Menú

En memoria de Francisco Tomás y Valiente

Jamás cedió en la defensa de la libertad ni cedió en la búsqueda de ese mundo no explorado del todo que llamamos Justicia. Por eso fue asesinado.

Jamás cedió en la defensa de la libertad ni cedió en la búsqueda de ese mundo no explorado del todo que llamamos Justicia. Por eso fue asesinado.
Francisco Tomás y Valiente | Tribunal Constitucional

Hoy se cumple el 30 aniversario del asesinato de Francisco Tomás y Valiente. Con este motivo escribo estos párrafos porque, lo mismo que su ausencia, el tiempo pasado también me parece mentira. Serán palabras nacidas de evocaciones, enseñanzas y emociones.

Recuerdo que el día del atentado me encontraba en el Consejo General del Poder Judicial. Estaba con Pascual Sala, el presidente, y otros vocales reunidos en su despacho. También que no pudimos dar por ciertas las noticias que nos llegaban. E incluso cuando desde el juzgado de guardia de la Audiencia Nacional nos lo confirmaron, yo insistí en no creérmelo porque, simplemente, me parecía que Francisco Tomás y Valiente no podía morir. Y menos como fue: a manos de un pistolero de ETA que se había colado en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. Luego, al cabo de no más de media hora, la mala noticia fue tomando cuerpo y el doloroso eco del atentado se alojó en miles de personas, empezando por sus alumnos, compañeros de universidad y juristas en general.

a-orillas-del-estado.jpeg

Francisco Tomás y Valiente, allá por los años sesenta, fue mi catedrático de Historia de Derecho en la Universidad de Salamanca. Sabio y riguroso en iguales proporciones. En testamento dejó un libro titulado A orillas del Estado y como él no pudo hacerlo, en su lugar y a modo de legado de parte alícuota, me lo dedicó su hijo Quico con esta sencilla y hermosa frase: "Los tres compartimos el mismo ideal".

A mí, Francisco Tomás y Valiente me recuerda al gran poeta alemán Heinrich Heine cuando decía, a la vez que lamentaba, que si había catedrales góticas era porque hubo un tiempo en el que los hombres tenían convicciones, mientras que hoy la gente no pasa de tener opiniones. Esta idea, nada exagerada, creo que es aplicable a quien fue el segundo presidente del Tribunal Constitucional, un hombre de sólidos e innegociables principios, casi lindante, en no pocos momentos y en algunas cuestiones, con la intransigencia. Francisco Tomás y Valiente era un hombre de valores forjados con tan buen material que no es de extrañar que durante el tiempo que lo presidió, el Tribunal Constitucional fuera una institución muy sólida.

La última vez que hablé con Francisco Tomás y Valiente fue el 12 de septiembre de 1989. Estábamos en la Sala de Plenos del Tribunal Supremo velando el féretro de Carmen Tagle, asesinada por los mismos que le mataron a él. Me dijo que la violencia suele cegarse con quienes hacen del Derecho y la Justicia su profesión y honor. Ese fue su caso. Jamás cedió en la defensa de la libertad ni cedió en la búsqueda de ese mundo no explorado del todo que llamamos Justicia. Por eso fue asesinado. Por ser honesto, por tener a la ley como instrumento de desarrollo personal y por ser leal al Estado y sus conciudadanos. Por eso, precisamente por eso, por su vida, por su obra y por su muerte, Francisco Tomás y Valiente, logró, como dirían los clásicos, la suma íntima, la fusión de dignidad, prestigio y respeto.

francisco-tomas-y-valiente-homenaje-tc.jpeg
Homenaje en el TC por el 30º aniversario del asesinato de Tomás y Valiente

Un buen amigo mío, versador por correspondencia, pero de muy hondo sentir, dice que una vida ejemplar honra y hace bella una muerte. Quizá en la reflexión haya más pasión que razón. Sin embargo, sea cual sea el alcance de la cita anónima, lo que sí me parece es que, en casos como el de Francisco Tomás y Valiente, la muerte no existe y que de existir, pues, al fin y al cabo, la muerte habita entre nosotros, para eso está la inmortalidad. Es más. Si como en la tesis anterior, también en ésta estuviese equivocado, entonces apelo al muy solvente aval de los poetas, de los vividores de utopías, de los artesanos de sueños para que lo hagan por mí como saben hacerlo. O sea, voceando, en silencio, que ninguno de aquellos servidores del Estado y amantes fieles del Derecho pueden morir porque siguen formando parte de nuestras vidas.

En fin. Hoy hace 30 años que Francisco Tomás y Valiente fue asesinado. La memoria –y lo dijo ayer El Rey Felipe VI en el homenaje que tuvo lugar en la Universidad Autónoma donde fue asesinado–, no es una forma de revancha, ni una lista inagotable de agravios, ni una rémora para el progreso. La memoria es un deber cívico. No podemos vivir, no podemos convivir, sin la memoria.

Quien esto escribe, mucho más modestamente, piensa que la muerte de Francisco Tomás y Valiente, su muerte, aquella muerte alevosa, no puede reducirse a algo tan simple como a un corazón que aquel 14 de febrero de 1996 dejó de latir. También es su obra, sus sentimientos, sus ideales, esos que nadan con elegante brazada en el corazón de los que verdaderamente le echamos de menos.

Temas

En España

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj