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Carmelo Jordá

La tumba del sanchismo

Lo que parecía imposible está ocurriendo y Sánchez comete en Cataluña los mismos dos errores que fueron letales para Rajoy y casi lo fueron para el PP.

Carmelo Jordá
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Lo que parecía imposible está ocurriendo y Sánchez comete en Cataluña los mismos dos errores que fueron letales para Rajoy y casi lo fueron para el PP.
Cordon Press

Hoy en día juntas a cuatro adolescentes encapuchados, les das tres piedras y un palo y enseguida se creen la tumba del fascismo, que por cierto, la cantidad de sitios que iban a ser la tumba del fascismo y al fascismo –o al menos a su primo hermano el comunismo– se lo ve de lo más campante en las calles de Barcelona.

El caso es que en cuanto cuatro cafres se autodenominan la tumba del fascismo a la izquierda oficial e institucional le entra un nosequé y un queseyó que la incapacita y le impide reaccionar, da igual lo que estén haciendo o lo fascista que sea el comportamiento de los propios encapuchados, que como todo el mundo sabe se tapan la cara porque son muy píos y han cogido esa costumbre en Semana Santa, saliendo de nazarenos.

Es lo que le ha pasado a Pedro Sánchez con los cachorros del separatismo que durante la pasada semana se dedicaron a hacer el vándalo por Barcelona en un nuevo episodio del golpe de Estado –como bien señalaba Girauta en Es la Tarde de Dieter este mismo martes–: incapacitado por su necesidad de tener pactos tras el 10-N y por la izquierdosidad nacionalista del PSC, el mismo Sánchez que hace un par de semanas estaba dispuesto a atizarle al separatismo un 155 de primera ha acabado explicando la "fortaleza de la moderación", en un discurso tan infumable que al decirlo se notaba que él mismo no se lo creía.

Lo que parecía imposible está ocurriendo y Sánchez comete en Cataluña los mismos dos errores que fueron letales para Rajoy y casi lo fueron para el PP: minusvalorar la gravedad de lo que ocurre y confiar en que el separatismo en el último momento vire para buscar un acuerdo, siempre que se le den los suficientes privilegios.

Yo pensaba que la enfermedad del "están tirando de la cuerda pero lo que quieren es más dinero" se le habría pasado a todo el mundo tras lo ocurrido en septiembre y octubre de 2017, pero resulta que la epidemia ha vuelto a proliferar (¡hasta en el Tribunal Supremo!), y con ella su más terrible síntoma: ver un nacionalismo bueno donde, como mucho, hay un separatismo más tacticista.

El problema es que, cuando todos hemos visto las hogueras, las lluvias de piedras, la violencia extrema que se vivió sobre todo la noche del viernes; cuando todos hemos sido testigos cómo se bloqueaban un aeropuerto, las líneas férreas e incluso el AVE; cuando las televisiones y los periódicos han mostrado una ciudad por la que parecía que había pasado Atila, convencer a los votantes de que no es que la cosa se te vaya de las manos sino que eres muy fuerte porque eres muy moderado… es casi imposible.

Así las cosas, está claro que una Barcelona llena de camisas pardas –no en vano así iban las juventudes de ERC cuando en los años 30 imitaban a las hitlerianas– no va a ser la tumba del fascismo, pero ojo que, ante la demostración de inutilidad del presidente del Gobierno y de su ministro de Interior, igual sí es la tumba del sanchismo.

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