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David Jiménez Torres

No more years

Ahí tenemos a Zapatero, el presidente del Estatut y de la crisis, que quiere regalarnos cuatro años más: uno por cada millón de parados, se entiende. Algo significará que el único presidente que se fue voluntariamente fuera el mejor que hemos tenido.

David Jiménez Torres
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En realidad, para lo que debería servir la interesada indecisión de Zapatero de si presentarse o no a un tercer mandato, es para reavivar el debate de si restringir a dos el número de mandatos presidenciales posibles; la cuestión de si, independientemente de la coyuntura que afronte su partido, un gobernante debería retirarse después de ocho años, por higiene democrática. En mi opinión esto es algo absolutamente necesario; en el mundo en general, y en España en particular. Porque recordemos que, después de la crisis económica, el principal problema que ven los españoles es la clase política. Nuestra decepcionante, tediosa, disfuncional y profundamente esclerotizada clase política.

El poder sienta mal a cualquiera. Es lo que tiene. Tanto en el Gobierno como en la oposición, tanto en las alcaldías de provincia como en los ministerios, el poder es una droga que va limando los mejores impulsos del ser humano y alimentando los peores. El poder desgasta, reduce, fagocita: fomenta pobredumbre en las cloacas del Estado, que no son sino las del alma de sus pequeños y grandes dirigentes. Por eso hay que ponerle coto. En un país más bien inmovilista como es el nuestro (para el 2012 habremos tenido solamente tres presidentes ¡en treinta años!), nuestro conformismo y la naturaleza cancerígena del poder forman una amenaza simbiótica perfecta para la salud de la democracia. Ahí tenemos a Rajoy, con dos elecciones generales perdidas y más aferrado a su trono que la Reina de Inglaterra; ahí tenemos a Zapatero, el presidente del Estatut y de la crisis, que quiere regalarnos cuatro años más: uno por cada millón de parados, se entiende. Algo significará que el único presidente que se fue voluntariamente fuera el mejor que hemos tenido.

Por ahí contraatacarán los que se opongan a la limitación de mandatos presidenciales: dirán que nos puede privar de grandes gobernantes que aún habrían hecho mucho bien. Pero ¿cuántos gobernantes recordamos que hayan brillado en sus terceros (o cuartos) mandatos? ¿Demostró Felipe virtudes inéditas de 1989 a 1996? ¿Sirvieron de algo a Blair los años 2005-2007? ¿Y es que seguimos creyendo en la idea de "grandes gobernantes"? Estos se cuentan con los dedos de una mano. Pero para los mediocres no nos da ni con las manos y los pies del de al lado.

Frente a esto está la necesidad de un revulsivo en los partidos, que en España son la política. La limitación de mandatos de un presidente del Gobierno (y, por qué no, de presidentes de las comunidades) obligaría a periódicas renovaciones internas, a debates, a participación de las bases, los medios y la ciudadanía más amplia. Otorgaría más posibilidades a la oposición, cualquiera que fuese, de alcanzar el poder, lo cual fomentaría una alternancia bipartidista que no se basara en la mera inercia del desgaste de un solo político, sino en la competición entre partidos y líderes. Echaría por necesidad a gobiernos y programas desgastados, sirviendo así de pequeño tapón a la corrupción institucionalizada que tanto nos preocupa. La fecha de caducidad permitiría el cuestionamiento interno de líderes, y otorgaría otra verdadera herramienta de cambio a la democracia. Siendo breves, la limitación de mandatos posibles introduciría un elemento que necesitamos en nuestra política: la posibilidad.

Es una medida pequeña, y puede que el revulsivo que supondría se quedara estancado en el primer nivel, que no pasara el filtro de las cúpulas de los partidos, que se recurriera al pactismo y al dedazo y que se fomentara aún más la alienación ciudadana. Pero también puede que la medida iniciara un modesto efecto dominó, que fuera forzando más fluidez y rehaciendo la cultura política, en un movimiento de arriba abajo que fuera lubricando sus engranajes, tan encasquillados.

Esto debería hacerse como se hizo en Estados Unidos, sentando primero los precedentes y luego codificándolo en ley. Que Zapatero renunciase a un tercer mandato, aparte de los beneficios más obvios, ya nos pondría en dos presidentes seguidos que lo hacían, lo cual no estaría nada mal. Los ciudadanos se acostumbrarían a la idea, que ya son nueve décimas partes de la batalla, y el precedente sentado para el próximo presidente, popular o socialista, sería bastante fuerte.

Habrá quien diga, por supuesto, que pedir estas cosas no sirve de nada. Que decir que deberíamos desplazar el debate sucesorio de ZP del plano electoral al plano estadista es un ejercicio de futilidad, porque este último plano ya no existe, porque la política ya sólo es electoralismo. Probablemente tengan razón. Pero no parece un error pedir lo improbable.

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