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Lágrimas democráticas

La brutalidad de Maduro y su nulo respeto por la democracia no son tan diferentes en la intención totalitaria de la obcecada patrimonialización de Cataluña que hace Torra.

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Nicolás Maduro ha prohibido a las radios que pronuncien el nombre de Juan Guaidó. Como si borrar su nombre acabara con la realidad. Hace unas horas, Guaidó ha sido reconocido como presidente interino legítimo de Venezuela por el Parlamento Europeo. La realidad.

La primera huella que delata la regresión de un régimen democrático a uno totalitario es el ataque a la libertad de información. Estos últimos días, el régimen de Nicolás Maduro ha secuestrado a una docena de periodistas. Una larga rutina desde que Chávez llegó al poder y arrastró a la tumba a Venezuela entera. El cierre de periódicos y medios audiovisuales no ha logrado silenciar del todo la libertad de ese pueblo. Pero lo han envilecido con mentiras, y éstas han ayudado a perpetuar el despotismo.

Hasta el periodismo más vil tiene cabida si hay respiraderos por donde sople aire fresco. Sin periodismo, todo es mentira, y donde todo es mentira, nada tiene valor. Ni siquiera el bien.

Maduro ha prohibido a las radios pronunciar el nombre de Juan Guaidó, el presidente interino. Eso de borrar de la realidad cuanto molesta a los tiranos fue también el sueño de Herodes, que quiso acabar con el hijo de Dios ordenando matar a todos los niños de Judea. Fue la voluntad de Stalin borrar de la historia a sus adversarios políticos haciendo desaparecer sus imágenes de las fotos oficiales. Como se prohibió pronunciar en TV3 el nombre de España por Jordi Pujol. No otra cosa fue la construcción de duchas colectivas de gas y hornos crematorios por los nazis para borrar de la faz de la Tierra a los judíos. Con similares intenciones, Joseph Goebbels mandó producir transistores económicos para regalar a las masas alemanas. Su generosidad se reñía con la perversa intención de apoderarse de sus mentes, pues el transistor sólo sintonizaba una emisora, la del nacionalsocialismo. En ese juego ladino, Pujol fue un maestro, prohibió pronunciar la palabra independencia en TV3 en las dos primeras décadas de su mandato para evitar levantar sospechas de sus objetivos finales. La frustración la suplían con el mantra murmurado en sus aquelarres íntimos: "Hoy paciencia, mañana independencia". Como prohibió también que ningún invitado pudiera mirar directamente a cámara, excepto él. Todos estos casos tan incomparables por sus consecuencias tienen un nexo común, borrar al adversario. Cada uno con los métodos que las circunstancias y el grado de su poder les permitían.

La brutalidad de Maduro y su nulo respeto por la democracia no son tan diferentes en la intención totalitaria de la obcecada patrimonialización de Cataluña que hace Torra cuando miente entre sollozos de cordero degollado que nuestros tribunales están juzgando a todo un pueblo. Como si él y los suyos fueran Cataluña, como si el viacrucis de pega de Oriol Junqueras y sus maneras de párroco pederasta no estuvieran socavando los principios del Estado de Derecho y su separación de poderes. Tanta farsa es ya insoportable.

Seguramente habrá muchos que al leer tales comparaciones se escandalicen, pero las mentiras del nacionalismo catalán persiguen el mismo fin que los abusos totalitarios de ese matón de Caracas. Pero mientras las mentiras de Maduro no engañan ya a nadie, las del nacionalismo catalán circulan ufanas por escuelas, universidades y foros internacionales dando lecciones de democracia. Algún día no muy lejano, la mentira mejor simulada de la histórica de Occidente, más persistente en el tiempo y mejor vendida será asignatura obligada en universidades y ensayos como modelo de perversión del lenguaje, de disimulo en las intenciones y de asesinato de la verdad.

Y mientras tanto, Borrell largando eso de: "España no quiere un cambio de régimen en Venezuela". Y si España no quiere un cambio de régimen, ¿qué quiere? Porque ¿qué otra cosa es la exigencia de elecciones libres y limpias, sino el fin de ese régimen de criminales?

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