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La autoridad del profesor

Hay que lograr que colegios e institutos dejen de ser las guarderías de progresismo barato actuales y convertirlas en instituciones de conocimiento. Porque un profesor que no enseña no es nadie. Y como tal se le trata.

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Casi todos han celebrado la decisión del Gobierno de Esperanza Aguirre de remitir a la Asamblea de Madrid un Proyecto de Ley de Autoridad del Profesor. Escribo "casi" todos porque los de siempre –los que legitiman ideológicamente el modelo fracasado de la LOGSE, o sea, la izquierda– la han rechazado. Sin embargo, con esta medida, Esperanza Aguirre ha demostrado hasta qué punto la sociedad civil reclama un nuevo rumbo educativo.

Por desgracia, el problema es mucho más complejo que el de considerar al profesor como una autoridad pública. ¿Por qué al maestro o al profesor no se les respeta?, ¿por qué se los insulta?, ¿por qué sale gratis atizarle a un docente? No hace mucho tiempo al maestro se le respetaba, aunque su sueldo fuera bajo y sus condiciones laborales pudieran ser manifiestamente mejorables; hoy, en cambio, tenemos a maestros y profesores con sueldos dignos y un aceptable nivel de vida, que sin embargo carecen de la estima de sus alumnos y familias. ¿Por qué?

Releo estos días las siguientes líneas de El conocimiento inútil, de Jean-François Revel, publicadas en Francia en 1988:

 No se trata de una broma: la ignorancia en nuestros días es objeto, o lo era hasta hace bien poco, de un culto cuyas justificaciones teóricas, pedagógicas, políticas y sociológicas se extienden explícitamente en muchos textos y directrices. Según tales directrices la escuela debe dejar de transmitir conocimientos para convertirse en una especie de falansterios "de convivencia", "de lugar de vida" donde se despliega la "apertura al prójimo y al mundo". Se trata de abolir el criterio considerado reaccionario de la competencia. El alumno no debe aprender nada y el profesor puede ignorar lo que él enseña.

 

 Diecinueve años después en España. Real Decreto de Enseñanzas Mínimas de la ESO, publicado en el BOE de 5 de enero de 2007:

 ...es imprescindible hacer de los centros y de las aulas de secundaria lugares modelo de convivencia, en los que se respeten las normas, se fomente la participación en la toma de decisiones de todos los implicados, se permita el ejercicio de los derechos y se asuman las responsabilidades y deberes individuales. Espacios, en definitiva, en los que se practique la participación, la aceptación de la pluralidad y la valoración de la diversidad que ayuden a los alumnos y alumnas a construirse una conciencia moral y cívica acorde con las sociedades democráticas, plurales, complejas y cambiantes en las que vivimos.

 

Resulta estremecedor que la constatación dolorosa que Revel hacía casi veinte años se repite milimétricamente en nuestro país. Estremecedor, sobre todo, cuando el modelo educativo que aún soportamos, el de la LOGSE, cuyo fracaso es clamoroso, se mantiene en pie a pesar de los estragos que está causando a nuestros hijos. El modelo logseano supuso un cambio de modelo de escuela. Ésta siempre ha sido una institución transmisora de conocimiento; ahora ya es un falansterio de convivencia, "espacios de convivencia". Desde la LOGSE nuestros hijos van a lugares donde, más que aprender matemáticas, lengua o historia, "aprenden a convivir". Si aprenden algo luego, bienvenido sea.

Todo ello implica una redefinición no sólo de la función social del maestro, sino de la misma definición profesional docente. No se trata sólo de qué es lo que la sociedad pida al enseñante; también se trata de cómo se considera a sí mismo.

La autoridad del maestro y del profesor no ha estribado jamás en razones políticas o económicas. La autoridad de quien se dedicaba con sacrificado esfuerzo al noble arte de enseñar se ha basado siempre en que transmitía conocimientos, imprescindibles socialmente. El respeto hacia el enseñante se basaba en que encarnaba toda una tradición cultural que comunicaba a niños y jóvenes. Ese respeto a la autoridad del maestro venía dado porque se daba por sentado que la escuela enseñaba conocimientos: leer, escribir, aritmética, geografía, gramática.

Me alegro de que en estos días todos hablen de la necesidad de restituir a los profesores la autoridad. Quizá así podamos empezar a hablar de lo que casi nadie se atreve: que el único modo de que podamos recuperar la autoridad del docente es cambiar el modelo de escuela. Que colegios e institutos dejen de ser las guarderías de progresismo barato actuales y convertirlas en instituciones de conocimiento. Porque un profesor que no enseña no es nadie. Y como tal se le trata. La tarea del profesor es la de ayudar al alumno a abrirse a un mundo que el joven no conoce, no de un modo paternalista o afectivo, sino mediante la objetividad de las disciplinas que imparte.

La ideología igualitarista que asola nuestros colegios e institutos incapacita para comprender que el maestro sabe mucho más que el alumno y por ello está en una posición de superioridad frente a él. El igualitarismo es alérgico a cualquier conato de superioridad y cree que superioridad es sinónimo de dominación o explotación; el igualitarismo, uno de los hijos del marxismo, hace del profesor un mero colaborador del alumno y lo despoja así de raíz de toda su dignidad profesional. No entiende, en fin, que, dado que el maestro sabe y el alumno no, aquél se pone al servicio de éste.

Cuando se insulta, se desprecia o se pega a un profesor se está despreciando e insultando al conocimiento del que es portador. He ahí el gran problema de nuestro tiempo, el absoluto desprecio al conocimiento y a la verdad.

Carlos Jariod es presidente de la Asociación de Profesores Educación y Persona

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