Aunque, para ser justos, también es nada lo que hizo cuando en junio Israel y Estados Unidos bombardearon las infraestructuras nucleares del pacífico régimen. Es lo bueno que tiene la España de Sánchez para aliados y enemigos, su previsibilidad, ya que, pase lo que pase, nunca hacemos nada.

Naturalmente, cuando los iraníes se sublevaron, no esperaron nada de nosotros, pero sí creyeron que recibirían la ayuda de Estados Unidos. Trump amenazó a los ayatolás con un infierno si acababan con la vida de más manifestantes. Los ropones no se conformaron con los centenares de muertos que sumaban cuando Trump profirió su advertencia y las víctimas pasaron a contarse por miles. Para justificar su inacción, el magnate se inventó unas ejecuciones que iban a tener lugar y que su intercesión logró que se suspendieran. En realidad, nada hubo que cancelar porque nada se programó. Y así, ante la indiferencia de Estados Unidos, de España y del mundo, las protestas se han ido apagando.

Se dirá que los aislacionistas que dominan hoy la Casa Blanca no quieren saber nada de intervenir fuera. Se sugerirá que derrocar al régimen conllevaba el riesgo de que el país se hundiera en el caos, que es el mismo argumento empleado para Venezuela. Se alegará que es necesario contar con la disidencia de un sector del régimen que pueda hacerse cargo del poder transitoriamente, que es lo que ha hecho Delcy Rodríguez. Son los mismos pretextos, en Caracas y en Teherán, para actuar como se hizo en el Caribe y para no hacerlo en el Golfo. Los Estados Unidos pudieron bombardear los cuarteles de los Cuerpos de la Guardia Republicana Islámica y esperar a que el ejército regular obedeciera la orden dada desde Washington por el hijo del sha y se hiciera con el poder, una vez que los ayatolás perdieran la protección de su fuerza de élite. O pudieron haber recurrido a cualquier otro plan de los que manejara el Pentágono. Pero no lo hicieron. Y no por el instinto aislacionista de Trump, ni por la aversión que este le tenga al neoconservadurismo que desencadenó en su día las guerras de Irak y Afganistán. Sino porque la actual situación es la ideal para la otra teocracia islámica, la suní de Arabia Saudita. Contra ella libra Irán una guerra por el liderazgo del islam, que es la razón misma de ser de la república islámica. Riad no quiere un Irán democrático, que sería quizá más fuerte que el actual teocrático, sobre todo si retorna la muy capaz diáspora iraní. Lo que Mohamed bin Salmán quiere es un Irán débil, que es a lo que lo ha reducido la política de los clérigos y el exilio de sus elementos más aptos. Y, si bin Salmán lo quiere, hay que necesariamente darle gusto, aquí y en Washington. Así que, de momento, el pueblo iraní no puede esperar nada de nosotros. Si quiere libertad, que se las apañe solo. Y Moratinos, a seguir dándose la gran vida en Manhattan.

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