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Diego González

Con Mahoma no se atreven

La "libertad de ponerse el velo" es ridícula, porque no existe una presión social para no ponérselo, ni ningún hombre va a obligar a su mujer a quedarse en casa si se tapa la cabeza

Orriols quiere prohibir el velo islámico en Ripoll. | Europa Press

Ser español es un poco cansado. Durante ocho años de feminismo gubernamental, los partidos de izquierdas nos han hecho saber que hay determinadas prácticas que son de un machismo intolerable, bárbaro y medieval que los hombres deberíamos dejar de perpetrar para dejar de oprimir con nuestra testosterona a las mujeres. A saber: sentarse con las piernas excesivamente separadas (¡manspreading!), discutirle algo, lo que sea, a cualquier mujer en cualquier ámbito (¡mansplaining!) o que el camarero presuponga para quién es cada bebida si una pareja pide una Cocacola Light y una Mahou. Para esto último no se han inventado aún un anglicismo. Creo. Hay tanto machismo en la sociedad como granos de arena en el desierto, pero hay cierto sector que jamás ha merecido una reprimenda del feminismo oficial, no digamos ya una campaña pagada con fondos públicos, una parte de la población a la que se evita nombrar como si fueran Voldemort en Hogwarts. Los musulmanes.

La mayor parte de la izquierda basa sus razonamientos en la serie que está de moda, y por eso cuando ganó Trump en 2016 abundaron los comentarios que mencionaban El cuento de la criada como un futuro previsible. Ese futuro donde las mujeres son objetos decorativos sin agencia ya existe, pero bajo el islam. Es sabido que ciertas niñas de ciertos barrios de Barcelona cuando cumplen los once o doce años dejan de ir a las excursiones y a las extraescolares, y antes de los dieciséis desaparecen de la escuela para siempre. Los matrimonios forzados de menores y mayores de edad son conocidos y tolerados sin que ningún organismo feminista diga una sola palabra al respecto. Y a los valientes que se atreven a alzar la voz, se les castiga. No existe una investigación ni académica ni política acerca de las experiencias vitales de niñas y adolescentes musulmanas en España, porque el feminismo, cuando se aplica a gente cuyo origen está en algún punto entre Karachi y Casablanca, es racismo.

En España el uso del burka es inexistente, pero no así el del niqab, otra prisión de trapo que sólo se les impone a las mujeres. Es fácil encontrarse con ellos en algunos barrios de mayoría musulmana, y muy frecuente en Ceuta y Melilla. Si queremos ver el futuro, podemos mirar lo que está pasando fuera de nuestras fronteras, porque es exactamente lo que va a pasar aquí. En Sarajevo o Estambul el velo en general era muy poco frecuente hace década y media, y el niqab insólito. En las dos ciudades hoy la primera prenda es ubicua, y la segunda está normalizada. En todo el mundo se está produciendo un repliegue nacionalista, y el islam no es una excepción. Porque sí, la mayoría de los musulmanes anteponen su religión a su nacionalidad, asumámoslo. Dinamarca, Francia, Bélgica o Bulgaria ya han prohibido las prendas religiosas que tapen la cara, pero es que también están prohibidas en Marruecos, Túnez y Camerún, entre otros muchos países. Mientras tanto en España Patxi López, con la inteligencia y profundidad que le caracterizan, afirma que prohibir el burka podría violar la libertad religiosa, como si las mujeres que se tapan de la cabeza a los pies lo hicieran por su propia voluntad, porque aman vivir en una mazmorra de tela como expresión espiritual. Yolanda Díaz, otra intelectual de deslumbrante brillantez, defendió por su parte la constitucionalidad del burka. Los derechos fundamentales: vida, expresión, reunión y que tu marido te fuerce a ponerte un disfraz de cucaracha para que sepas quién manda. Pero el récord olímpico de estulticia lo estableció la tele de Pablo Iglesias, donde una "activista decolonial" (sinónimo de mujer con velo) explicó a la selecta audiencia de Canal Red que prohibir el burka es exactamente lo mismo que obligar a usar el burka. "No hay diferencia entre un Afganistán donde las mujeres tienen prohibido acceder a la educación por su género y un Madrid donde se prohíbe a las mujeres musulmanas acceder a sus aulas por su hijab". La cita es literal. Y se supone que tenemos que argumentar contra esto, como si las personas que lo defienden fueran seres humanos con capacidades cerebrales superiores.

El burka y el niqab sólo la parte más obviamente visible de un debate más profundo. La libertad consiste en poder quitarse el velo sin que tu padre, tu marido o tu hermano te apalee, y poder casarte con quien quieras, o con nadie, sin que te quemen viva o te tiren ácido a la cara. La "libertad de ponerse el velo" es ridícula, porque no existe una presión social para no ponérselo, ni ningún hombre va a obligar a su mujer a quedarse en casa si se tapa la cabeza. Pero al revés sí sucede. Tenemos un montón de leyes pensadas para una demografía que ya no existe, que responden a problemas que dejamos atrás hace décadas, y que se niega a reconocer los problemas que inevitablemente plantea la presencia de millones de personas nacidas fuera de nuestras fronteras, muchos de ellos venidos de cloacas tercermundistas con costumbres que resultarían aberrantes a nuestros tatarabuelos más cerriles. Hay, eso sí, un truco para saber hacia donde tirar cuando nos encontramos un dilema moral. Por ejemplo, los activistas plantean el escenario en el que se prohíbe el niqab y por tanto los musulmanes más radicales de nuestro país no dejan salir a la calle a sus mujeres y a sus hijas. El truco en estos casos consiste en preguntarse qué haríamos si no fueran musulmanes sino católicos. Y actuar en consecuencia.

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