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Emilio Montilla

El tren fantasma

Que los servicios de emergencia no fueran conscientes de que había un segundo tren accidentado no es un fallo menor: es el síntoma más claro de que el Estado está en la UCI.

Imagen de este lunes del Alvia que circulaba en dirección Huelva tras el choque. | Guardia Civil

En los últimos días, distintos testimonios han confirmado que los heridos del tren Alvia, impactado por el Iryo tras el descarrilamiento, no comenzaron a recibir asistencia hasta una hora desde que se produjo el accidente. Una demora difícil de justificar en un país que presume de medios, protocolos y capacidad de respuesta.

Resulta casi propio de ciencia ficción que, en pleno siglo XXI, se hiciera a un maquinista de un tren Avlo detenido a dos kilómetros recorrer a pie la vía en mitad de la noche, linterna en mano, para comprobar qué había sucedido con el Alvia. Por más que nuestros responsables políticos estén intentando negar estos hechos, las evidencias son incontestables: múltiples miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad han afirmado que, inicialmente, sólo recibieron un aviso de un tren siniestrado. Supieron que había dos porque empezaron a encontrarse con pasajeros desorientados, heridos y caminando por la vía, afirmando que provenían "del otro tren".

Ese segundo tren fue, durante más de una hora, un tren fantasma. Invisible para el sistema, inexistente para la administración y abandonado a su suerte. Afortunadamente, dentro del horror, parece que no tenemos que lamentar muertes por ello, pues las autopsias de los 45 fallecidos han certificado que perecieron en el acto. No obstante, ¿cuántos heridos tendrán un peor pronóstico o desarrollarán secuelas de por vida por no ser atendidos en tiempo y forma?

Puestos a hablar de fantasmas, resulta llamativo que en estos días algunos dirigentes socialistas presuman del incremento del presupuesto destinado al mantenimiento de las vías. De forma interesada, analizan los datos en términos nominales, sin descontar la inflación, sin sumar el crecimiento del número de kilómetros y sin tener en cuenta el incremento de pasajeros.

Por el contrario, Santiago Calvo, Doctor en Economía por la Universidad Santiago de Compostela, ha evidenciado que, sumando todas estas variables, el gasto en mantenimiento es más bajo ahora que en el año 2013. Un dato que desmiente el relato oficial y que apunta directamente una infrafinanciación sostenida en el tiempo.

No es descabellado pensar que esta falta de mantenimiento guarde relación con el accidente. La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) ha emitido un informe preliminar en el que se señala la rotura en la vía como la causa más probable del descarrilamiento. La pregunta es inevitable: ¿cómo puede colapsar de este modo una infraestructura que apenas tenía ocho meses de antigüedad?

Lo más inquietante es que, según se puede inducir de los hallazgos del CIAF, el accidente pudo haber sido mucho más grave. Los investigadores han hallado marcas compatibles con una rotura de la vía en al menos tres trenes que pasaron por el mismo punto de Adamuz entre las 17:21 y las 19:09 horas.¿Cuántas miles de personas circularon por esa vía dañada durante ese intervalo? ¿A cuántos nos hicieron juzgarnos la vida? Yo mismo viajé en un tren que pasó por esa vía en ese lapso de tiempo.

Lo que podemos inferir por todo lo expuesto es que el fantasma es hoy el propio Estado, transformado por este Gobierno en una máquina voraz para recaudar y en una sombra cuando se le necesita, mientras nos exige cada vez más en nombre de unos supuestos servicios públicos que brillan por su ausencia cada vez que son necesarios. Sin embargo, un Estado que sólo aparece para cobrar y desaparece para proteger no es un Estado: es un fraude.

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