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Anna Grau

Menos chuparse el dedo ante la ultraizquierda

¿De verdad alguien cree que es casualidad que el nuevo niño bonito de la "literatura comprometida de izquierdas", David Uclés, decidiera tirarse del cartel como y cuando se ha tirado?

El académico de la RAE Arturo Pérez-Reverte. | Cordon Press

Sinceramente creo que no se entiende que a la ultraderecha no se le pase ni una, pero con la ultraizquierda no se atreva nadie, o casi nadie. En este país todavía da mucho miedo que te llamen "facha" si denuncias ciertas cosas o les das la gravedad que tienen. Por ejemplo, la reciente vandalización de varias tumbas en el cementerio judío de Les Corts, en Barcelona. Eso ha sido un acto antisemita infame. Y cobarde. Porque han tirado la piedra y han escondido la mano. Porque hacen como que lo lamentan políticos sin escrúpulos y periodistas a demanda que han creado afanosamente el caldo de cultivo propicio a que eso pudiera suceder. Porque no se puede mentir tanto sobre Israel y los judíos mientras se calla sobre los crímenes de Hamas o sobre las atroces violaciones de derechos humanos en Venezuela y en Irán. No vale inventarse "genocidios" y "flotillas humanitarias" -pagadas con nuestros impuestos- y luego extrañarse de que pasen estas cosas. ¿Pero no era ese precisamente el objetivo, que pasaran?

No me cansaré de decirlo: no tenemos tanto un problema de antisemitismo como de ultraizquierdismo encabronado que ha elegido a Israel como saco de boxeo. No es idealismo, no es ni siquiera ideología. Es dictadura prêt-à-porter. Es cancelación, cuando no destrucción, a cara descubierta cuando se sienten fuertes. Más sibilina y sinuosa cuando interesa ponerse de perfil.

Otro ejemplo de lo último sería este lío que se ha montado con las jornadas sobre la guerra civil española organizadas por Arturo Pérez-Reverte. ¿De verdad alguien cree que es casualidad que el nuevo niño bonito de la "literatura comprometida de izquierdas", David Uclés, decidiera tirarse del cartel como y cuando se ha tirado? No he leído nada de Uclés, no puedo juzgar sus méritos o deméritos como escritor. Pero creo que el nombre de David le viene grande. Debería llamarse Goliat. Porque, escriba mejor o peor -algo que, insisto, yo desconozco-, es obvio que ha decidido basar su éxito en arrimarse a los más fuertes. A los que tienen la sartén de la cancelación cultural por el mango.

Me aseguró una vez hace años alguien bien informado que, de Despeñaperros para abajo, no se movía una beca ni un premio literario que no contara con el nihil obstat de Luis García Montero y la difunta Almudena Grandes. A los que sí he leído, sobre todo a ella, que siempre he dicho que como escritora me encanta. Que escribía como un cañón. Por eso mismo me dolió más oírle decir la última vez que la vi en persona, siendo ya su marido director del Instituto Cervantes, que nada más entrar en la institución tuvo que hacer una buena "limpia" porque aquello estaba "lleno de fachas". Así, sin anestesia. Nadie de los presentes se atrevió a toser. Ni yo, por miedo a poner en un compromiso a la persona que me había invitado.

Arturo Pérez-Reverte, que no se corta ni con un hacha, no ha sido tímido expresando sus opiniones sobre el KGB cultural de Luis García Montero, al que acusa de querer hacer con la RAE lo mismo que Putin con Ucrania. Pues si quedaba alguna duda, fíjense: mandan al niño de las casas vacías por delante, de falso espontáneo, y luego sacan la artillería para bombardearle las jornadas. Supongo que si Pérez-Reverte fuera menos Pérez-Reverte, ya estaría tirado en la cuneta de los impublicables e innombrables. Como Lucía Etxebarria, como Lidia Falcón... como cualquiera que se haya atrevido a enfrentarse a esta gente. Incluso como mi ex, Fernando Sánchez Dragó. Un día que tenga tiempo y ganas les contaré algunas cosas curiosas que me han pasado a raíz del libro que escribí sobre él.

Como Pérez-Reverte es mucho Pérez-Reverte, han optado por un ataque más oblicuo, más aparentemente desconcertado, pero en realidad concertado al milímetro. Un tirar la piedra y esconder la mano, como la profanación de las tumbas judías de Barcelona.

En fin, no sé qué más tiene que suceder para que nos demos cuenta del peligro. En este país la cultura cada vez es más débil porque cada vez es más dependiente de la subvención y/o cancelación política. Porque para ganar ciertos premios, aparecer en ciertos suplementos literarios y en ciertos programas de televisión, hay que "hacer bondad". Por convicción o por cochino interés, que eso a los que mandan les da igual. A quien no nos debería dar igual es a los que creemos que un pueblo que renuncia a escribir y a leer sin censura está condenado a mucho más que a cien años de soledad. Está metido hasta el cuello en una guerra civil perpetua.

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