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David Jiménez Torres

A comunicarte y compartir tu vida

No puede sino resultarme curioso que aquella página tan cutre que servía a universitarios en Saint Louis para intentar ligar con las chicas guapas del dorm resulte, sólo cinco años después, útil (más: fascinante) a trescientos millones de personas.

David Jiménez Torres
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Aún me sorprende oír mencionar el Facebook en España: ayer mismo, a un grupo de chavales catalanes que no pasarían de los doce años. Yo pertenezco a la primera generación de la red social: su propagación por las universidades norteamericanas, en otoño del 2004 (Mark Zuckerberg la había creado en febrero del mismo año), me pilló en primero de carrera (Zuckerberg estaba en tercero). Por entonces nos lo vendían como una forma de mantener el contacto con los colegas del high school, y como manera de empezar a hacer amigos en nuestro nuevo entorno. La red se llamaba aún TheFacebook, y no tenía ni fotos, ni últimas noticias, ni juegos, ni páginas de fans, ni aplicaciones, ni regalos, ni posibilidad de compartir links o vídeos: sólo un perfil, con foto y listado de aficiones/películas/libros/citas preferidos. Eran otros tiempos, más simples, más difíciles que los de ahora. Y no puede sino resultarme curioso que aquella página tan cutre que servía a universitarios en Saint Louis, estado de Missouri, para intentar ligar con las chicas guapas del dorm resulte, sólo cinco años después, útil (más: fascinante) a trescientos millones de personas. Entre ellas, un grupo de españoles en la edad del pavo.

¿Por qué el éxito del Facebook? Es innegable su utilidad, sobre todo gracias a las funciones que ha ido añadiendo. La posibilidad de mantener el contacto con amigos desperdigados en distintos rincones del mundo es impagable para una juventud globalizada vía campamentos, interrailes, Erasmus, gap years y study abroads. La creación de eventos, la disponibilidad de juegos con los que pasar el rato, la posibilidad de enviar mensajes a varias personas a la vez sin tener que molestarse con direcciones de correo, los recordatorios de cumpleaños (en la historia de éstos habrá un antes y un después del Facebook), y por supuesto la posibilidad de compartir fotos son todas funciones bastante útiles: eso por no hablar de la comunicación gratis entre personas. Aunque en realidad la mayor baza del Facebook es precisamente el casi inconcebible número de gente que está metida en él: la utilidad de una red social depende estrictamente del número de gente que esté apuntada; círculo vicioso de la era informática.

Pero todos sabemos que el Facebook va más allá de la estricta utilidad, que se acerca más al histrionismo del Twitter que a la pulcritud del iGoogle. Hago un rápido repaso a lo que aparece en mi sección de "Últimas noticias", la confluencia de actividad facebookera de amigos de varios países y bastantes ciudades distintas: D "tiene ganas de ver a Cudi mañana en el Merryweather", M se pregunta "¿por qué estoy viendo vídeos de Youtube de bailes de Thriller en bodas, cuando tengo tanto trabajo que hacer?", C informa "sólo quiero quedarme en la cama, pero al menos ya es viernes" (una hora después: "el día empieza tranquilamente, feliz viernes a todos"), L se queja de tener "tanto, tanto frío" (los comentarios sobre el tiempo son la norma en su muro), K se declara "con ganas de finde, y de la fiesta del sábado", F proclama la letra de la última canción de Shakira.

Aquí hay algo más que utilidad social o profesional: hay una serie de ansiedades de la era digital que el Facebook satisface o parece satisfacer. Está, sobre todo, la eterna ansiedad de comunicarse, de expresar algo, lo que sea, de legitimar los procesos solitarios en que se consume nuestra vida a base de hacérselos conocer a los demás. Está la ansiedad de que el otro, ese Otro tan nebuloso como omnipresente, nos vea como somos, nos entienda en nuestra digna soledad. Pero también está la pareja e inevitable ansiedad de controlar lo que piensa ese Otro de nosotros, de filtrar nuestra propia imagen: no queremos solamente hacer al Otro conocedor de nuestra existencia, sino que también deseamos que nos aprecie o nos respete (o al menos que no nos rechace). De ahí el atractivo del Facebook, de poder controlar qué información presentamos a los demás, y cómo. Porque todo en el Facebook es estrategia comunicativa: desde la foto que colgamos en nuestro perfil a los álbumes de viajes y fiestas que subimos, desde nuestras Actividades/Novelas/Películas/Citas preferidas a nuestro estado del día, o del par de días, o del par de minutos; desde lo que colgamos a lo que omitimos, desde lo que ponemos a lo que quitamos. Ansiedades inherentes a la naturaleza social del hombre, pero llevadas hasta los límites en nuestra era de la comunicación.

El problema, la realidad tras el espejismo, es que el Facebook falla donde falla la comunicación humana en sí. La red social proporciona un vastísimo terreno común para sus trescientos millones de usuarios; pero la distancia entre dos mentes, entre dos cuerpos, entre dos realidades, sigue siendo la misma. Ahora como antes, nos acecha el "no te entiendo…".

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