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El mundo en que crecimos ya no existe

El mundo en que nacimos dejó de existir en algún punto de la última década; tenemos entradas de primera fila a un concierto de la orquesta del Titanic.

El mundo en que nacimos dejó de existir en algún punto de la última década; tenemos entradas de primera fila a un concierto de la orquesta del Titanic.
C.Jordá

Tenía quince años cuando las editoriales decidieron actualizar los libros de texto de la asignatura de geografía e incluir dos docenas de países nuevos en el atlas, que los alumnos de segundo de BUP nos tuvimos que aprender, junto con sus capitales y sus banderas, en los primeros meses del curso 1994-95. De Kirguistán a Bosnia y de Eslovaquia a Azerbaiyán, aquel alud de banderas y naciones fue el final de un largo proceso comenzado tras el final de la Segunda Guerra Mundial: la extinción de la URSS no fue más que el final de la descolonización, o uno de sus últimos capítulos. Al fin y al cabo, Rusia sigue siendo un imperio colonial, al que nadie llama así porque se beneficia de la contigüidad y de no ser parte de Occidente.

El desmoronamiento del imperio soviético también supuso la consolidación del modelo de relaciones internacionales salido de las ruinas de Hiroshima y Nagasaki. Estados Unidos como Hegemón, el Fin de la Historia, etcétera. Ese modelo se está agotando a ojos vista. Asumámoslo. Podemos bracear contra la corriente todo lo que queramos, pero la realidad es testaruda y además le dan igual nuestros sentimientos. El mundo en que nacimos dejó de existir en algún punto de la última década; tenemos entradas de primera fila a un concierto de la orquesta del Titanic.

Hay una diferencia crucial entre aquel fin de ciclo y este. La disolución de la URSS y el fin del comunismo en Europa supusieron la liberación de millones de personas, pueblos enteros que dejaron de estar sometidos a los delirios de burócratas de partido y a las teorías loquísimas de Marx. Fue un momento de optimismo, que para mí se simboliza en David Hasselhoff con una chaqueta luminosa cantando "Looking for freedom" subido a una grúa junto al muro de Berlín la nochevieja de 1989 mientras una miríada de alemanes borrachos le lanzan de todo. Es uno de los mejores vídeos de la historia.

Este final de ciclo tiene pinta de ir a ser más siniestro que aquel. Las guerras yugoslavas dejaron cien mil muertos y un puñado de heridas que no solo no han cicatrizado, sino que ni siquiera se han cerrado del todo. En todo el espacio ex soviético el trazado estalinista de las fronteras dejó un reguero de conflictos que siguen en muchos casos sin resolver, pero la sensación general a principios de los noventa era de optimismo. Eurodance, chándales fluorescentes, Friends, progreso, libertad. Y entonces llegó el 11-S.

En esta actualización del sistema los imperios quieren lo que consideran suyo. Que Rusia quiere la Europa que mantenía bajo el yugo comunista hasta 1989 es bastante obvio, como las intenciones poco amistosas de Pekín en Taiwán y en el Mar de China Meridional y los países que lo rodean. Que Estados Unidos se uniera a la fiesta no como garante de derechos de las democracias sino trayendo de vuelta la Doctrina Monroe ("This is OUR Hemisphere") y amenazando con aplicársela a Groenlandia no hace más que acelerar las cosas. Los tratados internacionales se van convirtiendo poco a poco en recomendaciones, sugerencias y finalmente en papel mojado.

Nos habíamos acostumbrado también a un mundo que crecía, con sus crisis y sus baches, algunos de ellos enormes, pero vamos encaminados al decrecentismo. Y no por la economía, sino por la demografía. Con la natalidad en Occidente muy por debajo de la tasa de reemplazo y la del resto del mundo cayendo en picado desde hace quince años, nuestro principal problema ya nunca va a ser la superpoblación. Tenemos sistemas sociales y económicos enteros construidos para demografías que ya no existen, y vamos a comprobar hasta qué punto es doloroso parir unos nuevos. Europa se avejenta y reclama savia joven fuera de sus fronteras, pero al precio de diluir sus propios ideales. Defender la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, la autonomía personal sobre la tribu y el imperio de la ley en un continente donde cada día es más grande el porcentaje de la población que cree que todas ellas son una herejía intolerable se hace más y más cuesta arriba. La democracia no funciona en Afganistán porque está lleno de afganos, no al revés.

Todos los grandes cambios tecnológicos han venido acompañados de violencia a escala planetaria. La industrialización hizo posible las carnicerías de 1914, la aviación, la producción en cadena y la energía nuclear posibilitaron las matanzas y genocidios de la primera mitad de los años 40. En un mundo de drones, inteligencia artificial y desinformación industrializada, ¿qué cabe esperar? La capacidad de vigilancia de nuestros estados democráticos haría salivar a cualquier chupatintas de la Stasi y la guerra ya no exige movilizar millones de personas para mantener un frente permanente. Por si fuera poco, la desconfianza, que tradicionalmente miraba hacia fuera, cada vez se enfoca más dentro de nuestras respectivas fronteras: La degradación de las instituciones es imparable, sobre todo porque se empeñan en hacer luz de gas a los ciudadanos. Después de que nos obligaran a llevar mascarillas hasta 2023, ¿quién se va a fiar de la opinión de un experto?

El futuro no está escrito y ninguna catástrofe es inevitable, pero cada vez es más complicado ignorar las señales. Nadie se imaginaba que el verano de 1914 sería el último de una época, y en julio de 1989 todo el mundo pensaba que el Muro duraría cien años más, como decían sus defensores. Pero nada es para siempre. Este final de ciclo seguramente sea más largo, más áspero y más oscuro que aquel de finales de principios de los noventa. Quizá lo más inquietante es que tal vez no haya un momento fronterizo entre el antes y el después, solo una sucesión de crisis, cada una peor que la anterior, hasta que ya sea innegable que el mundo en el que crecimos, con todos sus muchos defectos, es historia.

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