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Sánchez enmienda a Dios

Todo en Sánchez me recuerda a aquella escala del odio y sus formas que elaboró Josep Pla.

No hay nada más cursi en el mundo que un funeral laico. Si sabes que nunca vas a poder igualar la pompa, la ceremonia, y el conforto que ofrece a las familias una misa por el alma del difunto, lo razonable sería no intentarlo. Pero el laicismo que deificó la Razón nunca ha sido razonable. Celebran homenajes desoladores sin darse cuenta de que son tributos a los gobernantes que los convocan, únicos protagonistas del acto, que le roban además al fallecido hasta el beneficio de la duda sobre su vida eterna, y el consuelo de un reencuentro futuro a quienes le lloran.

Pudiendo copiar el espíritu eterno del Borgoña, la libertad de Houellebecq, o el honor de los vandeanos, Sánchez ha preferido plagiar –y mal- los siniestros ritos funerarios civiles franceses. Justo es decir que los laicistas del país vecino son pesadísimos y nada laicos, porque son más masones que el cordón del mandil que Conde-Pumpido. Pero los gobernantes laicistas de los funerales laicos de Estado en España son, además de eso, grotescos. España, una nación cocida a fuego lento en agua bendita durante siglos. Una iglesia en cada esquina. Con el récord del mundo de pecadores que portan con orgullo, aun así, su medallita del Rocío o su escapulario del Carmen bien cerca del corazón. España cultural, histórica, social y religiosamente religiosa. La España católica, al menos en los grandes ritos de paso: bautizo, comunión, funeral. La de la Navidad, el Camino de Santiago, Covadonga, y la Semana Santa. Y a esa España ha llegado Sánchez como nuevo afrancesado, a recitar poemas de Benedetti frente a un negro obelisco, en lugar de proclamar a San Pablo desde el santo ambón y su bellísima esperanza: "si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él".

Tenemos aún en la memoria el acto insoportablemente cursi con el que el Gobierno castigó en 2022 a las familias que habían perdido algún familiar por el coronavirus, cuando pretendió rendirles un homenaje que llamó "funeral de Estado"; como si se pudiera alcanzar el Paraíso llevando bajo el brazo una fotocopia compulsada de la declaración de Hacienda. Tal cosa consistió en sentar a familiares y políticos en círculo en torno a una plataforma cuadrada coronada por una llama. Entre el círculo, el cuadrado, y el maestro de ceremonias laicas, tan solo echamos de menos a unos animadores vestidos de escuadra bailando con otros vestidos de compás. Los reyes, es decir, los reyes católicos en minúscula, depositaron claveles blancos junto al pebetero, como si ahora fuéramos adoradores del fuego, lo que hizo la ceremonia aún más enloquecida y vergonzante, pero Sánchez disfruta como un psicópata haciendo morder el polvo a La Zarzuela.

Algo igualmente tétrico se vivió en el falso funeral de Estado por las víctimas de la dana. Una vez más, sin preguntar a las familias si deseaban un acto religioso o un circo romano, cientos de personas fueron sentadas alrededor de una plataforma negra con tres escalones, sobre la que se depositó un clavel por cada víctima. Hubo testimonios de los allegados y, sobre todo, muchos gritos contra Mazón, que era todo lo que buscaba el Gobierno. Merecidos o no los improperios, tal vez no era el lugar, pero se empieza festejando un circo de Estado, y se acaba aplaudiendo el sacrificio de Mazón en el centro de la plaza; nos queda la duda de si Sánchez blandió su pulgar hacia abajo.

Todo en Sánchez me recuerda a aquella escala del odio y sus formas que elaboró Josep Pla, en la que los políticos ocupan el penúltimo puesto, porque están "obligados a no sentir odio" por "razones profesionales". "Lo que sienten", escribe, "con intenso placer, los políticos, es el desprecio –que es sinónimo de olvido. El odio es insoluble. El desprecio es gaseoso y se volatiliza". No sé si odia, pero sí sé que Sánchez desprecia profundamente a España, a los españoles y, en consecuencia, a todos sus símbolos.

El presidente del Gobierno insiste ahora en celebrar un acto aconfesional en homenaje a las víctimas de Adamuz. Los incautos de guardia creen que se trata de una forma de coherencia con su manera de pensar, como si Sánchez tuviera algo como "forma de pensar". La realidad es más simple. La organización de un "funeral laico" recae por completo en las manos del Gobierno. En una ceremonia religiosa hay un montón de aspectos que escapan al control de los políticos, empezando por el mismo Dios, que de algún modo está presente y va por libre, continuando por la homilía, peligrosísima si el cura improvisa sin consultar antes a los fontaneros de La Moncloa, y culminando por la acción del Espíritu Santo, que además es un legendario anticomunista, y que en Pentecostés no incluyó el catalán en la milagrosa hazaña en que los apóstoles se pasaron de una vez todas las pantallas de Duolingo.

En definitiva, son dos las razones fundamentales por las que Sánchez, el ser menos empático sobre la faz de la tierra, niega a los familiares de las víctimas y a todos los españoles un verdadero funeral de Estado, con su "descanse en paz", su crucifijo, su féretro cubierto de flores, sus reyes arrodillados rezando por el alma de los difuntos. La primera, que es un hortera enciclopédico, o sea, que su rictus ilustra la entrada del término en la enciclopedia; y la segunda, que de pura inseguridad, tiene un miedo horrible a todo aquello que no esté bajo su control. Quizá haya una tercera razón, pero esto es solo intuición de columnista, y es que no acaba de sentirse cómodo en un lugar donde los mayores honores los recibe Dios y no Su Persona.

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