Benditos capitalistas de izquierdas
Los propietarios de Tipos Infames se veían a sí mismos como los benditos resistentes Rimbaud y Guy Debord enmendando la plana desde Malasaña a los putos capitalistas de Wall Street
Los propietarios de la librería madrileña Tipos Infames han anunciado el cierre de la misma en el barrio de Malasaña y han denunciado que la culpa no la tiene la gentrificación de la zona, sino "el puto capitalismo". Lo relevante de este caso no es que los anticapitalistas se quejen del capitalismo sino que el capitalismo ha demostrado una vez más una capacidad extraordinaria para absorber y neutralizar a sus críticos más feroces. Como cuando la dogmática comisaria soviética interpretada por Greta Garbo en Ninotchka terminaba cayendo rendida al champagne y los sombreros parisinos. Quienes defendían la transformación radical del sistema económico en su juventud terminan, décadas después, reproduciendo exactamente las lógicas que decían combatir. Este fenómeno no es accidental, sino que representa una de las dinámicas más efectivas para la perpetuación del capitalismo.
La transformación generacional que se ha producido en mi círculo social, con los rojos revolucionarios de ayer reconvertidos en los fachas multipropietarios de hoy que llevan a sus hijos a colegios privados religiosos, ilustra un patrón ampliamente documentado. Orson Welles se burlaba del mundillo progre de Hollywood en su época porque sabía que no sacrificarían sus piscinas en el altar de sus ideales. Si viese ahora a los Leonardo DiCaprio, George Clooney y compañía… Los jóvenes anticapitalistas de los años 80 y 90 se convirtieron en propietarios de viviendas, inversores en fondos de pensiones ("éticos" y "ecologistas", por supuesto) y defensores de la meritocracia (no hay mayor mérito, sostienen, que vivir de una subvención, una cuota de género y el victimismo perenne). Aquellos que criticaban la especulación inmobiliaria ahora se benefician de la revalorización de sus propiedades. Los que denunciaban la explotación laboral ahora presionan por salarios más altos dentro del mismo marco competitivo. Los que rechazaban el parasitismo económico ahora viven de rentas, justificándolo como fruto de su esfuerzo individual. Jeff Bezos y Elon Musk son peores que Hitler, sostienen, mientras echan la Primitiva, la Quiniela y hasta el Lototurf soñando con hacerse ultracapitalistas como Amancio Ortega y Juan Roig pero sin crear un solo puesto de trabajo (aunque en el fondo les dolería como a todo hijo de vecino dar la mitad de los premios en los sorteos a Hacienda).
Esta cooptación opera mediante varios mecanismos. Primero, la integración económica, ya que el acceso a la propiedad, la estabilidad laboral y formas varias de acumulación de capital generan intereses materiales concretos que alinean a los antiguos críticos con la preservación del sistema. Segundo, la profesionalización del discurso progresista, con las luchas anticapitalistas transformándose en carreras en ONGs, consultoría de sostenibilidad o gestión de políticas públicas que administran, pero no cuestionan, las relaciones de producción fundamentales. Tercero, el desplazamiento retórico que lleva a que la crítica al capitalismo se sustituya por demandas de "capitalismo responsable", "economía circular" o "inversión con impacto social".
El resultado es una izquierda domesticada que funciona como válvula de escape del sistema. Canaliza la indignación hacia reformas cosméticas mientras preserva intactas las estructuras de acumulación y desigualdad. Los ahora capitalistas de izquierda mantienen una identidad progresista y un estatus ético autocomplaciente basado en un presunto consumo ético, una publicitada filantropía selectiva y un estentóreo apoyo discursivo a causas sociales, todo ello compatible con la maximización de su patrimonio personal.
La queja por los impuestos es particularmente reveladora, mostrando cómo la integración económica reordena las prioridades políticas. Lo que comenzó como solidaridad redistributiva termina como defensa del interés propio disfrazada de eficiencia económica. La presión por ganar más ya no se enmarca en términos de justicia laboral colectiva, sino de aspiración individual dentro de jerarquías aceptadas. Este proceso no refleja la habitual hipocresía moral individual, sino el paradójico triunfo estructural del capitalismo por su capacidad para convertir el antagonismo en funcionalidad, la rebeldía en emprendimiento, y la crítica radical en gestión progre del status quo.
Los propietarios de Tipos Infames se veían a sí mismos como los benditos resistentes Rimbaud y Guy Debord enmendando la plana desde Malasaña a los putos capitalistas de Wall Street y levantando la ceja ante los Premios Planeta. En serio se pensaban que estaban reproduciendo la Comuna de París de 1871 entre capuchinos, té matcha y cerveza artesanal (vade retro, Coca Cola). Pero en su caso "librería de autor" significa que trataban de imponer un tipo de libro más "de culto" que culto, y de ideología "progresista". Ahora cierran no por el puto capitalismo sino porque pretenden vender solo a un tipo de público, aquellos que tienen sus mismos gustos literarios y, sobre todo, orientación política de izquierdas. El problema de estos tipos infames, dicho sea sin ánimo peyorativo, no es el puto capitalismo sino que sus benditos camaradas prefieren comprar en Amazon o descargarse los libros de manera pirata porque, después de todo, nada más "progresista" que no creer en los derechos de propiedad intelectual y socializar la cultura, por supuesto, gratis. De todas formas, lo único peor que comenzar algo y fracasar es no comenzar nada. Esto no lo dijo el comunista Gramsci, sino el muy capitalista y emprendedor Seth Godin, pero les debería servir a los emprendedores de Tipos infames para estar orgullosos de su empresa y darles fuerza para crear otra. Quién sabe si crearán el próximo Amazon al que quizás llamen putoscapitalistas.com
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