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Cristina Cifuentes y el suicidio del PP

El PP no está tocado sino hundido. Ya no por fuego amigo sino por propia mano. Es un partido desquiciado que, al traicionarse, se está suicidando.

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La vicepresidenta del Gobierno, junto con la dimisionaria presidenta de Madrid, en una imagen de archivo | EFE

La difusión de un vídeo en el que se aprecia a Cristina Cifuentes teniendo que vaciar su bolso a petición del vigilante de seguridad de un hipermercado en el año 2011 no sólo cuestiona con fundamento la honradez de la dimisionaria presidenta madrileña, ya de por sí bastante erosionada a causa del archipublicitado asunto del máster, sino la de quienes han tenido durante más de siete años archivadas unas imágenes que irremediablemente iban a acabar con la vida política de su protagonista.

Es unánime la convicción de que ha sido desde el propio PP desde donde se ha orquestado esta campaña contra Cifuentes, con hediondo olor a cloaca. Campaña que puede perfectamente resultar en una victoria pírrica para los de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, que no están quedando como adalides de la regeneración sino dando la impresión de ser una banda de killers que se ensañan con los propios mientras cobardean frente a los golpistas separatistas, a los que apaciguan o dan argumentos formidables para que preparen sus comparecencias ante la Justicia.

Sea como fuere, no es de extrañar que un partido que ha traicionado con alevosía sus señas de identidad acompañe su corrupción ideológica con corrupciones e inmoralidades de todo tipo. A falta de debate y de contraste de ideas, lo que abundan en el PP son las puñaladas y las más sucias maniobras para acabar con los correligionarios considerados una amenaza para la consecución o conservación del Poder. El PP, verdaderamente, no necesita enemigos; ni siquiera los mediáticos, a los que ha cebado con suicida desvergüenza. La derecha, en este punto, ni aprende ni parece tener remedio.

Los mismos que dieron el poder en su día a Cifuentes –para, principalmente, acabar con Esperanza Aguirre y con un PP de Madrid que, en el plano ideológico y programático, plantaba exitosamente cara a las traiciones de, por ejemplo, Mariano Rajoy y Cristónal Montoro–, ahora se lo quitan arrastrándola por el fango. El espectáculo es abominable y harto ilustrativo de en qué se ha convertido un partido que en los 90 se refundó llevando por bandera la regeneración democrática y la lucha contra la corrupción y que a principios de esta década tuvo una ocasión inmejorable de ejecutar una ambiciosa labor transformadora, no en vano la ciudadanía le había conferido un poder –municipal, autonómico, nacional– que jamás ha tenido partido alguno. Pero lo que sucedió fue algo radicalmente distinto, y ahora el PP no tiene trazas de ser una formación que marque época sino la versión posmoderna de la última y patética UCD.

El PP no está tocado sino hundido. Ya no por fuego amigo sino por propia mano. Es un partido desquiciado que, al traicionarse, se está suicidando.

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