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CRISIS

De Malthus a Malthus y tiro porque me toca

La semana pasada el profesor Cabrillo nos advertía sobre el regreso de una de las más peligrosas y fallidas teorías económicas: el subconsumismo. Básicamente, esta doctrina establece que la propensión a ahorrar de las diversas clases sociales, especialmente las adineradas, no generará un consumo suficiente como para dar salida a toda la producción de las empresas, que como consecuencia comenzarán a acumular stocks y a despedir a trabajadores.

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No es mi intención detenerme a señalar las fallas y deficiencias de este razonamiento, hoy blandido en diferentes versiones por los keynesianos. Baste apuntar que, como decía Stuart Mill, la demanda de trabajadores no depende de la demanda de bienes de consumo; el subconsumismo deja fuera de su ecuación la esencial influencia del ahorro y la inversión en el sistema capitalista. Menos consumo no es más pobreza, sino al contrario: más inversión y más riqueza.

Lo que sí pretendo es desarrollar uno de los comentarios al margen que realiza el profesor Cabrillo: los mismos que hace años acusaban al capitalismo de promover un consumismo desbocado e insostenible son ahora quienes lo acusan de generar un insuficiente consumo como para salir de la crisis. ¿Contradicción? No, conveniencia. Su finalidad en parte inconsciente siempre ha sido la de incrementar el poder del Estado: antes para que controlara el consumo –por ejemplo regulando la publicidad y sobre todo restringiera el uso de unos recursos naturales que iban a agotarse inminentemente–, ahora para que incremente el gasto público y fuerce aumentos salariales.

El cambio de ritmo no es casual. Existe una marcada correlación en la historia del pensamiento económico entre los períodos inflacionistas y el mileranismo ecologista y entre los períodos deflacionistas y las ideas subconsumistas. Al fin y al cabo, los malos economistas elaboran sus teorías de manera chapucera según por donde sople el viento contrario a la libertad y no tratando de comprender las esencias de la acción humana.

Probablemente el ejemplo más claro y esquizofrénico de esta correlación sea el de Thomas Malthus. El economista inglés ha pasado a la historia por su Ensayo sobre el Principio de la Población, escrito en 1798, donde pronosticaba que si la población crecía en términos geométricos y los recursos en aritméticos, pronto alcanzaríamos un estado de pobreza generalizado donde no dispondríamos de suficientes bienes de consumo para sobrevivir.

Menos conocido, sin embargo, es que Malthus escribió en 1819 sus Principios de Economía Política, cuyo mensaje más importante fue que el progreso económico se veía obstruido... por el insuficiente consumo de la población. ¿Cómo era posible que los riesgos fueran simultáneamente consumir demasiado y hacerlo demasiado poco? El pasaje de Malthus en el que intenta justificar ante David Ricardo su cambio de postua deja en evidencia su desorientación y confusión:

Me parece que Ricardo ha caído en el mismo error en el que estuve a punto de caer yo cuando, después de haber demostrado que los poderes irrestrictos de la población iban mucho más allá de los de la tierra para producir comida incluso en las condiciones más favorables posibles, hubiese considerado que la población resultaba irrelevante a menos que llevara a la tierra al colapso. Pero dicho esto, la población podría ser superflua, y muy superflua, en relación con la demanda de recursos para el consumo pese a ser deficiente, y muy deficiente, con respecto a la capacidad de la tierra para producir recursos adicionales para el consumo.

No se trata tanto de que Malthus fuera víctima de distintos Zeitgeist, sino que cayó en la trampa de una pobre observación empírica que lo llevó a teorizar sobre la marcha. Al fin y al cabo, en 1797, un año antes de que Malthus publicara sus teorías sobre la población, el Banco de Inglaterra suspendió pagos debido a que el Gobierno inglés financió desde 1793 la guerra contra la Francia revolucionaria imprimiendo billetes. Dicho de otra manera, Malthus reflexionó sobre la carestía de recursos naturales en un período inflacionista, donde todos los precios subían y donde parecía que pronto nadie podría seguir comprando nada: desde 1793 a 1800 los precios aumentaron alrededor del 70%.

De la misma manera, Malthus publicó sus teorías subconsumistas en 1820, un año después de que el Banco de Inglaterra volviera a convertir sus billetes en oro a la antigua paridad, lo que acentuó la deflación que ya había comenzado en 1815-1816 con el fin de las guerras napoleónicas y el anuncio de que se restaurarían los pagos. En otras palabras, Malthus teorizó sobre la falta de consumo en un momento en el que los precios descendían y las mercancías se acumulaban en las estanterías de los tenderos: entre 1815 y 1820 los precios cayeron más de un 40% volviendo a su nivel original.

Pero para comprobar estas marcadas oscilaciones en el pensamiento económico no hace falta irse casi 200 años atrás. Pensemos simplemente en cuál era una de las máximas preocupaciones durante la última década: el agotamiento de los recursos naturales. Hace poco más de un año todos los precios de las materias primas alcanzaron máximos históricos y los agoreros de siempre ya estaban pronosticando desabastecimientos generalizados por el planeta. Ahora, cuando sus precios han caído alrededor de un 70%, parece que el agotamiento está lejano y se exige a los poderes públicos que estimulen unos niveles de consumo que antes tildaban de insostenibles.

Lo mismo puede señalarse sobre el precio de los pisos: si hace años se pedía al Estado que forzara reducciones de precios para lograr una vivienda asequible, ahora se le exige que adopte distintas medidas, como recomprar los inmuebles a promotores y bancos, para evitar caídas tan drásticas de los precios.

La explicación a estos giros de veleta es sencilla y ya la hemos adelantado con Malthus: la fase alcista del ciclo se caracteriza por que el sistema bancario, guiado por los bancos centrales, fomenta una expansión crediticia muy por encima del volumen de ahorros reales, proceso que genera una presión excesiva sobre los bienes presentes (todo el mundo compra a crédito mercancías no producidas, por lo que suben los precios); la fase contractiva, por el contrario, se define por que todo el mundo intenta amortizar sus deudas y no toma dinero prestado para consumir: nadie compra a crédito y por tanto se amontonan una gran cantidad de stocks en los almacenes que deben ser liquidados a bajos precios.

En apariencia, pues, el problema en las fases expansivas es la exhuberancia irracional (consumimos demasiado y terminaremos con el plantea) y en las fases contractivas la excesiva frugalidad (consumimos demasiado poco y arruinaremos a los empresarios). Y, por ello, los estatistas piden primero controles malthusianos y después estímulos keynesianos.

En definitiva, los efectos del ciclo económico que provocan los bancos centrales no se limitan a la enorme destrucción de riqueza que generan, sino también a la promoción de todo tipo de doctrinas acientíficas, liberticidas y pauperizadoras. Otra mancha en el historial de nuestro intervenido sistema financiero.

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