Prudencia y complicidad andaluzas
Lo que era adecuado y obligado para contrastar la tarea del PSOE durante 36 años, ¿será impropio para juzgar la labor histórica del PP andaluz?
Decía mi primer y auténtico profesor de Filosofía, don Jesús Arellano, que siendo del Opus Dei le dio en 1969 una muy buena nota a este plumilla que firma, entonces díscolo, rebelde y alejado de su fe - qué integridad moral la suya-, que la prudencia es hacer lo que se debe de la mejor manera.
O sea, que primero hay que saber lo que se debe hacer y luego tener claro que debe hacerse de una manera que sea la más adecuada de las posibles, esto es, la que menos daño haga a la mayoría, pensé yo entonces. Nunca lo he olvidado porque, aunque las generalidades son interpretables de mil maneras, a mi me iluminó en su momento, que es lo que los filósofos de verdad tienen que hacer.
Me permitirán que sea consecuente, aunque tal vez hoy tal cosa sea una manera de ser imprudente. Ya sé que hoy impera el nihilismo peregrino – el que defiende lo que sea, por poder, por dinero, por miedo, por ignorancia o por estupidez sin ajustarse al mínimo racional exigible -, y que sujetarse al sentido lógico y moral es no sólo atípico, sino poco recomendable si lo que se quiere es sobrevivir social, periodística y, a veces, física o alimentariamente.
Hace ya muchos años, tal vez quince, escribí un libro que se llamó La Tela de Araña Andaluza, 2. El poder de un régimen, ineditado hasta el momento. En él, tras las investigaciones minuciosas de años, desarrolladas junto con Antonio Barreda y otros, concluí que, además de la ocupación institucional de Andalucía que había perpetrado el PSOE desde 1982 - algo descomunal que Pedro Sánchez ha plagiado a nivel nacional, otro plagio más, sin miramiento, tal invasión económica, legal, social, moral, cultural, judicial y demás -, había sido muy nutritiva para la legión de socialistas apesebrados y enchufados pero no había dado paso al desarrollo y la prosperidad de los ciudadanos de toda Andalucía. Al contrario. Seguíamos a la cola de España tras 36 años de dominación socialista.
En ese texto incómodo, analizamos una serie de parámetros que invitaban a concluir cuál era la situación real de los ciudadanos andaluces tras el "franquismo" del PSOE, incluso por más tiempo de lo que estuvo en el poder el dictador. No se trataba ya de la corrupción, ni de la miseria moral, ni de la incongruencia ideológica ni de nada de eso.
Se trataba de contraponer los dichos y los hechos. Esto es, si toda esa operación de invasión política de una región hubiera tenido al menos un resultado parecido al de Franco: una España desarrollada y la novena potencia industrial de Europa, al menos podía aludir a la eficacia. Porque, si la democracia partidista obtenía menos resultados que una Dictadura, ¿cuál era el Norte y para qué?
Lo que era adecuado y obligado para contrastar la tarea del PSOE durante 36 años, ¿será impropio para juzgar la labor histórica del PP andaluz, que lleva ya ocho años de gobierno, cuatro de ellos con mayoría absoluta (lo mismo que Aznar desde 1996 a 2004)? Cierto es que no son 36 años, pero tampoco es un ciclo menor en una democracia ocho años de gobiernos, por inesperados y reconstituyentes que fueran para un PP hundido en 2018. Del bla, bla, bla ya estamos hasta los hígados. Así que lo razonable es ir a los hechos mismos. O, tal vez, lo que se prefiere es votar con los ojos cerrados y con la nariz tapada.
Decíamos entonces que los tres grandes errores del PSOE habían sido:
a) El primero de ellos fue traicionar la autonomía querida por los andaluces desde 1977, que no era sólo la autonomía administrativa de la Junta de Andalucía, panacea de los partidos y la única importante para el PSOE, sino la autonomía personal de cada andaluz con base en el trabajo y la libertad, la autonomía de una sociedad civil postergada y la autonomía de unos ayuntamientos empobrecidos y marginados.
b) El segundo fue no haber logrado sacar a Andalucía de los últimos lugares del desarrollo económico y el bienestar social en más de un tercio de siglo y no haberla convertido en una región próspera, equilibrada y cohesionada. A pesar de la inmensa maquinaria de propaganda del PSOE y de la Junta de Andalucía, no pudieron cambiar el hecho de que Andalucía está entre las últimas regiones de España en empleo, PIB, renta disponible, salarios, pensiones e incluso prestaciones por desempleo. No digamos nada de educación, la peor de España e incluso de la sanidad. Tampoco era moco de pavo la división interna de Andalucía entre zonas pobres y ricas. Que un 90% de sus municipios no llegue a la renta andaluza media era socialmente inquietante e injusto.
c) En tercer lugar, haber renunciado al mensaje de la España unida, deseable y común, de la España compartida que no partida, y haberse rendido a los festejos insolidarios del nacionalismo- vasco y catalán, especialmente, aceptando las teorías disgregadoras y asimétricas. El PP, aún careciendo todavía de una estricta igualdad electoral de oportunidades tenía, a pesar de todo, una misión histórica: contribuir al enderezamiento del rumbo de España mediante la consecución del cambio en Andalucía.
Y ni hablamos de la Ley de Memoria Histórica, luego democrática de la Ley de Violencia de Género y las normas sobre inmigración, que el PP prometió reformar desde 2011, e incluso derogar, y que jamás lo hizo.
Me parece, para ser seriamente prudente, esto es, hacer lo que debemos hacer de la mejor manera, que habrá que juzgar al PP con los mismos criterios con que juzgamos al PSOE en su día. ¿O tan viciados y desquiciados estamos que ya no? Vean, por ejemplo, el PIB andaluz. Crece en Andalucía pero, como en el caso de la Reina Roja, o Azul ahora, de Alicia, corre mucho, pero se queda en el último lugar de la península, sólo por delante de Ceuta y Melilla. Como antes. Como siempre desde hace un siglo o más. O sea.
¿Prudencia o complicidad con un mecanismo inútil, estéril y pernicioso para el desarrollo andaluz?
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