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Antonio Robles

El día en que un culé noqueó a Évole

La sociedad catalanista arrastra un trauma desde su origen que estamos sufriendo todos.

Antonio Robles
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Desconcertado, incapaz de descifrar la confidencia que el expresidente del Barça le había planteado, sólo acertó a balbucear: "¡Hostia, es que nunca nadie me había explicado esto!".

Han pasado ya casi dos meses de la emisión de la entrevista a Sandro Rosell y aún sigue sin resolver la paradoja:

Votaría que sí en un referéndum, pero si ganase la independencia me iría de Cataluña.

Aunque parezca un enredo para evadirse del compromiso, es la definición más exacta jamás dada del separatismo catalán. Ignoro si el autor fue consciente de ese estriptis emocional.

Hay razones para descifrar el enigma. Desde que el catalanismo mutó de reivindicación cultural a resentimiento político para reducirse seguidamente a nacionalismo étnico, ha limitado su ser a tal resentimiento, a una pulsión emocional de frustración histórica sin fundamento social. No podía ser de otra manera en una sociedad con una renta per cápita superior a la media española durante décadas. ¿Cómo conjugar sentirse colonizados con la colonización real del resto de España por sus propios productos textiles? Por cierto, todos ellos amparados por aranceles ruinosos para el resto del Estado pero beneficiosos para la burguesía catalana.

La primera contradicción nace del propio origen: ¿cómo conjugar lo de ir de maltratados y ejercer de patronos? En el terreno cultural inicial tenía sentido; en su perversión política actual, ninguno. Por eso la mayoría quiere el derecho a decidir para no decidir, a excepción de los hijos pijos de esa burguesía encuadrados en la CUP y en el funcionariado de instituciones y medios de comunicación públicos. Esa casta supremacista ni siquiera asume que su nacionalsocialismo es ante todo nacional, como si repetir compulsivamente "llibertat" y okupar la propiedad ajena les redimiera de la carga supremacista burguesa que rezuman.

Todo está basado en pura obscenidad. El derecho a decidir es su máxima expresión. En realidad, el supremacismo económico, cultural y político que detentan desde la Transición aspiran a imponerlo al resto de los españoles. Necesitan decidir, sentirse dueños de lo que ya son dueños, sin moscas que les importunen, pero no perder el paraguas del Estado y el mercado que su territorio garantiza. O sea, hacer lo que les rote e imponer su mentalidad identitaria para desinfectar Cataluña de la cultura y la lengua españolas. Es la mentalidad de la casta burguesa del siglo XIX y mitad del XX que trató de chachas a los trabajadores del resto de España.

Dicho de otro modo, la razón del grueso del separatismo es reclamar la independencia, tener el derecho a decidir como niños consentidos contrariados por un Estado al que consideran inferior. Es la manera en que podrían vengarse de una España a la que desprecian. Ahí se acaba su pulsión independentista, en desearla y en ejercer el derecho a decidirla. Les gratifica más el pulso que obtenerla.

Y aquí reside el riesgo, si el Estado accede al derecho a decidir en Cataluña como un acto de pura democracia plebiscitaria sin consecuencias más allá del hecho de ejercer el derecho a la consulta, el referéndum podría ganarlo el nacionalismo. Si no va en serio, la bravuconada tiene una oportunidad. ¡Qué placer humillar a esta gent ufana! Pero a partir de ahí, se habría abierto a un nuevo relato: hemos votado y somos mayoría. Un riesgo para quienes no son nacionalistas en Cataluña y un nuevo pulso a España.

Ocurriría algo muy similar si el referéndum se hiciese en toda España. Aún sería mayor el porcentaje de votos en Cataluña a favor de la independencia. ¡Qué oportunidad de decirle a estos españoles altaneros sin riesgo alguno que los catalanes somos una nación!
Por el contrario, si se realizara un referéndum a cara de perro en Cataluña con la amenaza real de ruptura, y el tiempo previo suficiente para visualizar las consecuencias reales de tal decisión, el resultado sería otro. Ahí entra la paradoja del expresidente del Barça Sandro Rosell. En la primera consulta votaría sí, en el referéndum sin marcha atrás votaría no. El enigma que noqueó a Jordi Évole es transparente. La sociedad catalanista arrastra un trauma desde su origen que estamos sufriendo todos.

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