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Santiago Navajas

La ministra perrea

Los progres están que lo flipan con Bad Bunny porque es antiTrump.

La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y portavoz del Gobierno, Elma Saiz durante la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Ministros, este martes en el Palacio de La Moncloa. EFE/ Kiko Huesca | EFE

Gran parte de los "latinos" famosos en EE.UU., como Pedro Pascal, se han posicionado duramente contra Donald Trump por sus políticas migratorias, pero no dijeron ni mu cuando Obama y Biden hacían lo mismo o más. Tampoco se han referido a las dictaduras de izquierdas que han asolado Hispanoamérica en los últimos 100 años, de Fidel Castro y su hermano Raúl Castro a Hugo Chávez, pasando por Perón, Nicolás Maduro y Daniel Ortega. La vara moral parece calibrarse no en función de los hechos, sino de la conveniencia ideológica. Una pose cómoda, rentable y perfectamente sincronizada con el clima cultural dominante.

Uno de los "latinos" más feroces críticos de Trump, Bad Bunny, comparte con él más de lo que probablemente le gustaría admitir. El reguetón ha batido récords en la cosificación sexual. No hablamos aquí de moralinas victorianas, sino de un hecho difícilmente discutible y es que las letras regatoneras suelen reducir a las mujeres a ser muñecas hinchables, manoseables, cuando no directamente víctimas del maltrato. Lo fascinante no es tanto la vulgaridad —la cultura popular siempre ha tenido sus excesos— como el doble rasero con el que se juzga. El ego sin freno, la reducción del otro a objeto y el culto a la grosería como forma de autenticidad se aplaude en Bad Bunny, pero se critica en Bad President.

Como muestra, un botón. La canción Gently, del afroamericano Drake pero interpretada al alimón con el moreno Bad Bunny, podría ser de ese otro gran malote, el naranja Donald Trump. Como decía, el reguetón ha batido todos los récords de letras cosificadoras de las mujeres, reducidas a culos hipertrofiados moviéndose como lavadoras centrifugando a un nivel que ni Trump se atrevería. Pero ahí está la progresía habitual riéndole las gracietas sexualizadoras al cantante, por llamarlo de algún modo, puertorriqueño. Habrá quien lo haya comparado con Catulo, con Quevedo (el poeta, no el rapero, por si me lee alguien del siglo XXI), con Bukowski. Juzguen ustedes mismos:

"Estoy harto de to'l mundo, meno' de ese toto, de ese toto, je
Meno' de ese toto, de ese toto, je, ey
Botella de champaña yo las descorché
Me puse bellaco cuando la escuché
Decirme 'Papi' adentro 'e la Porsche
Fuck, mami, holy shit
Qué rico tú chinga', je
Las boris me piden bicho, las cubana' quieren pinga
'Fuck me so good', me dice la gringa
Mami, te pasaste, ey"

Aquello que en otros contextos sería denunciado como intolerable, aquí se celebra como transgresión festiva. La progresía habitual, tan vigilante en otras trincheras simbólicas, ríe las gracias sexualizadoras del ídolo urbano sin mayor incomodidad. La indignación, al parecer, también tiene ideología.

Es revelador cómo estos populismos —político uno, cultural el otro— se alimentan dentro del mismo ecosistema. Demagogia emocional, simplificación extrema, culto al personaje y una relación casi litúrgica con sus audiencias. Urnas o estadios, da igual. Trump y Bad Bunny se retroalimentan en una dialéctica de demagogia, horteradas y chabacanería. No solo igualan en populismo político, sino que ambos bailan igualmente mal para satisfacción de sus fans que rellenan urnas y estadios. Es el triunfo de la Idiocracy, el mandato de los idiotas, la conjura de los necios, de la Casa Blanca a los Grammy. Y sin embargo ahí están, dominando el debate público, copando portadas y trending topics, mientras los argumentos se sustituyen por el espectáculo y la indignación selectiva campea a sus anchas. El problema no es solo Trump. No es solo Bad Bunny. Es el ecosistema que los produce y los consume, felices como cerdos en una cochiquera.

Los progres están que lo flipan con Bad Bunny porque es antiTrump. La ministra y portavoz socialista recomendó en rueda de prensa ver el show de Bad Bunny en la Super Bowl como "apunte cultural", que es como recomendar comida basura como "aporte gastronómico". Ya que la socialista considera que el reguetón es comparable a la ópera Ariadna y Barbe-Bleue, actualmente en el Teatro Real (un lugar que no sabrá ni dónde está), lo suyo es que se hubiese puesto a perrear tras la rueda de prensa. La "rebolusión" se hará a ritmo de "twerking" o no se hará:

Yo perreo sola (hmm, ey)
Yo perreo sola (perreo sola, ja, ja, mmh-mmh)
Yo perreo sola (ja, ja, mmh, ey)
Yo perreo sola (perreo sola)
Okay, okay, ey, ey, ey

Si Jorge Semprún y Ferlosio levantasen la cabeza… Pero ya que ahora somos todos "latinos", permítanme también un apunte cultural, aunque de diferente signo, y es que hagamos honor a nuestras más verdaderas y auténticas raíces "latinas" y nos pongamos con los libros de Carlos Rangel, Jorge Luis Borges, Vargas Llosa u Octavio Paz. Menos perrear y más leer, ministra.

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