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La deriva equidistante de Cs

El 'procés' catalán, que tanto le dio a Cs, se lo puede quitar todo. El fantasma de UPyD aparece de nuevo.

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La Ejecutiva Nacional reunida en la sede de Ciudadanos. | D.A.

Cuando uno duda si saltar o frenar, lo corriente es caer en mitad del charco. Esa es la historia de Cs desde que decidió pactar con la euroescéptica ultraderecha de Libertas en las europeas del 2008, esa es la historia desde que en 2015 decidió extenderse a toda España en mitad de unas elecciones municipales con riesgo de agrupar a lo peor de cada casa, esa es la historia desde que en el 2017 decidió eliminar de su ideario la socialdemocracia, y esa es la historia desde que decidió abominar histriónicamente de VOX en Andalucía.

Si sólo analizamos los fenómenos de las cosas obviando las causas, hay el peligro de interpretar mal los efectos y ser arrollados por las causas. ¿Podríamos reducir el éxito histórico de Cs a una sola causa? Podríamos, como podríamos hacerlo con el éxito de Podemos y con el de Vox. A la causa esencial me refiero, aquella sin la cual el resto de matices se deshilacharían. Sólo después de definirla podemos vaticinar la debacle que le puede sobrevenir a Cs en las próximas generales. Este artículo está dedicado a descifrar esa predicción.

El éxito de Cs fue desde el principio la respuesta herida al hartazgo del nacionalismo obligatorio e intimidatorio, por entonces concentrado en la exclusión de la lengua española en la escuela y demás instituciones catalanas, en el desprecio a España y en la imposición de un Estatuto con pretensiones constitucionales propias de un Estado soberano. Aunque por entonces no lo supieran muchos de sus votantes, se decidieron por Cs porque era el único partido que defendía sus sentimientos españoles. Después de todos estos años, se ha demostrado la fatalidad: a España sólo la defiende la derecha; la izquierda, o se avergüenza de ella o la rechaza. En bloque. Esa es la anomalía provocada por la patrimonialización que Franco hizo de la nación española, junto a las raíces separatistas de la izquierda catalanista de los años treinta. Y a pesar de algunas iniciativas actuales para que la izquierda vuelva a amar a su país, nada parece prever que eso vaya a cambiar fácilmente.

Aquellos 89.567 votos de las primeras elecciones autonómicas catalanas de 2006 provenían mayoritariamente del centro-derecha. O sea, del espacio del PPC y de la abstención acumulada de la población castellanohablante. Muy pocos del PSC, lo contrario de lo que interesaba decir por entonces, porque en esos primeros tiempos el ala de centro-izquierda del partido pretendía sustituir al PSC, el verdadero culpable del auge del nacionalismo. Pero el pragmatismo de Albert Rivera quería un atajo al poder y optó por ocupar el espacio del PP. Esa treta no ampliaba el perímetro constitucionalista, sólo lo cambiaba de manos. Era preciso recuperar el electorado de izquierdas secuestrado por el catalanismo del PSC, pero Rivera, ni tenía convicciones socialdemócratas ni puso los medios. Grave error que agudizaría con el tiempo, y que en el futuro le puede costar la posición ganada. Después me explico.

El éxito de Podemos nació de la desesperación de los excluidos por la crisis y el ansia de venganza de una generación privilegiada que se creyó sus propios eslóganes adanistas. Eso explica que en sus primeras elecciones les votase un 10% de personas provenientes de votantes del PP. Algo inaudito en un partido con ínfulas comunistas a remolque de todos los populismos sudamericanos y ocurrencias terminadas en ismos.

El éxito de VOX es exactamente el mismo del que brotó Cs: el rechazo al nacionalismo periférico y la reivindicación sin complejos de la unidad de España. Sus apuestas electorales anteriores a las andaluzas estuvieron centradas en el nacionalcatolicismo, el derecho a la vida y toda la atmósfera reaccionaria del Concilio de Trento. En las andaluzas las dejaron en un segundo plano a favor de una reivindicación sin complejos de España con argumentos de máxima credibilidad: Vox había puesto a trabajar a destajo a más de veinte abogados contra los golpistas catalanes. El éxito que le dio visibilidad mediática y credibilidad.

Resulta chocante que los medios de derechas se empeñen en considerar a Cs como de centroizquierda, cuando su ideario no lo es y la mayoría de sus militantes y electorado están a la derecha, incluso del propio PP. Como irracional es tratarlo de ultraderecha por parte de la izquierda. Muy al contrario, la dirección de Cs ha procurado copar el electorado del PP desde la salida masiva del partido en 2009 de su ala de centro izquierda, a raíz de su pacto con Libertas en las europeas de 2008. Su apuesta definitiva la concretó en el Congreso del Coslada de 2017 cuando el equipo de comunicación olió sangre en un PP corroído por la corrupción y su cobardía ante el procés. Era la hora de Rivera, había que asaltar al PP, pero para eso era preciso convencer a su electorado de que Cs no tenía nada que ver con su leyenda socialdemócrata. Y se borró de su ideario. El camino estaba expedido, otro centro derecha era posible y Albert era el mirlo blanco destinado a ocupar ese espacio. Su eslogan "ni rojos ni azules", se abría paso.

Pero el procés catalán que tanto le dio a Cs, se lo puede quitar todo. El PP ya no lo lidera el cobarde Rajoy, sino un Pablo Casado dispuesto a aplicar el 155 con más rigor que Albert Rivera y con menos escrúpulos que éste para pactar con Vox. Y Vox ha surgido con la fuerza incontestable de sus querellas contra los golpistas, su lenguaje radical contra los nacionalistas, y la defensa de España por la que hasta la fecha votaban a Cs. Con este nuevo tablero, Cs se ha quedado sin espacio y sin ideario para abrir uno nuevo. ¿Por qué?

Porque el electorado del PP que votaba a Cs volverá a votar al PP por fiabilidad. Pablo Casado ha recuperado el discurso de la nación asediada que hasta la fecha era patrimonio de Cs por incomparecencia de Mariano Rajoy. Y porque el electorado más españolista que votaba a Cs, lo hará ahora por VOX. Es más fiable y más radical en un momento histórico donde las emociones y el cainismo han radicalizado dos frentes guerracivilistas irreconciliables. Y sobre todo, porque en aquello que antaño Cs combatió y poco a poco ha abandonado, ahora lo combate Vox sin complejos (la ley de memoria histórica, la de violencia de género, la oposición a la inmersión lingüística, el frente jurídico contra el adoctrinamiento escolar o la propaganda de TV3, la regulación de la inmigración, la persecución de la delincuencia, la prisión permanente revisable y el cumplimiento de la ley, la devolución de competencias al Estado y eliminación final de las autonomías etc.)

El fantasma de UPyD aparece de nuevo. Aquel inmenso error de no haberse fusionado UPyD y Cs, facilitó el surgimiento de Podemos y el nacimiento de Vox. Y para colmo desapareció UPyD.

Esa desaparición demuestra que los partidos están perdiendo consistencia. De golpe, las andaluzas han dejado a Cs sin espacio en el centro derecha. Y precisamente ahora, cuando se ve satanizado por la complicidad con VOX en el gobierno andaluz, el equipo de comunicación de Albert Rivera ha decidido escenificar una oposición visceral a VOX para huir de su abrazo ultraderechista y recuperar su imagen de centro izquierda que le sitúe de nuevo en el centro del tablero. El mismo bandazo que dio en el congreso de Coslada contra su antigua alma socialdemócrata para asaltar al PP, ahora quiere recuperarla para ofrecer un guiño al electorado del PSOE. El compadreo de Pedro Sánchez con los nacionalistas le ofrece la oportunidad para asaltar los cielos del PSOE, como hace dos años, tomaron la corrupción y cobardía de Rajoy, como la oportunidad para hacerle una opa hostil al PP.

Esta es la consecuencia de un partido sin referencias ideológicas ni principios definibles dirigido por un equipo de comunicación. El apelativo de veleta naranja no es sólo un insulto: es la consecuencia de querer estar en todas las salsas sin implicarse en ninguna. Y lo puede pagar caro.

Si la deriva suicida de 2008 al pactar a la desesperada con la peor ultraderecha europea, confederada en Libertas, la evitó una rápida rectificación y la amenaza del incipiente procés en 2010, en su basculación extrema en sentido contrario de hoy al simular histriónicamente su alergia a la ultraderecha de VOX, puede estar su ruina. Cs se alimentó durante todos estos años de la trinchera antinacionalista catalana que ni el mismo PP se atrevía a combatir y de la defensa de España sin complejos que en el PP era tibia; pero su tibieza creciente en Cataluña ante la inmersión lingüística (la inmersión ha desaparecido de su vocabulario) y sus coqueteos con el catalanismo moderado para ensanchar su perímetro electoral está dejando a VOX todo el campo libre ante un electorado harto de cambalaches y sediento de un 155 sin contemplaciones. En Cataluña se sienten solos, y en España millones de españoles están hasta el gorro de humillaciones populistas y nacionalistas. Y a eso Cs no gana ni a Pablo Casado, ni a Vox. Albert Rivera es hábil y suele salir de todas las encrucijadas con éxito, pero la repetitiva inconsistencia de la levedad del ser en estos momentos de pensamientos fuertes, le puede pasar factura. Los nuevos vientos huracanados que recorren Europa no dejan espacio para el trapicheo de zoco. La gente está hasta el gorro de los juegos de manos de los políticos, necesitan certidumbres. Y un respeto. De ahí la nostalgia de la coherencia, el respeto a la palabra dada, y una cierta honradez. No estaría mal que en esta época donde los equipos de comunicación han sustituido a los principios, repasen la vida del patricio romano Lucio Quincio Cincinato.

No estoy evaluando posiciones ideológicas, sino respuestas electorales en función de la coherencia ideológica. Y todas son adversas a la deriva equidistante de Cs. Dicho de otro modo, ya no es la referencia de España, el PP y Vox le han sustituido por méritos propios.

P.D. En estos tiempos de incertidumbre para el destino de España, al contrario de lo que sostiene Federico Jiménez Losantos como antídoto para defender España, no ha llegado el momento de agrupar al centro derecha como baluarte contra quienes quieren destruirla. O no sólo. Es preciso también la sustitución de la actual izquierda populista, desde Podemos al PSOE de Pedro Sánchez por una izquierda ilustrada, no dogmática, constitucionalista, beligerante con el nacionalismo, que defienda la nación de todos. Si volvemos a cometer el error de confundir a España con la derecha como hizo la sociología franquista y explotan los nacionalistas, ni tendríamos una nación de ciudadanos libres e iguales, ni capacidad para evitar su ruptura. El Cs inicial de centro izquierda pudo abrir la primera brecha. E hizo lo contrario. No abortemos la posibilidad de que otros proyectos de izquierdas no nacionalistas surjan en defensa de la nación de todos. Además de los problemas sociales que le son propios.

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