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La dignidad de Consuelo Ordóñez

A todos los que mantienen que ETA ha sido derrotada les animaría a que contemplasen las miradas de odio que tenían gran parte de los manifestantes de Alsasua.

Cayetano González
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Consuelo Ordóñez, en Alsasua | EFE

En medio de tanta mediocridad, con la que nos obsequian a diario los principales actores de la vida política, hay hechos protagonizados por miembros de eso que se ha venido en llamar la sociedad civil que a uno le reconfortan y le hacen mantener la esperanza de que en nuestro país todavía hay resortes que funcionan muy correctamente.

Eso es lo que pensé cuando el pasado sábado vi a Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite y hermana de Gregorio Ordóñez –dirigente del PP vasco asesinado por ETA en enero de 1995– junto a otras tres víctimas del terrorismo –Conchi Fernández, Fernando Altuna e íñigo Pascual, todos ellos miembros igualmente de Covite– plantar literalmente cara en Alsasua a los simpatizantes de ETA que, convocados por Sortu, iban a manifestarse contra la Guardia Civil, siete días después de que dos agentes de este cuerpo, junto con sus novias, fuesen brutalmente agredidos por medio centenar de energúmenos de la denominada izquierda abertzale, cuando les reconocieron en el interior de un bar de la localidad navarra. Cuatro víctimas de ETA, sólo cuatro, fueron suficientes para dejar atónitos a todos esos simpatizantes de la banda terrorista. Qué gran verdad es ese grito coreado en diversas manifestaciones tras algún asesinato de ETA: "Sin pistolas, no sois nadie".

Plantarse en Alsasua un sábado al mediodía, instantes antes de que arrancara la manifestación de la izquierda abertzale contra la Guardia Civil, portando carteles que decían literalmente "Aquí sobran los violentos", "No nos dais miedo", "Odio fuera" y "Guardia Civil, seguid aquí", no sólo fue un acto de valentía y coraje por parte de Consuelo Ordoñez y sus tres acompañantes, sino una lección de dignidad para todos los que después pudimos ver las imágenes o contemplar las fotos.

Por eso es absolutamente incomprensible que la delegada del Gobierno en Navarra, Carmen Alba, llamase a comienzos de la pasada semana a Ordoñez para disuadirla de que llevara a cabo ese acto, bajo el argumento de que sólo provocaría incomodidad ¡a la Guardia Civil!, porque tendría que estar presente en las calles de Alsasua para protegerles. La llamada en sí es incomprensible, no sólo porque la hiciera la representante del Gobierno de la Nación en Navarra, responsable última de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado en la Comunidad Foral, sino porque ella misma es víctima del terrorismo: a su padre, el coronel de Infantería Antonio Alba, ETA intentó, gracias a Dios sin conseguirlo, asesinarle en Pamplona en marzo de 1987. Además, en mayo de 1998 Carmen Alba tuvo que ocupar asiento de concejal en el Ayuntamiento de Pamplona tras el asesinato por parte de la banda terrorista del edil de UPN Tomás Caballero. ¿Cómo se explica todo esto? ¿Por qué Carmen Alba se atreve a hacer esa llamada a la presidenta de Covite? ¿Quizás porque su actuación está en consonancia con lo que ha venido siendo en estos últimos cinco años la pauta de conducta con las víctimas del terrorismo del Gobierno al que representa?

A todos los que mantienen que ETA ha sido derrotada les animaría a que contemplasen las miradas de odio que tenían gran parte de los manifestantes que se vieron sorprendidos el pasado sábado por la irrupción en Alsasua de Consuelo Ordoñez y de las otras tres víctimas del terrorismo. Y si con eso no les basta, que repasen la sarta de exquisiteces que les dedicaron: "fascistas", "asquerosos", "escoria", "perros", "terroristas", "los que odiáis sois vosotros". ETA ya no mata, gracias fundamentalmente a la Guardia Civil, pero el odio y la vileza moral que con sus crímenes ha sembrado en amplias capas de las sociedades vasca y navarra tardarán mucho tiempo en ser desterrados.

Siempre he pensado que las víctimas del terrorismo son lo mejor de nuestra sociedad; su parte más noble. Nos han dado un ejemplo de dignidad, de fortaleza moral, que nunca olvidaremos. Por eso, gracias a Consuelo Ordoñez, a Conchi Fernández, a Fernando Altuna, a Íñigo Pascual, a Covite, por esta nueva lección que nos dieron el pasado sábado en Alsasua.

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