Ha muerto el ayatolá Foucault
Ha muerto el ayatolá Jamenei. Que el pueblo iraní encuentre por fin el camino hacia una república que no lleve el adjetivo de islámica como prefijo inevitable
Ha muerto el ayatolá Jamenei bajo las bombas de Trump y Netanyahu. Pero también ha caído, con el fascista islámico de Teherán, Michel Foucault, el ayatolá filosófico que de París a Harvard proyectó un califato de rencor ideológico contra Occidente y la Ilustración.
El Foucault de carne y hueso murió de sida en 1984, en París, en la misma ciudad donde dos años antes había negado que el régimen que hoy perece bajo las bombas fuese una teocracia represora. El mismo Foucault que afirmaba que Jomeini era un liberador, fue miembro durante años del Partido Comunista estalinista, aunque luego mentía diciendo que fueron unos pocos meses. El Foucault ideológico, el Foucault ayatolá, el Foucault que viajó a Teherán en 1978 con el entusiasmo de un adolescente enamorado y volvió a París diciendo haber visto nacer una nueva forma de espiritualidad política era un enemigo del Foucault filosófico que analizaba en libros que todavía merecen la pena, como El nacimiento de la biopolítica.
Pero del mismo modo que Jomeini traicionó al islam civilizado, Foucault fue un traidor a la causa del pensamiento libre y crítico, el que de verdad ayuda a las personas de carne y hueso contra los poderes fácticos fascistoides que les imponen cadenas y velos. Cuando murió el Foucault individuo, hacía tiempo que había muerto el filosófico y lo que aparecía era el espectro ideológico de un fan de causas tan reaccionarias como terroristas. Al estilo de su adversario —pero en el apoyo al Mal, un maestro—, el estalinista y castrista Jean-Paul Sartre, la caricatura ideológica y fetichista que él mismo trazó sobrevivió décadas al Foucault biológico.
Hoy, por fin, con la muerte del genocida islamista de Teherán, el promotor del lema antisemita «Palestina libre desde el río hasta el mar», también ha muerto el espectro fascistoide a fuer de antiilustrado de Foucault. Conviene recordar lo que el filósofo nacido en Poitiers escribió desde el Teherán de la revolución islamista apoyando a los ayatolás misóginos. No fue un desliz, no fue un malentendido, no fue el error casual de un intelectual distraído. Fue una apuesta deliberada, apasionada, sostenida. Foucault vio en el movimiento jomeinista exactamente lo que quería ver: una resistencia radical a la modernidad occidental, una alteridad política que escapaba a las categorías de la Ilustración, una revuelta contra el biopoder que él mismo había teorizado. Irán como experimento filosófico con los iraníes como cobayas de su teoría. Las mujeres que habrían de sufrir el velo obligatorio como daño colateral de su entusiasmo hermenéutico.
Ha muerto el ayatolá Jamenei. Que el pueblo iraní encuentre por fin el camino hacia una república que no lleve el adjetivo de islámica como prefijo inevitable. Que las mujeres iraníes puedan quitarse el velo si así lo desean. Que los homosexuales iraníes puedan existir sin miedo a la horca. Que los kurdos puedan ser ciudadanos con derechos iguales. Que los ateos puedan declararse ateos. Que los reformistas puedan reformar. Que haya, en suma, una Irán normal, con sus contradicciones normales y sus conflictos normales, sin la maquinaria teocrática encima aplastando todo lo que respira. Y que descanse en paz, junto a Jamenei, el ayatolá Foucault. El que vio en la Revolución Islámica una aurora de libertad. El que llamó espiritualidad a la tiranía. El que prefirió su teoría a las mujeres iraníes. Ese también debería morir hoy, aunque sospecho que resucitará, con otro nombre y otro régimen, en la próxima revolución que algún intelectual occidental necesite romantizar para sentirse vivo. Son las trampas del pensamiento sin consecuencias. El lujo de equivocarse desde París, Nueva York o Madrid mientras los que se niegan a ponerse de rodillas mueren en Teherán, La Habana o Caracas. Me alegro especialmente por Salman Rushdie, que ha vivido, ¡sobrevivido!, lo suficiente para ver caer a los ayatolás que conspiraron para asesinarlo. Y más todavía me alegro por todas las mujeres sometidas al yugo islamo-izquierdista, como las iraníes en el exilio Marjane Satrapi o Masih Alinejad que, con razón, le ha pedido al alcalde musulmán de Nueva York, Zohran Mandami, que se guarde sus lágrimas islamistas por los ayatolás y se calle.
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