
¡Ah, la Justicia! Esa bella abstracción de mármol que los nuevos comisarios de la virtud han decidido arrastrar por el fango de un "escrache" digital. Vaya por delante lo evidente: si un tribunal, uno de verdad, de los que exigen pruebas y no consignas, considerase a Don Julio Iglesias culpable de lo que se le acusa, que caiga sobre él, sin contemplaciones, todo el peso de la ley. Ni el lino ni el carisma eximen del Código Penal. Pero observen, mientras tanto, el panorama: el fragor de una asamblea de facultad en celo ideológico: una horda de inquisidores con jerseys de punto acrílico, gafas de pasta de diseño estatal y un resentimiento que exhala el vaho de un café recalentado de máquina. Están ahí. Señalan con el dedo índice trémulo hacia el horizonte; hacia ese punto del Atlántico donde el sol besa Indian Creek y Don Julio bebe un Kir Royal. Proclaman su culpabilidad y amasan sus acusaciones en el pecado original del carisma.
Contra Julio Iglesias se ha desempolvado el viejo libreto del esperpento contemporáneo para lanzar una ofensiva final. La acusación de abusos realizada por ex empleadas domésticas es el dardo perfecto. Un proyectil emponzoñado con la bilis de la cancelación. Buscan abatir al coloso allí donde más duele: el honor. Son los rostros de una farsa valleinclanesca donde la envidia se vuelve ley; personajes de un Callejón del Gato cuyos espejos cóncavos no devuelven la imagen de Don Julio, sino la de su propio resentimiento. A ojos de esta vanguardia de la amargura, Iglesias no es solo un cantante. Es una afrenta ideológica y biológica. Un outsider de la fealdad obligatoria. Es el delincuente perfecto: inalcanzable, rico, de derechas y, sobre todo, carente de ese miedo reverencial profesado por muchos ante la guillotina de la corrección política.
Los pequeños Robespierres de la pantalla táctil y las guardianas de la moral de garrafa parecen haber olvidado el único pilar que separa la civilización de la selva: el Onus Probandi. Sí, la carga de la prueba. Ese incómodo estorbo que exige que quien acusa, demuestre. Entre tanto emerge el barro del testimonio tardío, cocinado a fuego lento en los laboratorios de la narrativa progre, con más ingredientes de guion de Netflix que de sumario judicial. Es la farsa de declarar culpable a un hombre solo por no pedir perdón por su biografía. Han decidido que la "verdad" es lo que dictan sus sentimientos heridos, olvidando que la justicia es un arte de hechos y no un visado de buena conducta expedido por un comité de barrio con exceso de tiempo libre.
Es una sátira esperpéntica ver a estas figuras "sin sport ni esprit" linchando a Don Julio. Son personajes de retórica de manual y mirada vigilante, gentes que parecen haber sustituido la alegría de vivir por el celo del inquisidor de guardia. Como apuntaría Agustín de Foxá frente a la horda actual de la uniformidad, a estos jueces les falta ese aire de libertad y la chispa que separa a un hombre auténtico de un gestor de dogmas. Carecen de ingenio, de mundo y de esa pátina de quien ha recorrido la vida con elegancia natural. Don Julio lo ha hecho sin que se le mueva un solo milímetro el flequillo, erigiendo su figura como un monumento a la osadía frente a este neopuritanismo doctrinario que hoy pretende fiscalizar hasta el último de los deseos.
Iglesias representa todo lo que la izquierda rancia odia con intensidad teológica. Sus brigadas ven una agresión en un piropo, mientras aplauden a tiranos con chándal de tres rayas (un estilismo criminal que, curiosamente, nunca llega a los tribunales de la moda). Odian su éxito porque no es una concesión graciosa del Estado, sino un plebiscito mundial de discos vendidos en países que ellos ni siquiera saben situar en el mapa. Odian su riqueza porque no es culposa. Don Julio no se viste de pobre ni finge admirar la ugly fashion para parecer "pueblo". El Sr. Iglesias es la distinción, el fulgor, el glamour. Un mal absoluto para quienes la elegancia ha de suprimirse por Real Decreto y publicarse en el BOE para que todos seamos igual de grises.
Para las mentes cuadriculadas del feminismo de barricada, esas "feminazis" de retórica de hierro, Don Julio es el enemigo final. Ven en cada balada un microerotismo patriarcal de guerra, un símbolo del hombre que no ha sido "deconstruido" y no siente remordimiento alguno por ello. Iglesias representa la bofetada del dandi a la comisaria de género; el triunfo de quien prefiere el perfume al rencor. Ante su bronceado de otro mundo, las asambleas de rostro pálido se disuelven en un mar de contradicciones y bilis. Es el odio contra quien no necesita un manual de instrucciones para ser adorado. ¿Pruebas? ¿Para qué, si tienen dogmas y una conexión a internet?
En esta farsa, el acusado es culpable por definición, por poseer un jet privado y una sonrisa que pulveriza cualquier teoría sobre la "tristeza de clase". Fíjense en el detalle onomatopéyico de su éxito. El ¡zas! de un contrato millonario firmado en una servilleta de hilo. El glup de un vino de una extraordinaria cosecha bajando por una garganta de donde jamás ha salido una consigna sectaria. El clic de una cámara de fotos que le adora con la fidelidad de un perro de caza. Frente a eso, el ruido de la izquierda es un chas-chas de sandalias de cuero mal curtido. Un run-run de asamblea donde se decide quién es el siguiente en pasar por la guillotina social. Don Julio no encaja en su mundo cutre-gris. Él inventó el color coral y el azul marino de alta mar.
Es insoportable para la tropa progre que alguien pueda ser feliz, rico y de derechas sin que un rayo lo fulmine en el acto. No pueden perdonar a Don Julio que, mientras ellos intentan burocratizar el entusiasmo, él prefiera vivirlo por libre. Es el choque entre la mentalidad del censor y la libertad del artista; la rabia de quien necesita normas para todo frente a quien no necesita pedir perdón por disfrutar de la vida. Carecen de esa chispa, de ese esprit que convierte la existencia en una obra de arte, y por eso dedican sus horas a intentar emborronar la biografía ajena.
El «Caso Julio Iglesias» está visto para sentencia por este tribunal de inquisidores de lo cotidiano que confunden la justicia con la bilis. Se resuelve condenar a Don Julio a la Eternidad del Lino; se le prohíbe el uso de cualquier tejido sintético, obligándole a ser el espejo de una distinción que sus jueces son incapaces de emular ni con filtros de Instagram. Se le condena no por sus actos, sino por el desafío que supone su propia felicidad: la victoria del individuo libre frente al resentimiento de la masa reglamentada. Se le sentencia por poseer ese esprit en el alma y un sport en los andares que la izquierda confunde con el mal absoluto, simplemente porque la elegancia es un esfuerzo personal que no admite decreto.
Mientras el tribunal de la moralina redacta sentencias bajo luces de fluorescente que parpadean sobre cabezas calvas de ideas, Don Julio estará en su terraza de Punta Cana. Se subirá el cuello de la camisa blanca (¡blanco nuclear, blanco insultante!) y brindará con un Château Lafite por la salud de sus enemigos. Él ya lo sabe: es culpable a los ojos de la envidia; culpable de ser libre, de ser dueño de su destino y de ser inalcanzable para la mediocridad de quienes confunden vivir con legislar sobre la vida de los demás. Al final, la única verdad es que mientras ellos dictan leyes contra su leyenda, el mundo entero sigue tarareando sus canciones. Julio es el último caballero en una era de bufones resentidos. Ustedes tienen la ideología; él tiene la vida. ¡Y lo sabes!
