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Adiós a la honestidad

La honradez parece algo sin correspondencia inmediata con la realidad. No vemos sin esfuerzo mental la tangible honradez del hombre de principios. La pregunta es inmediata: ¿Quién tiene más principios Rajoy o Zapatero?

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Dos mundos radicalmente diferentes hemos visto en las comparecencias de Zapatero y Rajoy. Mientras que el primero hace política, propone e impone criterios, el segundo espera tranquilamente que le llegue el poder por "ciencia infusa", es decir, por simple desgaste del Gobierno socialista. ¿Qué ha dicho Rajoy en su comparecencia? Que Zapatero ha perdido un año. Punto. Las críticas, los matices, la pedagogía política, en fin, el programa alternativo de Gobierno que algunos esperábamos no han aparecido por ninguna parte. Rajoy se ha presentado ya como ganador de unas futuras elecciones. No trata de convencer a nadie. Él simplemente da por hecho que la gente lo votará, porque Zapatero es un desastre. Tengo la sensación de que Rajoy trata a su electorado como menor de edad. Se presenta como un ganador, cuando en realidad lo que queremos es un trabajador que nos diga cómo salir del atolladero socialista.

Por el contrario, la comparecencia de Zapatero ante los medios de comunicación ha sido, como casi siempre, larga y prolija. No se cansa jamás de hablar. Trata de explicar lo inexplicable. Engaña, hace quiebros a los suyos y requiebros a los periodistas. Rectifica y propone. Miente con descaro, pero jamás da nada por perdido. No aparece como un tipo sobrado. Huye de la altanería ante los medios de comunicación. Da titulares y sigue llevando la delantera en todo. En la despedida de 2010, ha narrado, e incluso ha explicado con todo tipo de detalles, los pasos que dará su Gobierno en el año próximo.

En verdad, un espectador imparcial de estas comparecencias tiene la sensación de que se encuentra entre un pillo y un altanero. Mientras que Zapatero da titulares, Rajoy se oculta en la nadería centrista. Creo que es difícil sustraerse a la sensación melancólica de la pérdida de una elemental decencia para hacer política. La decencia, o mejor, la honradez, en nuestro tiempo, es antes un concepto que una tradición. La abstracción está por encima de una conducta ejemplar. He ahí una prueba del fracaso de la honradez. Pensamos lo que anhelamos. Nuestros coetáneos aplauden más, muchísimo más, a quienes los narcotizan con sonrisas y halagos lisonjeros, que a los hombres rigurosos que los salvan con gestos adustos. El honrado está borrado por el pillo del mapa de las buenas costumbres. Acaso por eso, por la desaparición de la escena pública del hombre honesto, la honradez es antes un discurso que la precisa narración de una biografía.

La honradez parece algo sin correspondencia inmediata con la realidad. No vemos sin esfuerzo mental, sin complicados rodeos intelectuales, la tangible honradez del hombre de principios. La pregunta es inmediata: ¿Quién tiene más principios Rajoy o Zapatero?

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