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¿Servidores públicos o estafa política?

Esa batalla cultural hay que darla, no para ganar a un bando, sino para librarnos de los dos.

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Uno espera cuando va al hospital que los miembros de su dirección estén entregados a proveer de medios y profesionales capaces de atender la salud de los ciudadanos con diligencia y eficacia. La ciudadanía no aceptaría que en lugar de tales obligaciones por las que cobran dedicaran el 90% de su tiempo a denigrarse entre sí, desatendiendo la labor sanitaria encomendada.

¿Qué mierda tiene que ver hoy con nosotros la tumba de Franco, la cruz del Valle de los Caídos, las sentencias franquistas, la memoria histórica, la democrática, o el adoctrinamiento escolar en plena época franquista, si ni siquiera son capaces de enfrentarse al adoctrinamiento real que se da aquí, ahora, en este instante, en miles de colegios de España?

Uno espera que el Gobierno de la nación esté dedicado en cuerpo y alma a resolver la ocupación de viviendas y su carestía, el paro, los ERTE y ERE, el servicio eficiente de los funcionarios públicos, la seguridad ciudadana, la calidad sanitaria y la educativa, el fraude fiscal, el estado de nuestras carreteras, la reducción de la deuda pública, el tránsito de las energías sucias a las sostenibles, la igualdad de oportunidades, la seguridad jurídica de la propiedad, el crimen organizado, la corrupción de la administración, la defensa de nuestros agricultores, la despoblación, la universalización de las autopistas de la información y la adecuación de la industria y el trabajo a la digitalización creciente, las inversiones en ciencia y tecnología, la brecha salarial por razones de género, la regulación de la inmigración, la sostenibilidad de las pensiones… ¡Será por problemas!

Todos y cada uno de esos quehaceres se pueden llevar a cabo de muchas maneras. Las apuestas de cada ideología, de cada partido, son las que deben entrar en liza y debatir con hechos, argumentos y cuentas de resultados, no desenterrando todo ese osario de odios pasados para evitar la asunción de responsabilidades en la acción de gobierno.

Pedro Sánchez busca el enfrentamiento a través de símbolos hirientes que eviten la complejidad de la realidad política y la reduzca al odio cegador de dos enemigos irreconciliables. A sabiendas que, como perdedores de la guerra civil del 36, la han estado ganando desde entonces como víctimas. La hegemonía ideológica y moral construida sobre esa condición les da ventaja ahora en la contienda cainita.

El Gobierno quiere soliviantar los instintos más bajos de quienes no le bailen el agua para lograr un escenario de enfrentamiento total entre buenos y malos. Si te callas, consientes, si te alistas, ayudas, y si te opones eres un franquista. Una encerrona perfecta para maniatar el pensamiento de todos, para esclavizar voluntades y convertir la democracia en secta. ¡Y hablan de fascismo! ¿Hay algo más fascista que eliminar al otro como sujeto democrático?

Llegados ahí, la argumentación, los hechos, las necesidades pasan a un segundo plano, desaparecen en favor del odio africano, donde la única salida es acabar con el otro. En ese terreno binario gana este Gobierno populista, porque pasa de responsable de la gestión pública a Gobierno acosado por la derecha franquista. Y donde las necesidades no son los problemas que deben ser resueltos, sino las necesidades que el mal no permite resolver. En ese juego de frentes cargados de simbología guerracivilista, las necesidades desaparecen para dejar terreno al enfrentamiento. En él se enroca a sabiendas que su hegemonía simbólica le da ventaja.

No sólo es una jugada sucia, es una estafa a la democracia que emponzoña las emociones de generaciones enteras que ni vivieron ni saben un carajo de la Guerra Civil. Sólo quiénes son los progres y quiénes los fachas.

No es un pasaje político desafortunado más. Esta pandemia emocional inoculada con malicia está socavando los cimientos de las instituciones democráticas. El daño no es coyuntural, es estructural y afecta a la estructura misma del Estado y a la misma existencia de la nación.

Esa batalla cultural hay que darla, no para ganar a un bando, sino para librarnos de los dos. Todos los caminos nos llevan a la inteligencia quebrada de Chaves Nogales. Con miedo. El pueblo español no es mejor que sus gobernantes.

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